Mes: mayo 2019

¿A quién pertenece la ciencia?

Jorge Alegre-Cebollada

Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), Madrid

@AlegreCebollada, jalegre@cnic.es

 

La ciencia es una de las actividades sublimes del ser humano, como lo son la creación artística y literaria. Un descubrimiento científico y su buena divulgación nos transportan a estados de éxtasis intelectual como pueden hacerlo las artes escénicas o la música.

En muchas ocasiones, además, los descubrimientos científicos propician avances tecnológicos que transforman las vidas de las personas, como en el caso de los antibióticos, las telecomunicaciones o los medios de transporte.

La capacidad de observar, deducir correlaciones, generar hipótesis y contrastarlas, define al género humano tanto como la conciencia de uno mismo, o el lenguaje. En este sentido, la ciencia nos pertenece a todos y cada uno de nosotros, es inherente a la condición humana. El debate de a quién pertenece la ciencia se refiere más bien a los resultados de la actividad científica. Así como la generación de nuevo conocimiento fruto de la investigación científica es extraordinariamente lenta y en apariencia ineficiente, una vez que ese nuevo conocimiento se ha difundido, su explotación es mucho más sencilla.

Son dos los motivos que hacen relevante esta discusión. Por un lado, la actividad científica profesional necesita de financiación, ya sea mediante inversiones o subvenciones, por parte de entes privados o públicos. En segundo lugar, como ya se ha aludido más arriba, la actividad científica genera conocimiento, que a su vez resulta en desarrollos tecnológicos y potenciales beneficios económicos. Una lógica lineal nos llevaría a concluir que aquellos que financian la actividad científica han de ser los dueños de sus resultados y los beneficios que resulten de ellos. Es precisamente sobre esta lógica sobre la que se han establecido los sistemas de patentes y propiedad industrial, que permiten proteger la inversión privada en investigación y desarrollo que tiene ánimo de lucro. Pero esta protección no es perpetua, tiene fecha de caducidad. De alguna manera, nos hemos puesto de acuerdo en que es bueno para el conjunto de la humanidad que el conocimiento y su aprovechamiento sean en última instancia de libre uso.

Precisamente, esa es la premisa de la que parten la mayoría de las agencias financiadoras de investigación civil sin ánimo de lucro. Si son los contribuyentes los que financian la investigación, está claro que los resultados de la misma deben pertenecer también al contribuyente. La inversión en ciencia se correlaciona con una mayor prosperidad de la sociedad que apuesta por la vía de la innovación; de hecho, son los países que más invierten en ciencia los que gozan de un mayor desarrollo y no son infrecuentes los ejemplos de países que hacen una apuesta decidida por invertir en investigación, y en un cierto tiempo consiguen mejorar sus índices socioeconómicos [1].  Así pues, parece que no hace falta hacer mucho más que lo que ya se ha venido haciendo tradicionalmente para que la sociedad, que financia la actividad científica, saque beneficio de esa inversión.

Sin embargo, en los últimos años ha surgido el movimiento Open Science, que propone ir varios pasos más allá [2]. Open Science promulga, entre otras cosas, el acceso gratuito y universal (Open Access) a las publicaciones derivadas de la investigación financiada con fondos públicos. La idea detrás de este movimiento es doble: por un lado, que el contribuyente que financia la investigación tenga acceso a sus resultados más palpables (las publicaciones científicas), y que este acceso beneficie también a países en vías de desarrollo, que generalmente no pueden permitirse las suscripciones a las revistas de publicación científica. Conviene apuntar también que un gran beneficiario del Open Access es el sector industrial, que consigue acceso a la literatura científica sin contribuir directamente al sistema. El movimiento Open Access, sobre todo en sus variantes más radicales (el reciente plan S [3]) choca con los intereses de grupos editoriales que se han especializado a lo largo del último siglo en publicar resultados científicos mediante un sistema ciertamente exótico para los no iniciados: los autores (científicos) pagan por publicar y los lectores (científicos también) pagan por leer. Pero ni autores ni lectores pagan de su bolsillo… ¡sino que son las mismas agencias financiadoras de la investigación las que cubren estos gastos! De una manera simple, diríamos que es un sistema de triple pago por el que fondos públicos llenan las arcas de grupos privados con ánimo de lucro. ¡Un chollo! Por ejemplo, el mayor grupo editorial en publicaciones científicas, Elsevier, tiene un margen de beneficio del 40%, inaudito para muchas otras actividades empresariales [4]. De hecho, muchas empresas editoriales de dudosa profesionalidad han surgido para aprovecharse de esta situación (las denominadas revistas predadoras), aunque la comunidad científica parece estar reaccionando a tiempo [4].

El debate en la comunidad científica acerca del Open Access es intenso, con opiniones que van desde el más rotundo apoyo hasta la cautela que surge de entender que la publicación científica bien hecha requiere de profesionales que han de ser compensados por ello, y que un movimiento Open Access sin restricciones puede llevar a una mayor ineficiencia del sistema de producción científica. Los críticos también argumentan que hacer accesibles a la población general resultados científicos cuyo entendimiento requiere conocimientos muy especializados no tiene mucho sentido, y que mejor estarían invertidos los recursos necesarios para conseguirlo en impulsar la divulgación profesional de la ciencia. Sin duda, la próxima década será crítica para configurar el sistema de financiación y publicación científica del futuro.

No hay que olvidar que este debate ocurre simultáneamente con un cambio de paradigma propiciado por las nuevas tecnologías. A día de hoy, no es necesaria una imprenta para difundir los resultados de investigaciones científicas, basta una conexión a internet y algo de espacio de almacenamiento. De hecho, instituciones de investigación líderes en el mundo han comenzado a impulsar repositorios públicos de manuscritos científicos que no han sido revisados por pares [5]. Lo que nos lleva a otro tema: en la época de las fake news, ¿quién nos protege de la fake science? Este asunto es de plena actualidad, pero nos aleja del foco principal de estas líneas [6].

¿A quién pertenece la ciencia?, me preguntaba para llamar la atención del lector. Más allá de detalles del formato de publicación científica, los tiempos de embargo por protección industrial, etc., si miramos hacia atrás, parece claro que los resultados de la investigación pertenecen a la humanidad, lo mismo que El Quijote, la quinta de Beethoven o las pinturas negras de Goya, y que así debería seguir siendo. Mediante la publicación de los resultados de investigaciones científicas, sea cual sea el formato, se renuncia a una importante ventaja competitiva y se cede el conocimiento al resto de la humanidad. Es un proceso altruista, que cimenta la actividad científica global, y que todos los actores implicados debemos continuar cuidando con mimo.

Referencias

  1. Sokolov-Mladenović, S., S. Cvetanović, and I. Mladenović (2016). R&D expenditure and economic growth: EU28 evidence for the period 2002–2012. Economic Research-Ekonomska Istraživanja, 2016. 29(1): p. 1005-1020.
  2. Global Open Access Portal.
  3. Bovolenta, P. (2019). Are we ready for Plan S? Biofisica. #13 2019
  4. Buranyi, Stephen (2017) Is the staggeringly profitable business of scientific publishing bad for science? The Guardian, 27/10/2017
  5. The Team of Editors (2018). Surfing the preprint wave. Biofisica. n. 12 2018
  6. — (2018) Science and post-truth. Biofisica n. 10 2018

Para citar este artículo

Alegre Cebollada, Jorge (2019). ¿A quién pertenece la ciencia? EnNiaia, 23/05/2019 accesible en https://www.niaia.es/a-quien-pertenece-la-ciencia/

 

 

El futuro del trabajo, el trabajo del futuro

Javier González Vela

Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

No es difícil en los tiempos que corren encontrar multitud de artículos y referencias que tienen el futuro del trabajo como tema de preocupación. La llamada 4ª revolución industrial, el avance de la automatización, la preocupación por el empleo que nos dejó la reciente crisis, todo ello hace que el futuro del trabajo esté de actualidad y genere cierta inquietud.

Éste es un tema que se puede abordar desde distintos puntos de vista, pero quiero empezar a partir de la visión del filósofo Anselm Jappe, que dejó reflejada en el siguiente artículo: algunas buenas razones para liberarse del trabajo.

Establece Jappe en su discurso que “el trabajo es más una invención social que una necesidad real de las personas, y que hace tiempo que se convirtió en la verdadera meta de la sociedad, más que en un medio para conseguir unos fines o unos bienes concretos. Con las necesidades de subsistencia cubiertas, con la calidad de vida que se ha conseguido alcanzar en las sociedades desarrolladas (al menos para gran parte de la población), el trabajo no se realiza para cubrir necesidades, sino que se convierte en un fin en sí mismo: trabajar por trabajar. Y no hay en realidad nada inmoral en esta situación, es una consecuencia de la lógica del capitalismo moderno, que basa su éxito en la necesidad  de crecimiento continuo, de producir cada vez más productos que contribuyan a la riqueza del país, aunque luego no se necesiten o se tengan que tirar, o incluso aunque haya que generar la necesidad a posteriori para poder agotar las existencias”.

¿Pero hasta qué punto es precisa esta visión?

Siguiendo el discurso de Jappe, el concepto de trabajo, tal y como lo conocemos hasta ahora, no ha existido hasta una época muy reciente. A lo largo de la historia las personas realizaban actividades para, o bien cubrir sus necesidades, o bien satisfacer las demandas de su señor para después cubrir las suyas propias. No es hasta más adelante, y especialmente tras el surgimiento del protestantismo, cuando surge una nueva ética del trabajo, que ensalza el esfuerzo como una de las virtudes más representativas del ser humano: el hombre hecho a sí mismo, el hombre individual que prospera y avanza gracias a su dedicación y a su esfuerzo. Es la cultura del esfuerzo, es la idea de que el trabajo ennoblece, y por ello uno no debe dejar de trabajar incluso llevando ya una existencia acomodada.

Esta tesis la defendió Max Weber a principios de siglo XX en su obra La ética protestante y el espíritu del Capitalismo, considerándolo incluso como una señal de predestinación para la salvación eterna, si bien posteriormente ha sufrido revisiones por parte de numerosos autores.

Posiblemente se trata de una de las ideas más potentes que conducen al capitalismo moderno. E indudablemente, triunfó.  Y el triunfo del capitalismo liberal situó de manera permanente el trabajo en el centro de nuestras vidas, y la empresa en el centro de la sociedad. No es solo que necesitas un trabajo para poder satisfacer todas tus necesidades, las básicas y las inducidas, es que el trabajo contribuye a generar tu propia identidad como ninguna otra actividad. Ya sea por el estatus, por el prestigio que consigues o por las relaciones sociales que te proporciona, sin un trabajo no eres nadie, de ahí el drama de toda la gente que lo pierde y tiene serias dificultades para encontrar otro. Somos nuestra profesión. Y trabajamos ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, si no más, a las que hay que sumar los tiempos de desplazamientos, que en las grandes ciudades no son en absoluto despreciables.

Se nos va la vida para producir… ¿qué exactamente? ¿Cuál es la riqueza que generamos, en un mundo en el que, frente a la economía real que produce bienes tangibles, valoramos más los productos abstractos de la ingeniería financiera? ¿Y cuál es el valor que aportamos, en un mundo en el que no es necesario más capital humano para producir más y mejores cosas?

Porque hoy en día, los avances tecnológicos nos permiten producir la misma riqueza con un menor esfuerzo: como sostiene el Financial Times, vamos a un mundo con menos trabajo productivo realizado por humanos. Y, sin embargo, no por ello pasamos menos tiempo trabajando.

Que la productividad puede aumentar mientras se disminuye la necesidad de mano de obra parece claro. Y si la automatización, que se extiende por todas las facetas de nuestra sociedad, lleva a unas mayores eficiencias en la producción., ¿no debería eso conllevar una disminución de los tiempos de trabajo?

Que todo el trabajo que actualmente se realiza tenga una utilidad directa es también discutible:  la medida del éxito no está en qué bienes produces, bienes tal vez imprescindibles para nuestra vida, sino en cuánto dinero acumulas, dinero que solo puedes conseguir en grandes cantidades si haces un uso hábil de las herramientas financieras especulativas.

En este escenario, la calidad del trabajo necesariamente se resiente: cada vez más gente siente que hace cosas sin sentido. Pero en realidad, ni siquiera nos cuestionamos el contenido de nuestro trabajo, mientras lo tengamos. ¿No debería ser un objetivo de todo ser humano dar sentido a su trabajo?

Diversos autores hacen ya referencia a esta pérdida de sentido del trabajo como uno de los problemas actuales: Rutger Bregman, historiador holandés y autor de diversos ensayos sobre historia, filosofía y economía, apoya la idea de que millones de trabajadores hacen trabajos que carecen de sentido. Y David Graeber, antropólogo y activista, publicaba en 2013 un ensayo que llevaba el provocador título de Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda, y que describía la existencia de lo que él llamaba “trabajos postureo”: puestos de trabajo en los que la gente siente que está perdiendo su tiempo porque son básicamente prescindibles, y nada ocurriría en el mundo si repentinamente desaparecieran. De nuevo, según Graeber, se ve aquí el efecto de la moral dominante del trabajo: “que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.”

Recapitulando, vemos entonces un concepto de trabajo con una profunda carga moral enfocada al esfuerzo, que marca nuestra identidad, pero en el que abundan cada vez más labores cuya necesidad, utilidad y sentido no son evidentes. Y vemos un tiempo de trabajo que no solo no disminuye, sino que en muchas ocasiones aumenta. Y vemos que las personas que no tienen trabajo tienen en cambio serias dificultades para mantener una vida en sociedad, mientras que las que si lo tienen trabajan cada vez más.

Por añadidura, el trabajo se está comiendo uno de nuestros bienes más preciados: nuestro propio tiempo. Tiempo que no podemos ya dedicar a actividades que podrían ser mucho más útiles para nuestro bienestar personal. Tiempo que no podremos dedicar a desarrollar nuestras capacidades, a explorar nuestras habilidades, o simplemente a dedicarlo a actividades cuyo propósito se nos haga evidente. Pero es que además, como dice Zygmut Bauman en su libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”, en aras de la eficiencia y la productividad hemos «ahogado el impulso natural a ayudar al otro». Somos seres sociales y sociables, y el culto al individualismo que el capitalismo liberal fomenta sin medida no parece concordar con esta inclinación natural del ser humano.

¿Sería posible entonces que nuestra sociedad evolucionara a un modelo en el que el trabajo no estuviese en el centro de nuestras vidas, en el que para sentirse un miembro de la sociedad con todos los derechos no fuese imprescindible tener un trabajo?  Después de una grave crisis de profundas repercusiones en el empleo, y con otra crisis en ciernes que nos vienen avisando con insistencia, ¿es realista pensar en una modificación sustancial en la concepción del trabajo?

Una de las consecuencias de la crisis pasada es que no es evidente que volvamos en el futuro a una situación de pleno empleo. Pero  la cuestión, a la vista de todas las consideraciones anteriores, es si tiene sentido seguir persiguiéndola como una situación deseable. Indica Jappe que «no hay que desear el retorno a una sociedad de pleno empleo, hay que exigir el acceso a los recursos«. Si la riqueza que producimos no disminuye significativamente (y los datos del crecimiento del PIB mundial no generan dudas: durante los años de la crisis el PIB mundial, de media, no dejó de crecer, salvo si acaso en el año 2009), si la tecnología permite ya que las personas puedan tener sus necesidades cubiertas, ¿qué nos impide distribuir la riqueza generada de manera que libere tiempo suficiente que podamos dedicar a actividades a las que podamos dotar de sentido?

El Foro Económico de Davos, en sus sesiones de 2016 dedicadas a la nueva economía, ya estimaba que la cuarta revolución industrial acabará con 5 millones de puestos de trabajo menos en los 15 países más industrializados.

Asimismo, los profesores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, publicaron en septiembre de 2013 un artículo titulado  “The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation?” que incluía unas predicciones bastante pesimistas en cuanto al número de empleos que se perderían: según ellos, el 47% de los puestos de trabajo en EEUU están en riesgo de desaparecer como consecuencia de la introducción de las nuevas técnicas digitales, y los puestos con mayor riesgo de desaparecer son los que requieren menos educación y reciben salarios más bajos.

La nueva economía ya está transformando radicalmente la manera de trabajar, lo queramos o no. Habría entonces que acometer la transformación en el concepto de trabajo que nos condujera hacia un cambio mucho más profundo, aprovechando todas las posibilidades.

Referencias

El sentido del trabajo o ¿trabajar sin sentido? Elempleo.com. 25/02/2010

Ander, Alexander (2018). Trabajos de mierda: pasarse la vida currando en algo totalmente innecesario. Yorokobu

Cabezas, Ana (s.f.). Productividad, PIB y salarios ¿cuándo podremos ganar más dinero? IMF Business School

Cano Soler, Marcel (2019). ¿Cómo llegaremos a fin de mes en la cuarta revolución industrial? The Conversation

Jappe, Anselme (2005) Quelques bonnes raisons de se liberer du travail. Krisis. Kritik der Waren Gesellschaft.  (Versíon en español de la Revista Nada, 08/2018: I, II y III)

Tristán, Rosa M. (2014). El mundo líquido de Zygmunt Bauman.  HuffPost

Villa, Begoña (2013) ¿Qué significado tiene el trabajo en la vida de las personas Blog Observatorio de Empleo.

Si desea citar esta página

González Vela, Javier (2019). El futuro del trabajo, el trabajo del futuro. En Niaia, consultado el 24/05/2019 en http://www.niaia.es/el-futuro-del-trabajo 

¿Qué es lo justo? ¿Qué es lo injusto?

Una tarea central de la acción política es reflexionar para poder tomar decisiones que, una vez puestas en práctica, contribuyan a generar una sociedad más justa, en la que se reconozcan y respeten los derechos fundamentales de las personas y se logre un adecuado reparto de la riqueza generada que permita a todas las personas disfrutar de unas condiciones de vida en las que esté satisfechas todas sus necesidades básicas y tengan posibiliades reales de satisfacer las necesidades que acompañan al proyecto personal de vida que cada persona quiera desarrollar a lo largo de su vida.

Una condición necesaria para poder llevar a cabo lo anterior es lograr que las personas individuales desarrollen la capacidad de deliberar junto con las personas que les rodean acerca de cuáles son los problemas fundamentales que plantea afrontar el reto de construir una sociedad justa, buscando la soluciones más adecuadas. Esta es precisamente una de las tareas fundamentale de la educación, la que se recibe en la propia familia y en la sociedad en general, pero de manera especial la que se recibe en el sistema educativo.

El alumnado, desde la enseñanza primaria, puede recibir una educación que promueva esas capacidades. Hay bastantes experiencias que muestran que esa tarea educativa es posible, y una de ellas es la que nos muestran estudiantes de 5º de primaria del Colegio Europeo de las Rozas, acompañados por su profesora de filosofía, Elena Morilla, deliberando sobre lo que es justo y lo que es injusto. La reflexión filosófica que han practicado desde 1º de primaria les ha permitido ir consolidando esas competencias. Tendremos ocasión de verles el día 14 de mayo, a las 17:30 en el Salón de Grados de la Facultad de Formación de profesorado y Educación.

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