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Las virtudes argumentativas

José Angel Gascón

Uno de los principales objetivos de la moderna teoría de la argumentación es mejorar nuestras capacidades y nuestros hábitos argumentativos en las discusiones cotidianas. Con este fin, se han privilegiado dos enfoques clásicos: la lógica y la dialéctica. La perspectiva lógica (la lógica informal) estudia los argumentos como productos de la actividad argumentativa y los evalúa en función de la fuerza con que las razones apoyen la conclusión. La perspectiva dialéctica, en cambio, estudia la argumentación como procedimiento dialógico en el que los participantes deben respetar ciertas reglas para que la discusión se mantenga en el cauce de lo razonable. Ambas perspectivas se consideran habitualmente no solo complementarias y necesarias, sino también suficientes.
En esta sesión mostraré que en realidad esos enfoques no son suficientes. Si el objetivo es lograr que nuestros argumentos sean imparciales y sólidos, y que nuestras discusiones sean razonables y lleven a buen puerto, se hace necesario tener en cuenta un elemento frecuentemente olvidado: los argumentadores mismos. Es imprescindible tener en cuenta el carácter, las motivaciones y los hábitos de los argumentadores para comprender algunos aspectos de la argumentación.

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¿Por qué debería importar el carácter del argumentador? Cuando argumentamos, hacemos muchas cosas aparte de presentar unos argumentos concretos que son más o menos sólidos. Por ejemplo (Gascón, 2015):

• Usamos un determinado tipo de lenguaje.
• Somos respetuosos o irrespetuosos.
• Estamos dispuestos a cambiar de opinión o nos aferramos tozudamente a nuestras creencias.
• Hacemos que los demás participantes se sientan libres para expresarse o los intimidamos.
• Argumentamos demasiado o demasiado poco.
• Argumentamos en un momento oportuno o inoportuno.

Además de estas cuestiones, durante las últimas décadas la investigación en psicología nos ha proporcionado una gran cantidad de información sobre los sesgos cognitivos que afectan a nuestros razonamientos. Los sesgos son errores sistemáticos que tergiversan nuestro razonamiento de diversas formas. Por ejemplo: seleccionamos los datos que respaldan nuestro punto de vista y pasamos por alto aquellos que lo ponen en cuestión, evaluamos la solidez de los argumentos en función de si estamos de acuerdo con su conclusión, y tendemos a creer que nuestras diferencias de opinión son mayores de lo que realmente son (Pohl, 2004). Los sesgos no son propiedades de los argumentos; se explican a partir de las capacidades y las motivaciones del individuo. Por tanto, para poder estudiarlos y corregirlos, es necesario tener en cuenta al argumentador mismo.

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En ética y en epistemología, a las teorías que se centran en el carácter del individuo se las conoce como teorías de la virtud. Mientras que la lógica se ocupa de las propiedades lógicas de los argumentos, las teorías de la virtud se ocupan de los vicios y las virtudes de los argumentadores. Las virtudes son rasgos del carácter que hacen que las personas se comporten de manera más razonable, más respetuosa, más cooperativa y más crítica en las discusiones argumentativas. Los vicios, por el contrario, impiden el buen desarrollo de las discusiones. En los últimos años, han surgido voces de teóricos de la argumentación que sostienen que una perspectiva de la virtud en argumentación ayudaría a comprender aspectos que hasta ahora se han pasado por alto (Aberdein, 2010; Cohen, 2013; Gascón, 2016).

Algunas de las virtudes intelectuales que se han propuesto para la enseñanza del pensamiento crítico son (Paul, 1993):
• Humildad
• Valentía
• Empatía
• Integridad
• Perseverancia
• Fe en la razón
• Imparcialidad

Cultivar estas virtudes implica mucho más que simplemente adquirir un conjunto de habilidades lógicas. Un argumentador dogmático, por ejemplo, puede dominar a la perfección todo un repertorio de recursos lógicos que le permitirán imponer su punto de vista, pero difícilmente será posible mantener con él una discusión razonable y cooperativa. Un argumentador que posea unas habilidades lógicas excelentes pero carezca de virtudes argumentativas puede recurrir a argumentos sofisticados, pero lo hará para servir a sus propios intereses sesgados. Por eso, se ha diferenciado entre un sentido débil de pensamiento crítico, que solo incluye el conocimiento de la lógica, y un sentido fuerte de pensamiento crítico, que involucra también virtudes como la humildad, la integridad o la empatía. Un pensador crítico en sentido fuerte está dispuesto a someter sus creencias al escrutinio público, a escuchar razones contrarias y a cambiar de opinión cuando su postura es insostenible (Godden, 2017). Sin esa actitud por parte de los argumentadores, siempre faltará algo para que las discusiones críticas sean verdaderamente fructíferas y razonables.

Referencias

Aberdein, A. (2010). Virtue in argument. Argumentation, 24(2), 165–179.

Cohen, D. H. (2013). Virtue, in context. Informal Logic, 33(4), 471–485.

Gascón, J. Á. (2015). ¿Es posible (y deseable) una teoría de la virtud argumentativa? En Actas I Congreso internacional de la Red española de Filosofía (Vol. XI, pp. 41–51). REF.

Gascón, J. Á. (2016). Virtue and arguers. Topoi, 35(2), 441–450.

Godden, D. M. (2017). Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: Un ejercicio socrático. Revista Iberoamericana de Argumentación, 14, 75–105.

Paul, R. (1993). Critical thinking, moral integrity and citizenship: Teaching for the intellectual virtues. En Critical thinking. How to prepare students for a rapidly changing world (pp. 255–267). Santa Rosa, CA: Foundation for Critical Thinking.

Pohl, R. F. (Ed.). (2004). Cognitive illusions. Hove, East Sussex: Psychology Press.

Si desea citar esta entrada

Gascón, J. A.: Las virtudes argumentativas. En Niaia, consultado el 31/01/2018 en  http://www.niaia.es/las-virtudes-argumentativas/ ‎

 

¿Es legítimo utilizar la violencia para frenar la violencia?

El martes día 23 de mayo, de  16:00 a 17:30, celebramos la sesión del Seminario Permanente  de Investigación en la Sala de Grados de la Facultad de Formación del Profesorado (UAM Campus Cantoblanco)

En un mundo globalizado es cada vez más frecuente que se entienda esta globalización como marco conceptual que legitima las intervenciones, normalmente de los más poderosos, en cualquier lugar del mundo. Estas intervenciones suelen ser de carácter violento, justificando esta violencia como necesaria para minimizar una violencia mayor.

Dirige la sesión: Nacho García Pedraza. Responsable de formación en Novact, Instituto Internacional para la Acción no violenta.

 

El problema de las mentes colmena

Basándonos en las declaraciones del profesor de la Singularity University, José Cordeiro, se plantea como algo relativamente próximo en el tiempo la superación de determinadas barreras tecnológicas que una vez superadas las dificultades meramente técnicas suponen, en muchos sentidos, una diversa multiplicidad de problemas éticos que, de llegar a ocurrir, supondrían cambios en conceptos tan gruesos como “humanidad” o “vida”. Entre estas futuras barreras rotas por la tecnología nos encontraríamos la vida (virtualmente) eterna o la creación de grandes super-mentes, o mentes colmena humanas. Las cuestiones a este respecto, por tanto son ¿es realmente factible un futuro donde la mente humana pueda no solo sobrevivir al cuerpo, sino superar la propia noción de individuo? Y, más allá ¿estamos dispuestos a adentrarnos en ese campo con todos los riesgos que ello conlleva?

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Entrevista a Jose Luis Cordeiro

El llamado Big Data ha supuesto un avance en todo lo que tiene que ver con la gestión de datos online y con la forma en la que estos datos se interrelacionan entre sí. Las grandes compañías que operan en internet (Facebook, Amazon, Google…) manejan una red de datos suficientemente precisa e intrincada para ser capaces de predecir (o generar) las necesidades de sus usuarios en base a la recopilación y análisis de distintos datos de navegación de sus usuarios.
Así mismo, por una cuestión meramente práctica y de economización, se avanza progresivamente hacia una digitalización de los soportes físicos de los dichos datos, de forma que lo que hoy conocemos como servidores, imaginando una gran masa de ordenadores interconectados, deja (y previsiblemente dejará aún más en el futuro) paso a “la nube”: una suerte de servidor virtual donde los datos se vuelcan quedando a disposición desde cualquier ubicación y por cualquiera que tenga permitido el acceso al mismo.
La idea de una nube global que aglutine la gran diversidad de datos y los ponga en relación es, según las previsiones, algo inevitable. Para José Cordeiro, profesor de la Singularity University de Google y la NASA, parece igualmente inevitable que esta gran nube pueda llegar a evolucionar en una suerte de mente colmena artificial, una IA que sea capaz de administrar de manera efectiva todos los datos volcados en ella.
Realmente la idea no difiere en exceso de las apps que hoy conocemos como asistentes de búsqueda y se aproxima a las propuestas de ficción realizadas en films como “Her” o la Multivac de Asimov, lo único que separa efectivamente estos motores de búsqueda capaces de gestionar cantidades ingentes de datos es como de depurada es su inteligencia, en el caso actual, relativamente básica, y la densidad de datos con los que operen. No obstante, si aceptamos que el progreso en robótica, IA y gestión de datos se mantendrá a un ritmo regular, es previsible que ese objetivo llegue a ser logrado en un tiempo relativamente corto.
Cordeiro asume que algunos de las grandes barreras serán superadas pronto: 2029 se plantea como la fecha donde el Test de Turing podrá ser superado por una máquina y 2045 es la fecha en la que “la inmortalidad será opcional”. Tal y como Cordeiro plantea la inmortalidad, parece que podemos estar hablando de dos dimensiones de la misma: la más material, aquella que entiende que las mejoras cibernéticas serán lo suficientemente capaces para asegurar la pervivencia del “yo” físico, material, a través de una unión entre hombre-máquina. Entiende el profesor que el futuro evolutivo del hombre pasa por la unión de la raza humana con los robots y que, en ese sentido, los robots del futuro serán para nosotros lo que hoy día somos para nuestros antecesores homínidos; el futuro del ser humano es dejar atrás parte de su “humanidad”.
Por otro lado, uniendo las nociones sobre el Big Data y la potencial inmortalidad, aparece la idea de la mente colmena humana, o la creación de espacios virtuales de carga de la conciencia humana directamente separados de una presencia física. Aunque Cordeiro no va tan lejos cuando habla de las posibilidades de una futura interconexión de mentes humanas, el salto parece lógico y, hasta cierto punto, inevitable: si se consigue, como afirma, traducir los procesos mentales en datos e interconectarlos para que interactúen como una gran masa de datos virtual, es igualmente posible la creación de grandes identidades colectivas que operen conjuntamente superando su individualidad, o en términos de gestión de datos, superando sus servidores individuales para ponerse en común en una gran nube virtual.

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Supone, entonces, entender dos formas de potencial inmortalidad derivada del avance tecnológico: la primera, vinculada a ser capaces de mantener la operatividad de un cuerpo natural destinado, por otro lado, a la decadencia física, a través de implementaciones artificiales robóticas, llegando potencialmente a crear esas entidades más robóticas que humanas tan comunes en las distopías de ciencia ficción.
La segunda tiene que ver con el abandono de la identidad personal y la subsunción ante una identidad colectiva a la que podríamos referirnos como “humanidad” y que operaría como una gran colmena de insectos que responde ordenadamente a una voluntad común no fija a nivel individual.
Podemos, además, encontrar una opción relativamente intermedia: aquella que propondría guardar y mantener las mentes individuales en soporte nube para después cargarlas en una entidades física, esto permitiría esquivar uno de los aparentes riesgos del paso hacia el trans-humanismo en lo que refiere a la desaparición de la independencia de la mente, pero duplicaría uno de los problemas planteados anteriormente; el big data aparece como una respuesta casi organizativa a un problema de almacenamiento de datos, algo que previsiblemente sucedería de nuevo si tratásemos de guardar las ingentes cantidades de datos que supondría una copia de seguridad de cada una de las personalidades existentes, y que existirían en el futo.
En fin, en tanto en cuanto estas posibilidades, de hecho, parecen factibles en un plazo determinado de tiempo (ya sea más largo o más corto) la cuestión realmente trascendente cambia, pues, de la posibilidad a la deseabilidad. La cuestión sobre si resulta, o no, deseable sacrificar la materialidad humana e incluso su propia identidad individual a cambio de una inmortalidad soportada en términos de gestión de datos o mantenimiento robótico es la única relevante.
Desde un punto de vista objetivo y práctico, no cabe duda que la posibilidad de aumentar la vida indefinidamente de personas capaces de generar progreso es positivo, aún a costa de reemplazar sus partes biológicas por partes robóticas. Por otro lado, resulta aceptable pensar que los beneficios a nivel de capacidad y operatividad de una gran mente colmena suponen un atractivo innegable para aquellos que buscan el mejor desarrollo en cuestiones de potencialidad de la “humanidad”, pero también es obvio que la idea perder la naturaleza humana genera un gran rechazo o, cuanto menos, suspicacia entre buena parte de las personas a las que se les plantea este dilema.
Si esto está bien fundado en razones, o es una respuesta “romántica” a la propia vulnerabilidad humana dependerá, probablemente, del punto de vista del individuo y de cómo responda a la pregunta ¿Que nos hace, en último término, humanos?

Pablo Hernández Martín. Alumno de Postgrado. MESOB. UAM.

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Hernández Martín, P.: El problema de las mentes colmena. En Niaia, consultado el 21/02/2017 en http://www.niaia.es/la-mente-colmena

¿Hasta qué punto se pueden evitar los riesgos? Los límites del principio de precaución*

Blanca Rodríguez López. Universidad Complutense de Madrid

 

El Principio de Precaución (PP) es sin duda el más frecuentemente invocado cuando se trata de riesgos para el medioambiente y la salud humana y también el más influyente en la formulación de políticas y regulaciones en esos ámbitos.  Su origen convencional se sitúa en  Alemania,  en los años 70 del pasado siglo, en el contexto de la política medioambiental,  y actualmente se le invoca  en multitud de tratados, declaraciones y regulaciones. En Europa, aparece por primera vez en 1987  en la Conferencia para la Protección del Mar del Norte.

Es habitual justificar la invocación continua al PP aludiendo a la preocupación por el medio ambiente y la salud humana, bienes que el PP intenta proteger, en especial ante  el peligro que para estas suponen los avances tecnológicos del último siglo.  Tales avances han impulsado la generalización de la conciencia del impacto de nuestras acciones en el mundo que nos rodea y en los propios seres humanos. Y esta conciencia conduce a un mandato: tengamos cuidado.  Seamos precavidos. Evitemos los riesgos. El mandato  parece “de sentido común” porque utiliza un concepto, “precaución”, al que parece difícil no adherirse. En su uso cotidiano, el concepto de precaución tiene buena prensa. Más vale prevenir que lamentar. Se asimila a la prudencia, que es una virtud, y su contrario, la imprudencia, un defecto que puede acarrear graves consecuencias.

Al mismo tiempo, el PP resulta ser muy controvertido y plantea numerosas cuestiones. Una de ellas, por la que conviene empezar, es su propia falta de definición. Pese a aparecer en tantos textos y tratados, y pese a ser invocado de manera explícita en tantas ocasiones, el principio de precaución carece de una formulación única. Podría decirse que cada vez que aparece, la formulación que se le da es distinta. Ya en 1999, se identificaban más de diecinueve. Y esto no solo afecta a una variación sintáctica o terminológica  que pudiéramos calificar de superficial. Lejos de eso, las variaciones entre las distintas formulaciones son de calado. En esta conferencia, intentaremos clarificar este primer punto acudiendo al la clasificación más habitual, que distingue entre versiones “fuertes” y “débiles” del PP, para a continuación examinar los elementos comunes a todas las formulaciones.

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Aunque las versiones débiles no dejan de plantear algunos problemas de falta de definición, los defensores más activos y entusiastas del PP suelen adoptar la versión fuerte. En la segunda parte de la conferencia, analizaremos esta versión, así como los problemas que platea, tanto conceptuales como a nivel práctico. En concreto, la versión fuerte del PP es incapaz de guiar la acción, conduce a la inacción y/o propone medidas contradictorias. Nos centraremos en especial en la que parece ser su mayor fuente de atractivo y, al mismo tiempo, de problemas: la creencia de que es posible evitar por completo los riesgos. En este punto, analizaremos dos aspectos.

En primer lugar, veremos cómo tal creencia no deja de ser una ilusión, pues resulta imposible evitar todos los riesgos, y defenderemos que lo mejor que la prudencia puede hacer es elegir el menor de ellos. En segundo lugar, analizaremos cómo es posible que el PP en su versión fuerte se presente como una guía de acción factible y sea tenida como tal en muchas ocasiones y en multitud de contextos.  Para esto, acudiremos al trabajo de Cass Sunstein  que achaca esta apariencia ilusoria, que permite la fantasía de poder ponernos a salvo de todo riesgo, a la puesta en marcha, muchas veces intencionada, de determinados mecanismos cognitivos que estrechan nuestra visión de la realidad, haciéndonos enfocar solo una parte de la situación de riesgo.

* Resumen de la conferencia preparada para el Curso de Verano de la UAM: La resolución de problemas enfoque interdisciplinar.

Citar: Rodríguez López, Blanca (2016). ¿Hasta qué punto se pueden evitar los riesgos? Los límites del principio de precaución.Blog de Niaia. Consultado el 8/09/2016

¿Será posible crear seres superhumanos o transhumanos?

Un tema que está alcanzando cada vez más notoriedad es el de la posibilidad de lograr cambios importantes en los rasgos fundamentales que caracterizan a los seres humanos. El tema ya viene de hace un par de décadas y se conoce en general con variantes de una palabra: transhumano. Es decir, se habla de posibilidades de avancemos hacia unos seres humanos que estén dotados de cualidades excepcionales, elegidas a la carta, desaparición de algunas enfermedades importantes y control de otras que causan estragos y la posibilidad de alargar la vida humana de manera considerable, retrasando el envejecimiento.

En cierto sentido, no deja de responder a un intento que ha presidido la aventura humana desde sus orígenes. De mejora genética o eugenesia hablaba ya Platón, y se aplica a animales y plantes desde el neolítico; una novela de Huxley, más distópica que utópica, nos narra la manipulación genética en Un mundo feliz y la película Gattaca también nos ofrece una sociedad obsesionada con la perfección genética.

De prolongación de la vida también se habla desde tiempos inmemoriales, con la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, de la que ya habló Heródoto al hablar de la fuente de los Macrobios, en Etiopía. Algunos cronistas afirman que el espectacular viaje de Ponce de León que le llevó a descubrir Florida fue animado por la búsqueda de esa fuente de la eterna juventud de la que hablaban los habitantes de algunos pueblos de América. En tiempos modernos, James Hilton introdujo en su novela, Horizontes perdidos el tópico de Shangri-La, un paraíso en la Tierra en el que se daban esas condiciones especiales.

Mitos antiguos y aspiraciones también antiguas, que han orientado una parte no despreciable de los esfuerzos tecnológicos y científicos de los seres humanos desde siempre. Y desde siempre ha suscitado importantes debates éticos intentando elaborar criterios que orientaran la toma de decisiones en temas tan complejos.

Quizá lo más novedoso es que los nuevos avances científicos y tecnológicos han ampliado notablemente la capacidad de convertir en realidad esos “mitos” antiguos. El último, o quizá ya el penúltimo, es un nuevo procedimiento para facilitar y mejorar notablemente la manipulación genética. Poco dice el nombre técnico CRISPR,  pero es mucho lo que hace posible

Foto: La enzima CRISPR, en verde y rojo, se une a una hebra doble de ADN, en púrpura y rojo, para así cortar la parte deseada.

 

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