Categoría: Problemas Morales

Unionistas versus separatistas en Cataluña: ¿Una cuestión de identidad?

Roberto Colom

Profesor de Diferencias individuales en el Departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la UAM,

En un informativo estudio—cuyos resultados publicaron, el pasado mes de Febrero, tres profesores de la Universidad de Barcelona, de la Universidad Pompeu Fabra y de la Universidad Autónoma de Barcelona—se encuestó a 1.000 residentes en Cataluña.

Se pretendía averiguar cuáles eran las creencias, el estado de ánimo y el perfil emocional de quienes, llegado el caso, votarían en contra (unionistas) o a favor (separatistas) de la independencia de la región. El informe deja claro que se trata de dos comunidades enfrentadas que comparten el mismo espacio físico y social.

Los responsables de la investigación partieron del hecho constatado de que el apoyo a la secesión se ha venido situando, sistemáticamente, algo por debajo del 50% de los residentes en Cataluña, así como de que los grupos políticos abiertamente independentistas han logrado acumular un 37% del censo electoral. Esos hechos sirven de telón de fondo para valorar las respuestas de los encuestados.

Una vez obtenidas las respuestas, la meta de los cálculos estadísticos fue averiguar cuáles de las 25 variables que se consideraron distinguían, con mayor nivel de precisión, la pertenencia a uno de los dos grupos (Unionistas versus Separatistas).

Veamos primero en qué se parecen unionistas y separatistas.

No hay mayoría de varones o mujeres en alguno de los grupos. Tampoco predomina alguno de esos grupos en las distintas provincias de la región. El tipo de seguro, el tipo de hogar o los sentimientos de rabia no son diferentes.

¿En qué se distinguen?

Los separatistas están más ‘ilusionados’ con el hecho de que el conflicto avanza en la dirección correcta o adecuada. Los unionistas están más ‘fatigados’, ‘confundidos’ y manifiestan un mayor ‘temor’ ante las tensiones sociales.

Una de las preguntas probablemente más interesantes fue:

“¿Cuál es la proporción de residentes en Cataluña que, según usted, es favorable a la independencia?”

Según los separatistas, casi 6 de cada 10 ciudadanos estarían a favor. Según los unionistas, 4 de cada 10 serían favorables a esa independencia. Por tanto, los separatistas desconocen –o les trae sin cuidado—la realidad, mientras que los unionistas poseen una percepción adecuada de esa realidad.

En cuanto a la fuerza del movimiento secesionista, más del 80% de los separatistas la sobrestiman, mientras que solamente el 36% de los unionistas caen en ese error de sobreestimación. Una vez más, los separatistas le dan la espalda a la realidad social. Quizá piensen que esa realidad se construye. Además, los más jóvenes del bando separatista son más proclives a caer en ese error de estimación.

 

Movámonos seguidamente hacia el espinoso tema de la identidad.

Los unionistas se sienten tan catalanes como españoles, mientras que los separatistas se sienten exclusivamente catalanes. Los separatistas mantienen que no hay nada que les una a España, por lo que a su identidad se refiere. El lugar de nacimiento (Cataluña) y la lengua materna (catalán) se asocian con intensidad a quienes apoyan sin reservas la secesión. Además, el nivel de estudios y el nivel socioeconómico son más elevados en separatistas que en unionistas.

Al discutir la evidencia registrada en su investigación, los autores recurren a hechos objetivos que podrían inquietar a quienes residen en la región. Por ejemplo, alrededor de 4.500 empresas han abandonado Cataluña para ubicarse en otras zonas de España desde la declaración simbólica de independencia en septiembre de 2017 por parte de la Generalitat. Además, los ciudadanos han transferido masivamente sus fondos a bancos de otros lugares de la península. La tendencia es por ahora imparable.

Tampoco se reprimen los autores al señalar cómo se han usado las redes sociales para avivar los sentimientos separatistas, incluyendo algoritmos (bots) que han incrementado la toxicidad social. La propaganda institucional y la presión sociológica han sido algo que ha rayado el escándalo. Y, desgraciadamente, apenas se han articulado contramedidas desde el Estado para apoyar a los unionistas y combatir, legítimamente, las manipulaciones de los líderes separatistas y de los medios de difusión afines. Al contrario, esos grupos han seguido monopolizando los espacios públicos y arrinconando a los unionistas usando visibles mecanismos de intimidación.

 

Escriben:

Los secesionistas están plenamente convencidos de que merecen separarse de España sin pagar nada a cambio, a pesar de que cuentan con una magra mayoría parlamentaria y de que carecen de una verdadera mayoría social. Es una creencia que podría derivarse de alguna clase de narcisismo colectivo [o de alguna clase de ‘pasión’, como se expuso en otro foro]

(…) exigen privilegios, no igualdad

(…) si el secesionismo catalán insiste en las mismas imposiciones unilaterales que han caracterizado la impaciente e ilegal oleada reciente, logrará agrandar la preocupante fractura entre unionistas y separatistas”.

En resumen, las variables fundamentales en las que se distinguen ambos bandos son la lengua materna, la ancestralidad (el número de apellidos locales) y el nivel educativo (asociado al poder adquisitivo y al estatus).

La situación es más delicada de lo que puede parecer desde la distancia. No sería la primera vez que acabe mal la confluencia de identidad etnocultural (sensación profunda de pertenencia a un grupo, y, por tanto, minimización de las diferencias dentro del grupo identitario y maximización de las diferencias con los demás grupos) y tensión política. El conflicto puede escalar con relativa facilidad a consecuencia de ese explosivo coctel, salvo que se adopten y apliquen las medidas oportunas para atenuar el ascenso.

Es natural que esa coyuntura se vea con preocupación desde la Unión Europea. Hay más regiones del viejo mundo (Córcega, Padania, Tirol del Sur, Cerdeña, Flandes y Baviera son ejemplos) que miran, atentamente, hacia lo que está ocurriendo en la península Ibérica.

 

Aunque los sondeos llevan a la conclusión objetiva de que 3 millones de catalanes (de un censo de 5,5 millones dentro de una población de 7 millones) no apoyan la secesión, la persistencia de los 2,5 millones que sí la persiguen ha logrado arrinconar a la mayoría unionista.

El hecho de que esa mayoría se sienta desamparada y que quienes deberían velar por sus derechos manifiesten una patente inhibición, resulta preocupante.

Es recurrente el mensaje de que es necesario más y mejor diálogo para encontrar una solución, pero lo que sucede en el día a día revela que los separatistas no desean sentarse a la mesa salvo que el plato que se le vaya a ofrecer sea de su agrado, adecuado a su exclusivo paladar. Solamente aceptarán que se les presente, en bandeja de plata, un menú de rendición incondicional. O eso parece.

Entonces, ¿qué se puede hacer para detener y revertir la tendencia centrífuga y excluyente?

 

Concuerdo con los autores del informe que se está comentado aquí en que los factores psicológicos apenas se han considerado. Se suele recurrir a conceptos de naturaleza sociológica, legal, judicial o ejecutiva, pasando de puntillas por el hecho incuestionable de que los grupos son agregados de individuos. Individuos que se pasan la vida definiendo su identidad para depurar su reputación. En ese proyecto vital, los humanos deben gestionar e integrar al menos tres componentes: (1) sus relaciones personales, de tú a tú, (2) su identificación con determinados grupos y (3) su posición dentro de cada uno de esos grupos.

No es este el lugar para detenerme a analizar con detalle esos tres componentes. Quien esté interesado queda invitado a leer mi intervención de 2016 en el parlamento europeo: la identidad europea desde la psicología individual.

Pienso que se puede y se debe trabajar para desmontar los elementos excluyentes de la identidad de los individuos, sean catalanes, bávaros, escoceses o vascos.

No será fácil. Lean los extractos de una carta, que un buen amigo catalán me envió, para comprender de dónde alimenta mi percepción sobre esa dificultad:

Pensé en ti después de vivir una experiencia que se relaciona con el concepto de nación (o país) que los de la meseta no entendéis. Estuve en Puigcerdà, Llivia, Bourg Madamme i Font-Romeu, localidades catalanas de la Catalunya norte y sur. Estuve hablando con varias personas en catalán, a un lado de la frontera que separa los ‘Estados’ francés y español. Esos municipios lucen en las fachadas de sus ayuntamientos la senyera catalana. A pesar de las guerras y tratados que nos dividieron a lo largo de la historia, continuamos perteneciendo a la misma nación o país: ‘Catalunya. Los territorios catalanes de Roselló, Conflent, Vallespir y parte de Cerdanya fueron anexionados a Francia por un mal acuerdo. Después de casi 400 años se siguen considerando culturalmente catalanes, aunque el centralismo francés ha hecho lo posible por borrar su cultura y asimilarla a la francesa. Aquí en España también han intentado borrar nuestra cultura y nuestro idioma durante siglos.

 Catalunya es una nación, incluso aunque haya quien no desee reconocerlo. También Escocia o Quebec son naciones. Yo soy catalán y tu eres un amigo, pero no un compatriota. Aunque es mejor un amigo que un compatriota.

 Otra cosa es el tema político de si Catalunya debe ser o no un Estado.

 Con la emigración en Catalunya, los catalanes casi ya somos minoría, pues hay millones de personas que viven en Catalunya que no son catalanes. No han nacido aquí y culturalmente están más cerca de sus padres que de nosotros. Nadie diría que Messi, que lleva en Barcelona desde los 10 años, es catalán.

 El tema de la independencia de Catalunya no puede abordarse de forma solamente “emocional”, dado que todos tenemos los mismos derechos como ciudadanos. Hay que explorar otras formas y abandonar la polarización actual. Eso es labor de los políticos, pero unos y otros han hecho un pésimo trabajo”.

Escribía Amin Maalouf en su breve ensayo, ‘Identidades asesinas

Europa tendrá que concebir su identidad como la suma de todas sus pertenencias lingüísticas, religiosas y de otro tipo. Si no reivindica cada elemento de su historia, si no les dice con claridad a sus ciudadanos que deben poder sentirse plenamente europeos sin dejar de ser alemanes, franceses, italianos o griegos, simplemente no podrá existir. Forjar la nueva Europa es forjar una nueva concepción de la identidad

 

 (…) desde el momento en que nos integramos en un país o en un conjunto de países, como puede ser la Europa unida, es inevitable sentir unos lazos de parentesco con cada uno de los elementos que lo componen; conservamos, sin duda, una relación muy particular con nuestra propia cultura, y una cierta responsabilidad hacia ella, pero se tejen igualmente vinculaciones con los demás componentes

 (…) conozco jóvenes europeos que se comportan ya como si el continente entero fuera su patria, y sus habitantes sus compatriotas

 (…) todos deberíamos poder incluir, en lo que pensamos que es nuestra identidad, un componente nuevo, llamado a cobrar cada vez más importancia en el próximo siglo, en el próximo milenio: el sentimiento de pertenecer también a la aventura humana”.

Maalouf consignaba estas palabras hace algo más de 20 años, en 1998. Quizá habría que preguntarse qué se está haciendo inadecuadamente para que tengamos la sensación de que nos alejamos de esa conciliadora e integradora meta, para que haya gente –como ese amigo que me escribía—empeñada en levantar muros de identidad excluyente.

Esa meta se ha perseguido aquí en Europa –eso sí, desgraciadamente a pequeña escala—a través de, por ejemplo, programas educativos dirigidos a promover el cosmopolitismo. Sus objetivos han sido, entre otros, (a) ayudar a abrirse a los diferentes manteniendo los lazos con los iguales, (b) comprender y respetar los derechos humanos, (c) ayudar a entender qué es una sociedad multicultural, (d) darle valor a la diversidad cultural y lingüística, o (e) combatir la discriminación basada en identidades de grupo.

 

Si se lograse que los individuos cambiasen su perspectiva y adoptasen una visión incluyente, los grupos con los que se identifican ya no podrían seguir anclados en sus tendencias centrífugas. En lugar de dibujar círculos cada vez más reducidos y herméticos, buscarían el modo de trazar círculos de mayor tamaño para incluir, en última instancia, a todos quienes residimos en este planeta situado a 150 millones de kilómetros de la estrella que nos permite vivir, a los humanos que insisten en construir unos muros invisibles cuando se observa, desde el espacio exterior, ese punto azul pálido al que se refería poéticamente el astrónomo Carl Sagan.

Si desea citar esta página

Colom, Roberto  (2019).  La democracia destruye tu imaginación. En Niaia, consultado el 10/04/2019 en https://www.niaia.es/unionistas-versus-separatistas-en-cataluna-una-cuestion-de-identidad/

 

El tamaño importa y mucho

Luis González Reyes

Miembro de Ecologistas en Acción

 

Virus ha editado en castellano —con unas notas a pie de la traductora que son muy valiosas para encuadrar el libro— El colapso de las naciones de Leopold Kohr. Es una obra cuya primera publicación fue en 1957, pero que continúa siendo interesante. Plantea que la causa de todos los males humanos es solo una: el tamaño de las unidades políticas.

Empiezo con las carencias que considero que tiene el análisis. La primera es que creo que intentar explicar con un único factor alto tan complejo como las sociedades humanas, aunque sea solo en uno de sus rasgos como es la dominación, es imposible.

En el libro, Leopold Kohr rechaza que el sistema económico forme parte de las causas de la miseria social. En concreto, el capitalismo. Modestamente, creo que no entiende qué es y cómo funciona nuestro sistema socioeconómico. Una muestra es que califica a la URSS como no capitalista, pero sobre todo que no entiende la necesidad de acumulación, la proletarización como herramienta de control social, el imperativo del crecimiento o las implicaciones de la mercantilización social y del incremento de la dimensión del mercado (lo que le permite, por ejemplo, defender la unión aduanera que se produciría años después de su libro en la UE).

También argumenta que el orden político no contribuye a los males sociales. Nuevamente, considero que no entiende lo que es el Estado. No comprende su creación y funcionamiento como sistema de dominación. Por ello, en un momento de la obra argumenta cómo sería posible su disolución voluntaria o muestra a Suiza como un ejemplo a seguir.

Así mismo descarta la cultura como elemento que desempeñe algún papel en la dominación humana. Para hacerlo, usa muchos ejemplos de distintas culturas, pero todas ellas se basan en la dominación. El texto adolece de una mirada temporal y antropológica más amplia en este sentido.

Usa la física para explicar el orden social llevando las analogías demasiado lejos, pues las sociedades humanas no solo se rigen por las leyes de la termodinámica, por más que no puedan escapar de ellas. Pero, a la vez, carece de una visión biofísica de las sociedades y los límites ambientales no están ni presentes entre los factores a considerar para explicar las relaciones de dominación.

Finalmente, el libro no nombra otros sistemas de dominación fundamentales que operan en el plano micro (pero no solo). Entre ellos destaca el patriarcado. En él, las relaciones de poder se articulan desde lo pequeño, no solo desde lo macro, lo que es un desafío a la tesis del autor de primer orden, que el libro no contempla.

Pero dicho todo esto, el libro merece la pena. La tesis central que sostiene, por más que en solitario no pueda explicar las relaciones sociales asimétricas actuales, es imprescindible considerarla en el marco analítico. El gigantismo no lo explica todo, pero sin este factor tampoco podemos entender lo que sucede. Por ello, este es un libro que hay que leer.

La idea básica de Leopold Kohr es la «Teoría del tamaño, que sugiere que tras toda miseria social hay una sola causa: la magnitud”. Por una parte, argumenta que los problemas crecen en proporción geométrica, pero la habilidad de las personas para lidiar con ellos lo hace en aritmética (en el mejor de los casos). De este modo, anticipa la Ley de rendimientos decrecientes que después usaría Joseph Tainter en El colapso de las sociedades complejas (2003).

Pero la cuestión va mucho más allá de problemas que se van haciendo cada vez más inmanejables, pues la clave es que: “Nadie podría perpetrar atrocidades sin el poder para hacerlo. Pero esa no es la cuestión. El quid es que la proposición también funciona a la inversa. Cualquiera que disponga de poder, al final, acabará cometiendo las atrocidades correspondientes”.

Un elemento central para que esto último suceda es la “ley de sensibilidad decreciente, según la cual cada sucesiva comisión de un crimen carga sobre su perpetrador un menor sentimiento de culpa, disminuyendo a la vez el grado de sorpresa de la población en general. Esto llega tan lejos que, cuando el mal comportamiento alcanza el estadio de la comisión en masa, este entumecimiento y complejidad general pueden instalarse de tal manera que los asesinos pierden todo sentido de su criminalidad, y los observadores toda noción de crimen”.

Las relaciones de dominación se desatan cuando se alcanza una “cantidad crítica”, que es “todo aquel volumen de poder que confiere inmunidad frente a la represalia”. Por ello, en muchas partes de la obra el autor señala la importancia de tener contrapoderes, lo que es mucho más fácil cuando más pequeñas sean las entidades, sobre todo porque esto permite que todas tengan contrapoderes y no solo las más débiles.

No solo es necesario alcanzar la cantidad crítica, sino que la entidad sea consciente de ello: “la creencia de que el volumen crítico de fuerza ha sido efectivamente alcanzado”.

Esta cantidad crítica depende de dos factores fundamentalmente. Por una parte, la densidad (“correlación entre la población y el área geográfica”) y por otra la velocidad (“extensión de su integración administrativa y su progreso tecnológico”). Pero también influye la distancia física entre las entidades (la dominadora y la dominada), pues “el poder efectivo disminuye a medida que aumenta la distancia”.

La tesis que defiende el libro conlleva una visión antropológica negativa del ser humano, pues en cuanto tiene la posibilidad (piensa que es inmune) se lanza a controlar a sus congéneres. Para poder tener visiones más poliédricas de la naturaleza humana es necesario introducir una mirada compleja de la dominación, lo que requiere rescatar el papel de los sistemas económicos, políticos y culturales, algo que el autor descarta.

En coherencia con su tesis, Leopold Kohr defiende que la solución a la desigualdad y el sometimiento es la división, la desunión. Propone partir los Estados grandes en pequeños. Aunque no se sale del marco estatal, a veces, cuando habla de Estados muy pequeños, parece referirse casi a organizaciones no estatales, es decir, sin escisión de un estrato social para el mando. Desde ahí se puede entender su afirmación de que los Estados pequeños son “por naturaleza internamente democráticos”. En contraposición sostiene que cualquier Estado grande es imposible que sea democrático.

En esa situación no dejarían de existir guerras, pero serían mucho menos sangrientas. Su opción no es entre la paz y la guerra, sino entre las guerras grandes, y las pequeñas y territorializadas, pues, como he señalado, su visión del ser humano es de un animal dominador por naturaleza.

El libro, además de esta indudable aportación para identificar el gigantismo como uno de los elementos claves del orden social desigual, lanza algunas ideas que fueron muy visionarias para su época. Por ejemplo, critica el consumismo y la velocidad como indicadores de calidad de vida: “lo que estadísticamente tenía aspecto de progreso equivalió realmente a la disminución del nivel de vida”, “¿desde cuándo la creación de nuevas necesidades es un signo de progreso?”, “exceso de crecimiento”. Esto, junto a su tesis principal, indudablemente influyeron en su discípulo Ernst Friedrich Schumacher para escribir Lo pequeño es hermoso (1973).

También adelanta los problemas que ahora son palpables de una UE compuesta por potencias desiguales (por entonces solo existía la CECA, la Comunidad Europea del Carbón y de Acero).

Por último, lanza la predicción de que el final al que se encaminan los Estados es a una fusión imperial. Así plantea que EEUU y la URSS se convertirían en las únicas superpotencias de las cuales solo terminaría quedando una. Pero que esa fusión imperial sería el antecede del colapso de las naciones.

Referencias

Se puede completar esta entrada con la entrevista de Enric Llopis: “El colapso ambiental tiene una parte de trauma, pero también de alternativas y esperanza” En Rebelión. 28/06/2018. Accesible el 28/03/2019 en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=243455

Si desea citar esta página

González Reyes, L. (2019).  El tamaño importa y mucho. En Niaia, consultado el 30/03/2019 en https://www.niaia.es/el-tamano-importa-y-mucho/

Implicaciones morales del estudio Moral Machine

Javier Gonzalez Vela

Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid.

 

Desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una auténtica revolución tecnológica cuyo impacto en la sociedad es difícil de determinar en toda su extensión, pero cuyos primeros efectos son ya claramente visibles. La aparición de Internet, el despliegue masivo de los dispositivos móviles, la difusión de las redes sociales…, todo ello conlleva cambios de comportamiento profundos. Los avances en la capacidad de computación junto a las nuevas técnicas de tratamiento masivo de datos (que se conocen con el término técnico de “Big Data”) proporcionan las herramientas necesarias para desarrollar sistemas que interactúan con nosotros de manera completamente nueva. Y los avances en robótica y en Inteligencia Artificial nos proporcionan nuevos dispositivos con los que tendremos que acostumbrarnos a convivir. Uno de los ejemplos más significativos, aunque no el único, lo constituyen los coches autónomos, capaces de conducir ellos solos sin requerir asistencia humana: son una muestra de que tanto la inteligencia artificial como los dispositivos que la implementan han alcanzado ya a un nivel de madurez tal que nos obliga a tomar decisiones concretas sobre cuestiones que normalmente abordaríamos de manera intuitiva. El comportamiento básico de las máquinas hay que programarlo, hay que escribirlo, y por tanto hay que especificarle a la máquina los criterios con los que debe comportarse ante determinadas situaciones. Es decir, hay que transcribir a algoritmos ejecutables por una máquina los criterios morales bajo los cuales tomamos determinadas decisiones. Y eso nos obliga a pensar cuáles son esos criterios morales, y por qué escogemos esos y no otros.

Para abordar estas cuestiones surgen iniciativas que, aprovechando las capacidades de Big Data, recaban información de un gran número de personas sobre sus preferencias y decisiones con la idea de utilizar las más extendidas como referencias morales.

Por Big Data entendemos el conjunto de técnicas que permiten hacer un procesado de cantidades ingentes de datos. Estos datos se obtienen ya fácilmente de la interacción con múltiples sistemas que nos rodean, y la capacidad de computación para procesarlos está ya disponible. Big Data te permite por tanto obtener patrones y correlaciones a partir de un número muy elevados de datos, y de ahí extraer conclusiones útiles.

 

Así nos encontramos, por ejemplo, con la encuesta de la Moral Machine elaborada conjuntamente por investigadores del CNRS francés (Centre National de la Recherche Scientifique), el MIT y las universidades de Harvard y de la Columbia Británica, o por el Moral Sense Test realizado por la Universidad de Harvard (y que ya han contestado más de 200.000 personas).

Centrándonos en la Moral Machine, posiblemente la más conocida puesto que han participado cerca de 2,5 millones de personas de 233 países distintos, se presenta vía web un formulario con múltiples escenarios en los que un coche autónomo está en situación de accidente inmediato por atropello, y debe decidir cómo actuar en cada caso, sabiendo que todas las decisiones implican salvar a unos seres y condenar a otros. Se trata de una variante del dilema del tranvía, en la que se presentan varios factores (salvar a personas frente a salvar animales, pasajeros frente a peatones, salvar más vidas frente a salvar menos, personas jóvenes frente a ancianas…, y así hasta nueve), y el participante tiene que elegir cuál es la opción mejor en cada caso. Utilizando el análisis de datos, se procesan todas las respuestas y se obtienen una serie de patrones de conducta, que se pueden agrupar por áreas geográficas, razas, sexos, o cualquier otro parámetro que se considere conveniente. Pero el sistema es aún más detallado, puesto que sitúa a cada persona en una escala comparativa respecto al resto de participantes, e incluso informa de cuáles han sido sus preferencias particulares que le han guiado en sus respuestas. Es indudable que te hace reflexionar sobre tus preferencias, pero… ¿podría un sistema así, al informarte de tus propias preferencias, llegar en un momento dado a condicionarlas? No es solo que te haga reflexionar sobre tus preferencias, sino que de alguna manera te las propone.

Sin entrar en un análisis detallado de los resultados (que se pueden consultar en el siguiente enlace), hay determinadas aspectos que merecen la pena destacarse: existen variaciones individuales importantes, especialmente cuando se considera el sexo y la religiosidad del participante; las preferencias están altamente correlacionadas con variaciones culturales y económicas entre países (considerando tres áreas de países claramente diferenciadas: occidentales, orientales y latinoamericanos); y  además se notan diferencias notables entre culturas individualistas y culturas de colectividad. Pero aun así, en el análisis de los resultados se observan tres criterios que se repiten de manera clara e inequívoca. La gente prefiere mayoritariamente:

  1. salvar antes a las personas que a los animales.
  2. salvar el mayor número posible de vidas.
  3. salvar a personas jóvenes antes que a personas mayores.

Independiente de la valoración que nos merezcan estos criterios, cabe preguntarse si se trata de un método adecuado para establecer unas reglas morales. ¿El hecho de que una mayoría de personas los elijan los determina ya como criterios válidos? Y si fuera así, ¿en qué porcentaje se podría cifrar una mayoría válida?

Y no es que la Moral Machine pretenda establecer de esta manera los criterios (hasta la fecha, el único intento serio lo ha realizó en 2017 la “German Ethics Commision on Automated and Connected Driving“), pero sí intenta proporcionar una referencia válida para ello.

Tal vez si estuviésemos de acuerdo en la existencia de una moral universal válida sería más sencillo responder a estas preguntas, pero más allá de considerar que una elección moralmente correcta es la que maximiza el bien común, no parece haber un consenso claro sobre la existencia o no de una moral universal. Sirva como referencia la encuesta que sobre este tema  The Evolution Institute(*) ha realizado entre 15 autores, entre los que se dan todas las opciones posibles: si, no, quizás…

Tal vez las respuesta a estas dudas se encuentre en las propias conclusiones de los impulsores de la Moral Machine, cuando dicen que «mientras que las preferencias éticas del público no deben ser necesariamente el primer árbitro de una política ética, la intención que tenga la gente de comprar coches autónomos y tolerarlos en las carreteras dependerá de la aceptación de las reglas éticas que se adopten», e igualmente cuando establecen que «antes de permitir que los coches tomen decisiones morales debemos iniciar un debate global para expresar nuestras opiniones a las empresas que diseñarán los algoritmos morales. La MM ha sido desarrollada para iniciar ese debate.»

Sin embargo, el método que utiliza el MIT en su Moral Machine parece ser bastante práctico: es un método eficiente en el sentido de que ofrece unas respuestas razonablemente rápidas y que pueden concitar los mayores acuerdos. Y lo que puede llegar a ser más importante: puede acabar resultando una vía muy cómoda de tomar decisiones. Porque al final a las personas no les gusta tomar decisiones incómodas. Este es un efecto que se ve también claramente en el análisis de los resultados de la Moral Machine: en la variante del escenario en el que para salvar cinco vidas debes activar una palanca que mataría a una persona, el 90% de los encuestados preferiría no tener que activar la palanca.

Las decisiones son incómodas. Pero en el momento en que dispongamos de inteligencias artificiales, que además hayan sido capaces de aprender comportamientos de manera autónoma (y hay que decir que se está avanzando mucho en conseguir que las inteligencias artificiales aprendan rápidamente a partir de su propia experiencia), ¿no resultará muy reconfortante saber que alguien o algo podrá elegir por ti sin miedo a equivocarse? De una manera limpia y eficiente te pueden eximir de toda responsabilidad. ¿No sería ésta una situación que mucha gente encontraría deseable?

Al final podríamos estar sacrificando nuestra responsabilidad en aras de la eficiencia y la comodidad. ¿Nos llevaría esto a que una inteligencia artificial acabase sabiendo mejor que nosotros lo que nos conviene?

(*) The Evolution Institute es una organización sin ánimo de lucro con sede en San Antonio, Florida. Fundada en el año 2010 por David Sloan Wilson, biólogo evolutivo (área de la biología que estudia los cambios de los seres vivos a través del tiempo) y distinguido profesor de ciencias biológicas y antropología en la Universidad de Binghamton, EE.UU. The Evolution Institute busca aplicar la ciencia evolutiva a los problemas sociales. Y a través del proyecto Seshat hace un extenso de técnicas de tratamiento masivo de datos para comprobar hipótesis científicas. (fuente: Wikipedia).

Referencias:

Anónimo (s.f.) Big Data: ¿En qué consiste? Su importancia, desafíos y gobernabilidad. En Power Data. Accesible el 25/11/2017 en https://www.powerdata.es/big-data

Miranda-Saavedra, Diego (2018). De cuando la filosofía rescató a la inteligencia artificial. En Retina. El País. Accesible el 25/11/2018 en (https://retina.elpais.com/retina/2018/10/30/tendencias/1540906405_872503.html#?id_externo_nwl=newsletter_retina20181108

Malo, Pablo (2018) ¿Existe una moral universal?  En Evolución y Neurociencia. Accesible el 25/11/2108 en https://evolucionyneurociencias.blogspot.com/2018/06/existe-una-moral-universal.html

Plaza López, José Ángel. (2018) Bioética. El peligro de vivir en una sociedad digital diseñada para manipular. En Retina. El País. Accesible el 25/11/2017 en https://retina.elpais.com/retina/2018/10/02/tendencias/1538462550_862834.html

Torre, Diego de la y Martín-Peñasco, Jaime (2018) ¿Qué es el aprendizaje profundo? Así es el método de obtención de conocimientos de la Inteligencia Artificial. En Blogthinkbig. Accesible el 25/11/2018 eb  https://blogthinkbig.com/aprendizaje-profundo-inteligencia-artificial

Si desea citar esta página

Gonzalez Vela, Javier (2018).  Implicaciones morales del estudio Moral Machine. En Niaia, consultado el 28/11/2018 en https://www.niaia.es/implicaciones-morales-del-estudio-moral-machine/

Resolviendo problemas: Hagamos lo que es justo

Ignacio García Pedraza – Félix García Moriyón (miembros Niaiá)

Se trata de un curso, de 15 horas de duración, que se va a celebrar en el marco de la 43ª Escuela de Verano de Acción Educativa, del 2 al 6 de julio, en la Facultad de Formación de Profesorado y Educación de la UAM

Dirigido a profesorado de todos los niveles, para quienes ejercen como profesores en educación formal y no formal.

 

Se pretende sensibilizar al profesorado, en general, sobre la dimensión moral de los problemas que se plantean en los diferentes ámbitos educativos y desarrollar estrategias de resolución de dichos problemas cuando se producen y de creación de comunidades de aprendizaje que minimicen la aparición de esos problemas.

Contenidos de la actividad:

a) Los centros educativos y las aulas como comunidades justas de aprendizaje y como espacios ecosociales.
b) Conflictividad creativa y conflictividad destructiva.
c) La percepción de la dimensión moral de los problemas relacionados con la justicia y el ámbito ecosocial.
d) Las competencias cognitivas y afectivas requeridas para una adecuada resolución de problemas morales.
e) La evaluación del crecimiento moral del alumnado y el profesorado.

El curso seguirá una metodología activa y paricipativa.

Para recabar más información e inscribirse

El sentido moral

La primera sesión del Seminario Permanente de este año, el papel de la razón en la argumentación moral, dio comienzo con una reflexión sobre lo que entendemos por moral, una palabra usada con mucha frecuencia, pero que no siempre entendemos de la misma manera.

Para poder clarificar el significado del término, utilizamos un ejercicio sobre el sentido moral que nos dio bastante juego. Se trataba de analizar en unas cuantas frases de la vida cotidiana para decidir en qué sentido en cada una de ellas se utilizaba la palabra moral. Estas eran las frases

  • El comportamiento de los ultrasur es completamente inmoral.
  • Los jugadores del equipo iban perdiendo tres a cero en el primer tiempo y perdieron completamente la moral antes de empezar el segundo tiempo.
  • Es una auténtica inmoralidad los precios que tienen ahora los pisos.
  • Aunque hacía mal tiempo, los excursionistas mantenían la moral bien alta y esperaban disfrutar del día.
  • Los salarios que cobran algunos altos ejecutivos serán legales pero atentan contra la moral.
  • Para decidir con qué edad se puede ver una película se utilizan criterios morales.
  • Aquellas personas no respetaron las normas más elementales de la moral cívica.
  • La secretaria presentó una denuncia porque se sentía víctima de acoso moral por parte de su jefe.

No era sencillo dar una respuesta precisa, aunque se podía aceptar que, en general, empleamos el adjetivo “moral” para referir a algo que es bueno, de tal modo que decir que un comportamiento, como el de los ultrasur de la primera frase, no es moral es señalar que el comportamiento no es bueno, o no está bien. Mientras que serían morales los comportamientos o situaciones en las que la gente actúa bien. Junto a ese sentido de la palabra, está otro que, en principio, no guarda mucha relación con el anterior: tener moral o mantener la moral se refiere a un rasgo de las personas que en situaciones específicas no pierde el ánimo y siguen intentando alcanzar las metas que se han propuesto.

Ahora bien, esto plantea algunos problemas añadidos. Por un lado, en general es la sociedad la que decide qué comportamientos son moralmente buenos o malos, pero no siempre hay acuerdo al respecto. Al mismo tiempo es nuestra propia conciencia la que determina en última instancia si algo está bien o está mal. Sea la sociedad o la persona individual, no queda claro que siempre acierten: el que toda la sociedad aprueba algo como bueno puede no ser suficiente, y nosotros mismos no siempre acertamos. En el ejercicio citado antes se incluyen unas preguntas que pueden mostrar la dificultad que tenemos para definir lo que es bueno y lo que es malo.

El_fanático Ceguera moral

En algunas ocasiones, el problema fundamental es que las personas ni siquiera son conscientes de que el problema al que tienen que hacer frente tiene una dimensión moral, dimensión que puede, incluso ser más importante que cualquier otra. A veces esta ceguera moral es el resultado de que no se tienen en cuenta los intereses y problemas de otras personas implicadas, que pasan desapercibidas o son invisibles para quienes toman las decisiones, o no se repara en que no todos los medios son moralmente aceptables para alcanzar un fin, y el que este sea bueno no convierte a los medios empleados en buenos. Es importante, por tanto, mejorar nuestra percepción de esa dimensión moral. Zygmunt Baumann se refiere a esta ceguera denunciando la insensibilidad moral y el deterioro moral progresivo que se produce en una sociedad líquida.

Por otra parte, si bien se puede hablar de que existe un cierto acuerdo en torno a los valores fundamentales que guían y orienta la acción moral humana, también es cierto que eso no resulta suficiente cuando afrontamos un problema concreto. No siempre está claro lo que debemos hacer; incluso estando claro, no siempre es sencillo tener el coraje suficiente par hacerlo. Varias son las dificultades que encontramos y por eso resulta imprescindible un adecuado uso de la razón para sopesar lo que es adecuado hacer:

  1. En casi todas las ocasiones pueden existir valores en conflicto (dilemas morales), de tal modo que respetar uno de ellos puede dañar el otro, lo que exige aclarar la preferencia que puede tener un valor sobre otros. Hay un acuerdo universal acerca de que matar es malo moralmente, pero goza de amplia aceptación la posibilidad de matar en legítima defensa.
  2. Pueden estar muy claro cuáles son los objetivos moralmente buenos que se pretenden conseguir, pero con frecuencia las situaciones son complejas y hay que tener en cuenta muchas cosas, siendo capaces además de prever posibles consecuencias negativas de algunas soluciones.Resultado de imagen de prejuicios mafalda
  3. Por último, como ya hemos comentado, la toma de decisiones no se guía siempre por procesos racionales. La idea del elector racional ha sido cuestionada por muchas investigaciones. Estamos condicionados por estereotipos y prejuicios, por sesgos,  intereses no explícitos o mecanismos de defensa…, y todo ello provoca errores en la toma decisiones con consecuencias a veces muy negativas. Todo ello incluye además sentimientos difíciles de controlar que hacen que nuestra argumentación sea con frecuencia deficiente.

La importancia de mejorar la capacidad de argumentación es, por tanto, es innegable.

Si desea citar esta entrada

García Moriyón, F.: El sentido moral. En Niaia, consultado el 26/10/2017 en http://wp.me/p86q9f-kf

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