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¿A quién pertenece la ciencia?

Jorge Alegre-Cebollada

Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), Madrid

@AlegreCebollada, jalegre@cnic.es

 

La ciencia es una de las actividades sublimes del ser humano, como lo son la creación artística y literaria. Un descubrimiento científico y su buena divulgación nos transportan a estados de éxtasis intelectual como pueden hacerlo las artes escénicas o la música.

En muchas ocasiones, además, los descubrimientos científicos propician avances tecnológicos que transforman las vidas de las personas, como en el caso de los antibióticos, las telecomunicaciones o los medios de transporte.

La capacidad de observar, deducir correlaciones, generar hipótesis y contrastarlas, define al género humano tanto como la conciencia de uno mismo, o el lenguaje. En este sentido, la ciencia nos pertenece a todos y cada uno de nosotros, es inherente a la condición humana. El debate de a quién pertenece la ciencia se refiere más bien a los resultados de la actividad científica. Así como la generación de nuevo conocimiento fruto de la investigación científica es extraordinariamente lenta y en apariencia ineficiente, una vez que ese nuevo conocimiento se ha difundido, su explotación es mucho más sencilla.

Son dos los motivos que hacen relevante esta discusión. Por un lado, la actividad científica profesional necesita de financiación, ya sea mediante inversiones o subvenciones, por parte de entes privados o públicos. En segundo lugar, como ya se ha aludido más arriba, la actividad científica genera conocimiento, que a su vez resulta en desarrollos tecnológicos y potenciales beneficios económicos. Una lógica lineal nos llevaría a concluir que aquellos que financian la actividad científica han de ser los dueños de sus resultados y los beneficios que resulten de ellos. Es precisamente sobre esta lógica sobre la que se han establecido los sistemas de patentes y propiedad industrial, que permiten proteger la inversión privada en investigación y desarrollo que tiene ánimo de lucro. Pero esta protección no es perpetua, tiene fecha de caducidad. De alguna manera, nos hemos puesto de acuerdo en que es bueno para el conjunto de la humanidad que el conocimiento y su aprovechamiento sean en última instancia de libre uso.

Precisamente, esa es la premisa de la que parten la mayoría de las agencias financiadoras de investigación civil sin ánimo de lucro. Si son los contribuyentes los que financian la investigación, está claro que los resultados de la misma deben pertenecer también al contribuyente. La inversión en ciencia se correlaciona con una mayor prosperidad de la sociedad que apuesta por la vía de la innovación; de hecho, son los países que más invierten en ciencia los que gozan de un mayor desarrollo y no son infrecuentes los ejemplos de países que hacen una apuesta decidida por invertir en investigación, y en un cierto tiempo consiguen mejorar sus índices socioeconómicos [1].  Así pues, parece que no hace falta hacer mucho más que lo que ya se ha venido haciendo tradicionalmente para que la sociedad, que financia la actividad científica, saque beneficio de esa inversión.

Sin embargo, en los últimos años ha surgido el movimiento Open Science, que propone ir varios pasos más allá [2]. Open Science promulga, entre otras cosas, el acceso gratuito y universal (Open Access) a las publicaciones derivadas de la investigación financiada con fondos públicos. La idea detrás de este movimiento es doble: por un lado, que el contribuyente que financia la investigación tenga acceso a sus resultados más palpables (las publicaciones científicas), y que este acceso beneficie también a países en vías de desarrollo, que generalmente no pueden permitirse las suscripciones a las revistas de publicación científica. Conviene apuntar también que un gran beneficiario del Open Access es el sector industrial, que consigue acceso a la literatura científica sin contribuir directamente al sistema. El movimiento Open Access, sobre todo en sus variantes más radicales (el reciente plan S [3]) choca con los intereses de grupos editoriales que se han especializado a lo largo del último siglo en publicar resultados científicos mediante un sistema ciertamente exótico para los no iniciados: los autores (científicos) pagan por publicar y los lectores (científicos también) pagan por leer. Pero ni autores ni lectores pagan de su bolsillo… ¡sino que son las mismas agencias financiadoras de la investigación las que cubren estos gastos! De una manera simple, diríamos que es un sistema de triple pago por el que fondos públicos llenan las arcas de grupos privados con ánimo de lucro. ¡Un chollo! Por ejemplo, el mayor grupo editorial en publicaciones científicas, Elsevier, tiene un margen de beneficio del 40%, inaudito para muchas otras actividades empresariales [4]. De hecho, muchas empresas editoriales de dudosa profesionalidad han surgido para aprovecharse de esta situación (las denominadas revistas predadoras), aunque la comunidad científica parece estar reaccionando a tiempo [4].

El debate en la comunidad científica acerca del Open Access es intenso, con opiniones que van desde el más rotundo apoyo hasta la cautela que surge de entender que la publicación científica bien hecha requiere de profesionales que han de ser compensados por ello, y que un movimiento Open Access sin restricciones puede llevar a una mayor ineficiencia del sistema de producción científica. Los críticos también argumentan que hacer accesibles a la población general resultados científicos cuyo entendimiento requiere conocimientos muy especializados no tiene mucho sentido, y que mejor estarían invertidos los recursos necesarios para conseguirlo en impulsar la divulgación profesional de la ciencia. Sin duda, la próxima década será crítica para configurar el sistema de financiación y publicación científica del futuro.

No hay que olvidar que este debate ocurre simultáneamente con un cambio de paradigma propiciado por las nuevas tecnologías. A día de hoy, no es necesaria una imprenta para difundir los resultados de investigaciones científicas, basta una conexión a internet y algo de espacio de almacenamiento. De hecho, instituciones de investigación líderes en el mundo han comenzado a impulsar repositorios públicos de manuscritos científicos que no han sido revisados por pares [5]. Lo que nos lleva a otro tema: en la época de las fake news, ¿quién nos protege de la fake science? Este asunto es de plena actualidad, pero nos aleja del foco principal de estas líneas [6].

¿A quién pertenece la ciencia?, me preguntaba para llamar la atención del lector. Más allá de detalles del formato de publicación científica, los tiempos de embargo por protección industrial, etc., si miramos hacia atrás, parece claro que los resultados de la investigación pertenecen a la humanidad, lo mismo que El Quijote, la quinta de Beethoven o las pinturas negras de Goya, y que así debería seguir siendo. Mediante la publicación de los resultados de investigaciones científicas, sea cual sea el formato, se renuncia a una importante ventaja competitiva y se cede el conocimiento al resto de la humanidad. Es un proceso altruista, que cimenta la actividad científica global, y que todos los actores implicados debemos continuar cuidando con mimo.

Referencias

  1. Sokolov-Mladenović, S., S. Cvetanović, and I. Mladenović (2016). R&D expenditure and economic growth: EU28 evidence for the period 2002–2012. Economic Research-Ekonomska Istraživanja, 2016. 29(1): p. 1005-1020.
  2. Global Open Access Portal.
  3. Bovolenta, P. (2019). Are we ready for Plan S? Biofisica. #13 2019
  4. Buranyi, Stephen (2017) Is the staggeringly profitable business of scientific publishing bad for science? The Guardian, 27/10/2017
  5. The Team of Editors (2018). Surfing the preprint wave. Biofisica. n. 12 2018
  6. — (2018) Science and post-truth. Biofisica n. 10 2018

Para citar este artículo

Alegre Cebollada, Jorge (2019). ¿A quién pertenece la ciencia? EnNiaia, 23/05/2019 accesible en https://www.niaia.es/a-quien-pertenece-la-ciencia/

 

 

El futuro del trabajo, el trabajo del futuro

Javier González Vela

Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

No es difícil en los tiempos que corren encontrar multitud de artículos y referencias que tienen el futuro del trabajo como tema de preocupación. La llamada 4ª revolución industrial, el avance de la automatización, la preocupación por el empleo que nos dejó la reciente crisis, todo ello hace que el futuro del trabajo esté de actualidad y genere cierta inquietud.

Éste es un tema que se puede abordar desde distintos puntos de vista, pero quiero empezar a partir de la visión del filósofo Anselm Jappe, que dejó reflejada en el siguiente artículo: algunas buenas razones para liberarse del trabajo.

Establece Jappe en su discurso que “el trabajo es más una invención social que una necesidad real de las personas, y que hace tiempo que se convirtió en la verdadera meta de la sociedad, más que en un medio para conseguir unos fines o unos bienes concretos. Con las necesidades de subsistencia cubiertas, con la calidad de vida que se ha conseguido alcanzar en las sociedades desarrolladas (al menos para gran parte de la población), el trabajo no se realiza para cubrir necesidades, sino que se convierte en un fin en sí mismo: trabajar por trabajar. Y no hay en realidad nada inmoral en esta situación, es una consecuencia de la lógica del capitalismo moderno, que basa su éxito en la necesidad  de crecimiento continuo, de producir cada vez más productos que contribuyan a la riqueza del país, aunque luego no se necesiten o se tengan que tirar, o incluso aunque haya que generar la necesidad a posteriori para poder agotar las existencias”.

¿Pero hasta qué punto es precisa esta visión?

Siguiendo el discurso de Jappe, el concepto de trabajo, tal y como lo conocemos hasta ahora, no ha existido hasta una época muy reciente. A lo largo de la historia las personas realizaban actividades para, o bien cubrir sus necesidades, o bien satisfacer las demandas de su señor para después cubrir las suyas propias. No es hasta más adelante, y especialmente tras el surgimiento del protestantismo, cuando surge una nueva ética del trabajo, que ensalza el esfuerzo como una de las virtudes más representativas del ser humano: el hombre hecho a sí mismo, el hombre individual que prospera y avanza gracias a su dedicación y a su esfuerzo. Es la cultura del esfuerzo, es la idea de que el trabajo ennoblece, y por ello uno no debe dejar de trabajar incluso llevando ya una existencia acomodada.

Esta tesis la defendió Max Weber a principios de siglo XX en su obra La ética protestante y el espíritu del Capitalismo, considerándolo incluso como una señal de predestinación para la salvación eterna, si bien posteriormente ha sufrido revisiones por parte de numerosos autores.

Posiblemente se trata de una de las ideas más potentes que conducen al capitalismo moderno. E indudablemente, triunfó.  Y el triunfo del capitalismo liberal situó de manera permanente el trabajo en el centro de nuestras vidas, y la empresa en el centro de la sociedad. No es solo que necesitas un trabajo para poder satisfacer todas tus necesidades, las básicas y las inducidas, es que el trabajo contribuye a generar tu propia identidad como ninguna otra actividad. Ya sea por el estatus, por el prestigio que consigues o por las relaciones sociales que te proporciona, sin un trabajo no eres nadie, de ahí el drama de toda la gente que lo pierde y tiene serias dificultades para encontrar otro. Somos nuestra profesión. Y trabajamos ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, si no más, a las que hay que sumar los tiempos de desplazamientos, que en las grandes ciudades no son en absoluto despreciables.

Se nos va la vida para producir… ¿qué exactamente? ¿Cuál es la riqueza que generamos, en un mundo en el que, frente a la economía real que produce bienes tangibles, valoramos más los productos abstractos de la ingeniería financiera? ¿Y cuál es el valor que aportamos, en un mundo en el que no es necesario más capital humano para producir más y mejores cosas?

Porque hoy en día, los avances tecnológicos nos permiten producir la misma riqueza con un menor esfuerzo: como sostiene el Financial Times, vamos a un mundo con menos trabajo productivo realizado por humanos. Y, sin embargo, no por ello pasamos menos tiempo trabajando.

Que la productividad puede aumentar mientras se disminuye la necesidad de mano de obra parece claro. Y si la automatización, que se extiende por todas las facetas de nuestra sociedad, lleva a unas mayores eficiencias en la producción., ¿no debería eso conllevar una disminución de los tiempos de trabajo?

Que todo el trabajo que actualmente se realiza tenga una utilidad directa es también discutible:  la medida del éxito no está en qué bienes produces, bienes tal vez imprescindibles para nuestra vida, sino en cuánto dinero acumulas, dinero que solo puedes conseguir en grandes cantidades si haces un uso hábil de las herramientas financieras especulativas.

En este escenario, la calidad del trabajo necesariamente se resiente: cada vez más gente siente que hace cosas sin sentido. Pero en realidad, ni siquiera nos cuestionamos el contenido de nuestro trabajo, mientras lo tengamos. ¿No debería ser un objetivo de todo ser humano dar sentido a su trabajo?

Diversos autores hacen ya referencia a esta pérdida de sentido del trabajo como uno de los problemas actuales: Rutger Bregman, historiador holandés y autor de diversos ensayos sobre historia, filosofía y economía, apoya la idea de que millones de trabajadores hacen trabajos que carecen de sentido. Y David Graeber, antropólogo y activista, publicaba en 2013 un ensayo que llevaba el provocador título de Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda, y que describía la existencia de lo que él llamaba “trabajos postureo”: puestos de trabajo en los que la gente siente que está perdiendo su tiempo porque son básicamente prescindibles, y nada ocurriría en el mundo si repentinamente desaparecieran. De nuevo, según Graeber, se ve aquí el efecto de la moral dominante del trabajo: “que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.”

Recapitulando, vemos entonces un concepto de trabajo con una profunda carga moral enfocada al esfuerzo, que marca nuestra identidad, pero en el que abundan cada vez más labores cuya necesidad, utilidad y sentido no son evidentes. Y vemos un tiempo de trabajo que no solo no disminuye, sino que en muchas ocasiones aumenta. Y vemos que las personas que no tienen trabajo tienen en cambio serias dificultades para mantener una vida en sociedad, mientras que las que si lo tienen trabajan cada vez más.

Por añadidura, el trabajo se está comiendo uno de nuestros bienes más preciados: nuestro propio tiempo. Tiempo que no podemos ya dedicar a actividades que podrían ser mucho más útiles para nuestro bienestar personal. Tiempo que no podremos dedicar a desarrollar nuestras capacidades, a explorar nuestras habilidades, o simplemente a dedicarlo a actividades cuyo propósito se nos haga evidente. Pero es que además, como dice Zygmut Bauman en su libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”, en aras de la eficiencia y la productividad hemos “ahogado el impulso natural a ayudar al otro”. Somos seres sociales y sociables, y el culto al individualismo que el capitalismo liberal fomenta sin medida no parece concordar con esta inclinación natural del ser humano.

¿Sería posible entonces que nuestra sociedad evolucionara a un modelo en el que el trabajo no estuviese en el centro de nuestras vidas, en el que para sentirse un miembro de la sociedad con todos los derechos no fuese imprescindible tener un trabajo?  Después de una grave crisis de profundas repercusiones en el empleo, y con otra crisis en ciernes que nos vienen avisando con insistencia, ¿es realista pensar en una modificación sustancial en la concepción del trabajo?

Una de las consecuencias de la crisis pasada es que no es evidente que volvamos en el futuro a una situación de pleno empleo. Pero  la cuestión, a la vista de todas las consideraciones anteriores, es si tiene sentido seguir persiguiéndola como una situación deseable. Indica Jappe que “no hay que desear el retorno a una sociedad de pleno empleo, hay que exigir el acceso a los recursos“. Si la riqueza que producimos no disminuye significativamente (y los datos del crecimiento del PIB mundial no generan dudas: durante los años de la crisis el PIB mundial, de media, no dejó de crecer, salvo si acaso en el año 2009), si la tecnología permite ya que las personas puedan tener sus necesidades cubiertas, ¿qué nos impide distribuir la riqueza generada de manera que libere tiempo suficiente que podamos dedicar a actividades a las que podamos dotar de sentido?

El Foro Económico de Davos, en sus sesiones de 2016 dedicadas a la nueva economía, ya estimaba que la cuarta revolución industrial acabará con 5 millones de puestos de trabajo menos en los 15 países más industrializados.

Asimismo, los profesores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, publicaron en septiembre de 2013 un artículo titulado  “The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation?” que incluía unas predicciones bastante pesimistas en cuanto al número de empleos que se perderían: según ellos, el 47% de los puestos de trabajo en EEUU están en riesgo de desaparecer como consecuencia de la introducción de las nuevas técnicas digitales, y los puestos con mayor riesgo de desaparecer son los que requieren menos educación y reciben salarios más bajos.

La nueva economía ya está transformando radicalmente la manera de trabajar, lo queramos o no. Habría entonces que acometer la transformación en el concepto de trabajo que nos condujera hacia un cambio mucho más profundo, aprovechando todas las posibilidades.

Referencias

El sentido del trabajo o ¿trabajar sin sentido? Elempleo.com. 25/02/2010

Ander, Alexander (2018). Trabajos de mierda: pasarse la vida currando en algo totalmente innecesario. Yorokobu

Cabezas, Ana (s.f.). Productividad, PIB y salarios ¿cuándo podremos ganar más dinero? IMF Business School

Cano Soler, Marcel (2019). ¿Cómo llegaremos a fin de mes en la cuarta revolución industrial? The Conversation

Jappe, Anselme (2005) Quelques bonnes raisons de se liberer du travail. Krisis. Kritik der Waren Gesellschaft.  (Versíon en español de la Revista Nada, 08/2018: I, II y III)

Tristán, Rosa M. (2014). El mundo líquido de Zygmunt Bauman.  HuffPost

Villa, Begoña (2013) ¿Qué significado tiene el trabajo en la vida de las personas Blog Observatorio de Empleo.

Si desea citar esta página

González Vela, Javier (2019). El futuro del trabajo, el trabajo del futuro. En Niaia, consultado el 24/05/2019 en http://www.niaia.es/el-futuro-del-trabajo 

¿Qué es lo justo? ¿Qué es lo injusto?

Una tarea central de la acción política es reflexionar para poder tomar decisiones que, una vez puestas en práctica, contribuyan a generar una sociedad más justa, en la que se reconozcan y respeten los derechos fundamentales de las personas y se logre un adecuado reparto de la riqueza generada que permita a todas las personas disfrutar de unas condiciones de vida en las que esté satisfechas todas sus necesidades básicas y tengan posibiliades reales de satisfacer las necesidades que acompañan al proyecto personal de vida que cada persona quiera desarrollar a lo largo de su vida.

Una condición necesaria para poder llevar a cabo lo anterior es lograr que las personas individuales desarrollen la capacidad de deliberar junto con las personas que les rodean acerca de cuáles son los problemas fundamentales que plantea afrontar el reto de construir una sociedad justa, buscando la soluciones más adecuadas. Esta es precisamente una de las tareas fundamentale de la educación, la que se recibe en la propia familia y en la sociedad en general, pero de manera especial la que se recibe en el sistema educativo.

El alumnado, desde la enseñanza primaria, puede recibir una educación que promueva esas capacidades. Hay bastantes experiencias que muestran que esa tarea educativa es posible, y una de ellas es la que nos muestran estudiantes de 5º de primaria del Colegio Europeo de las Rozas, acompañados por su profesora de filosofía, Elena Morilla, deliberando sobre lo que es justo y lo que es injusto. La reflexión filosófica que han practicado desde 1º de primaria les ha permitido ir consolidando esas competencias. Tendremos ocasión de verles el día 14 de mayo, a las 17:30 en el Salón de Grados de la Facultad de Formación de profesorado y Educación.

¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?

José Miguel Fernández Dols

Catedrático. Psicología socal y metodología. UAM

 

Una formula clásica para comenzar este tipo de debates es una revisión terminológica. ¿Qué entendemos por expertos y qué entendemos por decisiones políticas?

Una definición de trabajo para “experto” sería que un experto es un profesional que tiene un conocimiento especializado en un ámbito concreto. En algún lugar, Herbert Simon, uno de los artífices de la Ciencia Cognitiva y premio Nobel de Economía, estableció que la formación de un experto requiere al menos diez años para la adquisición del nivel idóneo de competencia. Simon dice también, en otro lugar, que los expertos no son las personas más adecuadas para tomar decisiones políticas por dos razones de peso. La primera es que un experto, por definición, está especializado en un determinado aspecto de la realidad pero no tiene necesariamente una visión global de un problema político, que rara o ninguna vez se aborda desde una única perspectiva. La segunda es que un experto ha invertido tanto personalmente en una determinada versión de la realidad que es muy difícil que, en la discusión sobre un problema real esté dispuesto a reconocer que su área de especialización, o la escuela dentro de su área de especialización no es la perspectiva idónea para abordar el problema.

Otra posible definición, menos centrada en el conocimiento y más centrado en los aspectos sociales de la definición es que un experto es un profesional con un determinado nivel de acreditación académica en el campo de especialización especificado en su título. La titulación académica, o al menos ciertas titulaciones, confieren el privilegio de participar en un monopolio de poder concedido y certificado por el Estado. Cuando ese monopolio, sea o no verdad, promete hacer a las personas ricas, sanas, sabias, etc., el titulado se convierte en un presunto experto o al menos en un candidato a ser considerado como tal. Las profesiones viejas (el médico que promete salud, el sacerdote que promete la vida eterna, el maestro que promete sabiduría, etc.) y también alguna nueva (el economista que promete riqueza) han tenido siempre poder. Es interesante notar que lo importante de estos expertos no es su capacidad real para curar, enseñar o llevarnos a un lugar estupendo en el más allá sino la mera promesa de lograrlo; por eso los faraones, los emperadores o los reyes medievales tenían un médico, un sacerdote, o un tutor en su corte, aunque nadie se pondría hoy en sus manos.

 

Hablando de cortesanos, una tercera definición de “experto” cuando se trata de decisiones políticas proviene de otro premio Nobel, Paul Krugman, que tuvo una breve experiencia en la vida política de la Casa Blanca. La cuenta así: “tras un breve tiempo, sin embargo, comencé a darme cuenta de cómo se deciden realmente las políticas del gobierno. El hecho es que la mayor parte de los cargos más altos no tienen idea de qué están hablando: las deliberaciones de alto nivel son sorprendentemente primitivas (…) Además muchos individuos poderosos prefieren ser asesorados por aquellos que les hacen sentirse bien más que por aquellos que les hacen pensar demasiado. En realidad los que logran influenciar el diseño de las políticas de estado son habitualmente los mejores cortesanos, no los mejores analistas”.

Un cuarto tipo de experto serían los funcionarios. Son los guardianes de “la jaula de hierro” weberiana y, en una burocracia ideal, son personas con un alto grado de especialización avalada no solo por un título universitario sino por haber ganado un concurso de méritos en el que han demostrado de forma objetiva su pericia. Los funcionarios no suelen llevarse bien con los políticos salvo que se hagan, por vocación o sentido de la oportunidad, políticos ellos mismos (los golpes de estado militares son la versión más brutal del descubrimiento de la vocación política de un funcionario, aunque afortunadamente no la única). Algunos analistas consideran que el genio de Napoleón no fue militar sino administrativo: diseñó las prefecturas francesas obligando a los prefectos, políticos de profesión, a convivir con los subprefectos, altos funcionarios para que al político no le quedara más remedio que contar con la competencia profesional del funcionario y el funcionario estuviera subordinado al sentido de la oportunidad política del político.

Finalmente, en la actualidad se ha puesto de moda un quinto tipo de experto, que plantea interesantes retos y bastantes trampas. Se trata de entender a la multitud como un experto. La idea es antigua y está inspirada en Galton: el promedio de las opiniones de una gran multitud es la mejor predicción o el mejor peritaje para una decisión. La visión de Galton se ha puesto de moda en ciertos ámbitos que promueven la utilización sistemática de la “sabiduría de la multitud” con plebiscitos constantes. Se trata de un experto con cierto aroma hegeliano, una versión estadística, en lugar de metafísica, del Espíritu Absoluto.

Estas cinco definiciones de “experto” nos van a ayudar a centrar el debate pero antes podemos echar un vistazo a qué significa tomar una decisión política. Tradicionalmente las decisiones políticas por excelencia son las que toman el gobierno de una nación aunque en los últimos tiempos se ha puesto de moda enfatizar que el rumbo de las sociedades complejas es el resultado de la interacción de distintos agentes económicos y sociales, además de los estrictamente políticos, poniendo de moda la palabra “gobernanza”.

El término “gobernanza” es una forma elegante de describir la enorme dificultad actual para entender con claridad quién es quién en las sociedades más desarrolladas y, quién es responsable, en último término de lo que ocurre a nuestro alrededor. Existen multitud de ejemplos de esa experiencia, tan actual, de navegar en aguas desconocidas en medio de una densa niebla: ya nadie pretende saber a dónde va la unión monetaria europea, o el proceso de desconexión del Reino Unido, o la presidencia del país más poderoso de la Tierra o nuestros vehículos diésel. Incluso en aquellos países en los que se han encumbrado gobiernos populistas o autocráticos, las decisiones políticas ya no dependen exclusivamente del gobierno por varias razones, entre las cuales destaca siniestramente que muchos de esos gobiernos responden a intereses de élites que tienen su propia agenda.

Así que, para contestar a la pregunta de quién toma las decisiones políticas tendremos que considerar varios escenarios distintos, según qué entendamos por “experto” y “decisión política”. Finalmente nos tendremos que inclinar por una respuesta  en la que trataré de opinar sobre cuál debería ser el papel del experto en las decisiones políticas.

Si desea citar esta página

Fernández Dols, José Miguel   (2019) ¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?. En Niaia, consultado el 23/04/2019 en https://www.niaia.es/quien-toma-las-decisiones-politicas-los-expertos-o-los-politicos/

Unionistas versus separatistas en Cataluña: ¿Una cuestión de identidad?

Roberto Colom

Profesor de Diferencias individuales en el Departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la UAM,

En un informativo estudio—cuyos resultados publicaron, el pasado mes de Febrero, tres profesores de la Universidad de Barcelona, de la Universidad Pompeu Fabra y de la Universidad Autónoma de Barcelona—se encuestó a 1.000 residentes en Cataluña.

Se pretendía averiguar cuáles eran las creencias, el estado de ánimo y el perfil emocional de quienes, llegado el caso, votarían en contra (unionistas) o a favor (separatistas) de la independencia de la región. El informe deja claro que se trata de dos comunidades enfrentadas que comparten el mismo espacio físico y social.

Los responsables de la investigación partieron del hecho constatado de que el apoyo a la secesión se ha venido situando, sistemáticamente, algo por debajo del 50% de los residentes en Cataluña, así como de que los grupos políticos abiertamente independentistas han logrado acumular un 37% del censo electoral. Esos hechos sirven de telón de fondo para valorar las respuestas de los encuestados.

Una vez obtenidas las respuestas, la meta de los cálculos estadísticos fue averiguar cuáles de las 25 variables que se consideraron distinguían, con mayor nivel de precisión, la pertenencia a uno de los dos grupos (Unionistas versus Separatistas).

Veamos primero en qué se parecen unionistas y separatistas.

No hay mayoría de varones o mujeres en alguno de los grupos. Tampoco predomina alguno de esos grupos en las distintas provincias de la región. El tipo de seguro, el tipo de hogar o los sentimientos de rabia no son diferentes.

¿En qué se distinguen?

Los separatistas están más ‘ilusionados’ con el hecho de que el conflicto avanza en la dirección correcta o adecuada. Los unionistas están más ‘fatigados’, ‘confundidos’ y manifiestan un mayor ‘temor’ ante las tensiones sociales.

Una de las preguntas probablemente más interesantes fue:

“¿Cuál es la proporción de residentes en Cataluña que, según usted, es favorable a la independencia?”

Según los separatistas, casi 6 de cada 10 ciudadanos estarían a favor. Según los unionistas, 4 de cada 10 serían favorables a esa independencia. Por tanto, los separatistas desconocen –o les trae sin cuidado—la realidad, mientras que los unionistas poseen una percepción adecuada de esa realidad.

En cuanto a la fuerza del movimiento secesionista, más del 80% de los separatistas la sobrestiman, mientras que solamente el 36% de los unionistas caen en ese error de sobreestimación. Una vez más, los separatistas le dan la espalda a la realidad social. Quizá piensen que esa realidad se construye. Además, los más jóvenes del bando separatista son más proclives a caer en ese error de estimación.

 

Movámonos seguidamente hacia el espinoso tema de la identidad.

Los unionistas se sienten tan catalanes como españoles, mientras que los separatistas se sienten exclusivamente catalanes. Los separatistas mantienen que no hay nada que les una a España, por lo que a su identidad se refiere. El lugar de nacimiento (Cataluña) y la lengua materna (catalán) se asocian con intensidad a quienes apoyan sin reservas la secesión. Además, el nivel de estudios y el nivel socioeconómico son más elevados en separatistas que en unionistas.

Al discutir la evidencia registrada en su investigación, los autores recurren a hechos objetivos que podrían inquietar a quienes residen en la región. Por ejemplo, alrededor de 4.500 empresas han abandonado Cataluña para ubicarse en otras zonas de España desde la declaración simbólica de independencia en septiembre de 2017 por parte de la Generalitat. Además, los ciudadanos han transferido masivamente sus fondos a bancos de otros lugares de la península. La tendencia es por ahora imparable.

Tampoco se reprimen los autores al señalar cómo se han usado las redes sociales para avivar los sentimientos separatistas, incluyendo algoritmos (bots) que han incrementado la toxicidad social. La propaganda institucional y la presión sociológica han sido algo que ha rayado el escándalo. Y, desgraciadamente, apenas se han articulado contramedidas desde el Estado para apoyar a los unionistas y combatir, legítimamente, las manipulaciones de los líderes separatistas y de los medios de difusión afines. Al contrario, esos grupos han seguido monopolizando los espacios públicos y arrinconando a los unionistas usando visibles mecanismos de intimidación.

 

Escriben:

Los secesionistas están plenamente convencidos de que merecen separarse de España sin pagar nada a cambio, a pesar de que cuentan con una magra mayoría parlamentaria y de que carecen de una verdadera mayoría social. Es una creencia que podría derivarse de alguna clase de narcisismo colectivo [o de alguna clase de ‘pasión’, como se expuso en otro foro]

(…) exigen privilegios, no igualdad

(…) si el secesionismo catalán insiste en las mismas imposiciones unilaterales que han caracterizado la impaciente e ilegal oleada reciente, logrará agrandar la preocupante fractura entre unionistas y separatistas”.

En resumen, las variables fundamentales en las que se distinguen ambos bandos son la lengua materna, la ancestralidad (el número de apellidos locales) y el nivel educativo (asociado al poder adquisitivo y al estatus).

La situación es más delicada de lo que puede parecer desde la distancia. No sería la primera vez que acabe mal la confluencia de identidad etnocultural (sensación profunda de pertenencia a un grupo, y, por tanto, minimización de las diferencias dentro del grupo identitario y maximización de las diferencias con los demás grupos) y tensión política. El conflicto puede escalar con relativa facilidad a consecuencia de ese explosivo coctel, salvo que se adopten y apliquen las medidas oportunas para atenuar el ascenso.

Es natural que esa coyuntura se vea con preocupación desde la Unión Europea. Hay más regiones del viejo mundo (Córcega, Padania, Tirol del Sur, Cerdeña, Flandes y Baviera son ejemplos) que miran, atentamente, hacia lo que está ocurriendo en la península Ibérica.

 

Aunque los sondeos llevan a la conclusión objetiva de que 3 millones de catalanes (de un censo de 5,5 millones dentro de una población de 7 millones) no apoyan la secesión, la persistencia de los 2,5 millones que sí la persiguen ha logrado arrinconar a la mayoría unionista.

El hecho de que esa mayoría se sienta desamparada y que quienes deberían velar por sus derechos manifiesten una patente inhibición, resulta preocupante.

Es recurrente el mensaje de que es necesario más y mejor diálogo para encontrar una solución, pero lo que sucede en el día a día revela que los separatistas no desean sentarse a la mesa salvo que el plato que se le vaya a ofrecer sea de su agrado, adecuado a su exclusivo paladar. Solamente aceptarán que se les presente, en bandeja de plata, un menú de rendición incondicional. O eso parece.

Entonces, ¿qué se puede hacer para detener y revertir la tendencia centrífuga y excluyente?

 

Concuerdo con los autores del informe que se está comentado aquí en que los factores psicológicos apenas se han considerado. Se suele recurrir a conceptos de naturaleza sociológica, legal, judicial o ejecutiva, pasando de puntillas por el hecho incuestionable de que los grupos son agregados de individuos. Individuos que se pasan la vida definiendo su identidad para depurar su reputación. En ese proyecto vital, los humanos deben gestionar e integrar al menos tres componentes: (1) sus relaciones personales, de tú a tú, (2) su identificación con determinados grupos y (3) su posición dentro de cada uno de esos grupos.

No es este el lugar para detenerme a analizar con detalle esos tres componentes. Quien esté interesado queda invitado a leer mi intervención de 2016 en el parlamento europeo: la identidad europea desde la psicología individual.

Pienso que se puede y se debe trabajar para desmontar los elementos excluyentes de la identidad de los individuos, sean catalanes, bávaros, escoceses o vascos.

No será fácil. Lean los extractos de una carta, que un buen amigo catalán me envió, para comprender de dónde alimenta mi percepción sobre esa dificultad:

Pensé en ti después de vivir una experiencia que se relaciona con el concepto de nación (o país) que los de la meseta no entendéis. Estuve en Puigcerdà, Llivia, Bourg Madamme i Font-Romeu, localidades catalanas de la Catalunya norte y sur. Estuve hablando con varias personas en catalán, a un lado de la frontera que separa los ‘Estados’ francés y español. Esos municipios lucen en las fachadas de sus ayuntamientos la senyera catalana. A pesar de las guerras y tratados que nos dividieron a lo largo de la historia, continuamos perteneciendo a la misma nación o país: ‘Catalunya. Los territorios catalanes de Roselló, Conflent, Vallespir y parte de Cerdanya fueron anexionados a Francia por un mal acuerdo. Después de casi 400 años se siguen considerando culturalmente catalanes, aunque el centralismo francés ha hecho lo posible por borrar su cultura y asimilarla a la francesa. Aquí en España también han intentado borrar nuestra cultura y nuestro idioma durante siglos.

 Catalunya es una nación, incluso aunque haya quien no desee reconocerlo. También Escocia o Quebec son naciones. Yo soy catalán y tu eres un amigo, pero no un compatriota. Aunque es mejor un amigo que un compatriota.

 Otra cosa es el tema político de si Catalunya debe ser o no un Estado.

 Con la emigración en Catalunya, los catalanes casi ya somos minoría, pues hay millones de personas que viven en Catalunya que no son catalanes. No han nacido aquí y culturalmente están más cerca de sus padres que de nosotros. Nadie diría que Messi, que lleva en Barcelona desde los 10 años, es catalán.

 El tema de la independencia de Catalunya no puede abordarse de forma solamente “emocional”, dado que todos tenemos los mismos derechos como ciudadanos. Hay que explorar otras formas y abandonar la polarización actual. Eso es labor de los políticos, pero unos y otros han hecho un pésimo trabajo”.

Escribía Amin Maalouf en su breve ensayo, ‘Identidades asesinas

Europa tendrá que concebir su identidad como la suma de todas sus pertenencias lingüísticas, religiosas y de otro tipo. Si no reivindica cada elemento de su historia, si no les dice con claridad a sus ciudadanos que deben poder sentirse plenamente europeos sin dejar de ser alemanes, franceses, italianos o griegos, simplemente no podrá existir. Forjar la nueva Europa es forjar una nueva concepción de la identidad

 

 (…) desde el momento en que nos integramos en un país o en un conjunto de países, como puede ser la Europa unida, es inevitable sentir unos lazos de parentesco con cada uno de los elementos que lo componen; conservamos, sin duda, una relación muy particular con nuestra propia cultura, y una cierta responsabilidad hacia ella, pero se tejen igualmente vinculaciones con los demás componentes

 (…) conozco jóvenes europeos que se comportan ya como si el continente entero fuera su patria, y sus habitantes sus compatriotas

 (…) todos deberíamos poder incluir, en lo que pensamos que es nuestra identidad, un componente nuevo, llamado a cobrar cada vez más importancia en el próximo siglo, en el próximo milenio: el sentimiento de pertenecer también a la aventura humana”.

Maalouf consignaba estas palabras hace algo más de 20 años, en 1998. Quizá habría que preguntarse qué se está haciendo inadecuadamente para que tengamos la sensación de que nos alejamos de esa conciliadora e integradora meta, para que haya gente –como ese amigo que me escribía—empeñada en levantar muros de identidad excluyente.

Esa meta se ha perseguido aquí en Europa –eso sí, desgraciadamente a pequeña escala—a través de, por ejemplo, programas educativos dirigidos a promover el cosmopolitismo. Sus objetivos han sido, entre otros, (a) ayudar a abrirse a los diferentes manteniendo los lazos con los iguales, (b) comprender y respetar los derechos humanos, (c) ayudar a entender qué es una sociedad multicultural, (d) darle valor a la diversidad cultural y lingüística, o (e) combatir la discriminación basada en identidades de grupo.

 

Si se lograse que los individuos cambiasen su perspectiva y adoptasen una visión incluyente, los grupos con los que se identifican ya no podrían seguir anclados en sus tendencias centrífugas. En lugar de dibujar círculos cada vez más reducidos y herméticos, buscarían el modo de trazar círculos de mayor tamaño para incluir, en última instancia, a todos quienes residimos en este planeta situado a 150 millones de kilómetros de la estrella que nos permite vivir, a los humanos que insisten en construir unos muros invisibles cuando se observa, desde el espacio exterior, ese punto azul pálido al que se refería poéticamente el astrónomo Carl Sagan.

Si desea citar esta página

Colom, Roberto  (2019).  La democracia destruye tu imaginación. En Niaia, consultado el 10/04/2019 en https://www.niaia.es/unionistas-versus-separatistas-en-cataluna-una-cuestion-de-identidad/

 

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