Categoría: Dilemas Morales

Los dilemas morales en la investigación científica

(I) La moral de la investigación científica como actividad que genera productos pero no especifica su uso

Jorge Alegre-Cebollada (@AlegreCebollada)

Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III (CNIC). correo: jalegre@cnic.es

 

La investigación científica y tecnológica está repleta de fascinantes dilemas morales. Cuando Colón convenció a los Reyes Católicos para financiar sus expediciones, usó seguramente argumentos moralmente cuestionables. Cuando Rutherford propuso su revolucionario modelo del átomo, no podía intuir (¿o quizás sí?) que, gracias a sus desarrollos teóricos, se produciría armamento atómico. Cuando los científicos usamos líneas celulares humanas para investigar acerca de enfermedades como el cáncer, raramente nos preguntamos en qué condiciones se obtuvieron esas células.

Los anteriores ejemplos muestran cómo la investigación científica es susceptible de análisis moral debido al menos a tres de sus características: que provee verdades universales, que genera productos sin especificar sus usos, y que emplea herramientas tomadas de la naturaleza, muchas veces involucrando a seres humanos. En esta serie de artículos, presentaré algunos ejemplos de actividades científicas susceptibles de análisis moral. Comienzo por los dilemas morales que surgen de los productos que la actividad científica genera.

Hecho para la reflexión: muchas nuevas terapias para enfermedades como el cáncer son muy caras y sólo proporcionan, en el mejor de los casos, un incremento marginal en la supervivencia del paciente

Los científicos nos sentimos cómodos entre verdades universales, aunque sean de corto alcance. Quizás porque no existen verdades universales de tipo moral, no solemos dedicar mucho tiempo a pensar acerca de la moralidad de los productos que nuestras investigaciones posibilitan. El pensamiento reinante entre los investigadores es que nuestra función es descubrir, siendo la sociedad la responsable de regular los usos que surgen de esos descubrimientos. De este modo, la responsabilidad de un uso amoral de un descubrimiento recae sobre aquel que hace el mal uso, no sobre el descubridor. Así, ante la pregunta “si lo hubiera visto en vida, ¿debería Rutherford haberse sentido culpable por ser el padre de la física nuclear que permitió el desarrollo del armamento atómico?”, la inmensa mayoría de los científicos respondería que no, e incluso hablaría de los usos positivos que tiene la energía nuclear.

Sin embargo, hay otros ejemplos en los que el desarrollo de una investigación científica concreta conlleva un dilema moral inmediato. ¿Qué hacer en estos casos? Aquí presento varios ejemplos:

  1. El proyecto Manhattan que condujo al desarrollo definitivo del armamento nuclear. Los orígenes del proyecto Manhattan se encuentran en la advertencia de la comunidad científica aliada, encabezada por Albert Einstein, al presidente F.D. Roosevelt, de que la Alemania Nazi podría emplear los nuevos hallazgos en física nuclear para desarrollar armamento nuclear, que se predecía podría ser muchísimo más potente que los disponibles hasta ese momento. El proyecto Manhattan unió a científicos civiles, liderados por el físico J. Robert Oppenheimer, y militares, que en tiempo record desarrollaron toda la tecnología necesaria para producir armas nucleares. El dilema moral al que se enfrentaron estos científicos se resume en la frase del libro hindú Bhagavad-Guitá que le vino a la mente a Oppenheimer tras el primer ensayo nuclear exitoso: “Ahora me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos”.
  2. A lo largo de 2012 hubo una interesante polémica a raíz de una investigación acerca de la gripe aviar (1). Esta investigación pretendía comprender por qué, cada cierto tiempo, se produce una pandemia de gripe. Los investigadores consiguieron modificar una cepa de un virus que infectaba normalmente aves para que también pudiera infectar mamíferos. La lógica de estos investigadores era que si se sabe qué cambios en el virus le permiten saltar de una especie a otra, es posible estar prevenidos de posibles pandemias que se producen porque un virus en principio incapaz de infectar humanos adquiere mutaciones que lo posibilitan. El problema moral surgió porque, en definitiva, estos investigadores produjeron una estirpe de virus susceptible de ser usada como arma biológica, y lo hicieron desarrollando métodos que otros podrían aplicar para desarrollar virus todavía más peligrosos. Por este motivo, una de las preguntas que la comunidad científica se hacía era si se debía prohibir la publicación de los resultados.
  3. Uno de los ejemplos más evidentes de conflicto moral asociado con investigación científica es el avance espectacular en técnicas de manipulación genética, que están permitiendo que la eugenesia por medio de selección genética sea una realidad. En la actualidad, por lo general se considera moralmente aceptable emplear estas técnicas para la prevención de enfermedades incurables de origen genético. Sin embargo, no está tan claro dónde está el límite de lo moralmente aceptable. ¿Sería aceptable usar estas técnicas para tener una descendencia más inteligente? ¿O más guapa? Periódicamente, se dan a conocer nuevas aplicaciones de estos avances en genética reproductiva que siempre conllevan discusiones de tipo moral. Un ejemplo reciente es la generación de embriones con material genético de dos madres y un padre, para evitar las devastadoras enfermedades mitocondriales.

Aun aceptando que es la sociedad la que tiene que poner los límites acerca de los usos de productos generados por la investigación, considero importante que los científicos anticipen qué repercusiones pueden tener sus resultados. Después de hacer un análisis moral sincero, cada investigador ha de decidir si su área de investigación está de acuerdo con sus propios principios morales y actuar en consecuencia. Uno de los ejemplos más drásticos de posicionamiento moral por parte de un científico se puede encontrar en Fritz Haber, químico alemán de primera mitad del siglo XX cuyas investigaciones sobre la producción de amoníaco permitieron que la agricultura moderna pueda alimentar a miles de millones de personas. También fue Haber quien desarrolló y usó por primera vez armas químicas durante la I Guerra Mundial. Según Haber, en tiempos de paz un científico pertenece al mundo, pero en tiempos de guerra, pertenece a su país. Ante las acusaciones que se le hicieron de que las armas químicas era inhumanas, Haber señalaba que la muerte es siempre muerte, sin que importe cómo se infrinja.

(1) Fouchier, R. A., Garcia-Sastre, A. & Kawaoka, Y. H5N1 virus: Transmission studies resume for avian flu. Nature 493, 609, doi:10.1038/nature11858 (2013).

 

Alegre_II   (II) La moral de la investigación científica como actividad que proporciona verdades universales

Alegre_III  (III) La moral de la investigación científica como actividad que usa herramientas tomadas de la naturaleza

Alegre-Cebollada Jorge (2018) Los dilemas morales en la investigación científica Artículo completo

Si desea citar esta entrada

Alegre-Cebollada Jorge  (2018). Los dilemas morales en la investigación científica En Niaia, consultado el 27/09/2018 en http://www.niaia.es/los-dilemas-morales-en-la-investigacion-cientifica/

El dilema del tren y el deontologismo

Reproducimos un interesante artículo publicado por El País en el que informa de rcientes publicaciones que permiten reflexionar sobre las implicaciones morales del dilema del tren

Un tranvía sin control avanza hacia un grupo de cinco personas. Tú te encuentras en un puente elevado sobre las vías, junto a un señor de grandes dimensiones. Si le empujas, caerá en el camino de la máquina y morirá, pero salvará la vida de los cinco. Las respuestas habituales muestran que la moralidad humana no se rige por las matemáticas. Solo el 30% de los participantes apoya el sacrificio del hombre del puente pese a que supondría salvar cinco vidas.

Dilema del tranvía 1

El trabajo científico sugiere que nuestra moralidad ha evolucionado para favorecer la cooperación y parece que en ese camino se han visto favorecidos mecanismos que nos hacen preferir decisiones intuitivas que no siempre son las que ofrecen mejores resultados objetivos.

En el estudio de la moralidad, a quienes favorecen que las decisiones buenas son aquellas que logran el mayor beneficio para el mayor número de gente se les califica como consecuencialistas. Aquellos que se centran en derechos y en deberes, que piensan que determinadas decisiones, como tirar a un hombre desde un puente, nunca son buenas aunque busquen un bien mayor son llamados deontologistas. El hecho de que la mayor parte de las personas suelen preferir este segundo enfoque indica que esas normas morales han sido favorecidas por la selección natural.

Uno de los motivos para explicar que el enfoque deontológico sea el preferido es que aquellos que declaran, por ejemplo, que robar siempre está mal independientemente de las consecuencias, son más fiables que aquellos que piensan que, en algunas circunstancias, robar es aceptable. Varios estudios han mostrado que las personas con este punto de vista son más fiables a la hora de cooperar con ellos y eso convertiría al enfoque deontológico en un buen indicador para buscar socios.

Otra razón es que los juicios deontológicos suelen asociarse a emociones como la empatía, que cuentan con una buena imagen social. Los consecuencialistas, sin embargo, necesitan suprimir este tipo de respuestas emocionales para que no contaminen su cálculo de riesgos y beneficios.

Que un juicio moral demuestre empatía es más importante que sus consecuencias

Por último, se ha observado una asociación entre el enfoque deontológico y una menor tendencia a hacer daño a los demás o tener rasgos de personalidad antisociales. Algunos estudios como los realizados por Guy Kahane, de la Universidad de Oxford (Reino Unido), observaron que las personas que apoyan el sacrificio de una persona para salvar a muchas suelen tener menos inconvenientes para hacer daño a otras personas en su vida diaria aunque no conduzcan a un bien común mayor.

La semana pasada, un grupo de investigadores de las Universidades de Oxford (Reino Unido) y Cornell (EE. UU.) trataron de explicar el origen de la preferencia humana por las intuiciones deontológicas. Sus resultados, publicados en la revista Journal of Experimental Psychology, indican que todo tiene que ver con la popularidad de quienes expresan estas preferencias. Si la mayor parte de la gente considera mejores socios a las personas que basan sus juicios en absolutos morales, el mero hecho de decir que se piensa así sería beneficioso. De esta manera, con el paso del tiempo, esto facilita la difusión de este tipo de preferencia moral que está en todos nosotros. Tal y como explican los investigadores, a todos nos darían escalofríos si pensáramos en un amigo realizando un análisis de costes y beneficios para decidir si debemos ser sacrificados por el bien común.

Sentimientos con buena imagen

Para poner a prueba esta idea, emplearon varios dilemas morales como el planteado al principio de este artículo. Después, preguntaron a más de 2.400 participantes a quién consideraban más digno de confianza y descubrieron que quienes tomaban sus decisiones de acuerdo con absolutos morales, evitando matar a una persona para salvar a varias, eran los preferidos. Cuando se les pidió que eligieran a una persona para dejarles una cantidad de dinero también escogieron a quienes mostraban un criterio moral tajante y lo hicieron con más confianza en que se lo devolverían.

Recalcando la importancia de la imagen que tienen determinados sentimientos en la sociedad, los autores del estudio vieron que la forma en que se tomaba la decisión también era importante. Alguien que había optado por sacrificar a una persona para salvar cinco, pero afirmaba que la decisión había sido difícil, recibía más confianza que los que tomaron la misma decisión sin tantos quebraderos de cabeza.

En esta misma línea, los autores comentan que quienes decidieron no matar a alguien para resolver un dilema no siempre eran los preferidos como socios. La voluntad de las personas que iban a ser sacrificadas por el bien común también condicionaba el efecto sobre la imagen de quien decidía que debían vivir o morir. Los participantes en el estudio preferían a quienes respetaban los deseos de las víctimas, aunque eso significase que deberían matarlos. Una vez más, la empatía es lo que da buena imagen a los deontologistas y no solo que sigan de manera inflexible unas reglas morales concretas.

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