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El futuro del trabajo, el trabajo del futuro

Javier González Vela

Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

No es difícil en los tiempos que corren encontrar multitud de artículos y referencias que tienen el futuro del trabajo como tema de preocupación. La llamada 4ª revolución industrial, el avance de la automatización, la preocupación por el empleo que nos dejó la reciente crisis, todo ello hace que el futuro del trabajo esté de actualidad y genere cierta inquietud.

Éste es un tema que se puede abordar desde distintos puntos de vista, pero quiero empezar a partir de la visión del filósofo Anselm Jappe, que dejó reflejada en el siguiente artículo: algunas buenas razones para liberarse del trabajo.

Establece Jappe en su discurso que “el trabajo es más una invención social que una necesidad real de las personas, y que hace tiempo que se convirtió en la verdadera meta de la sociedad, más que en un medio para conseguir unos fines o unos bienes concretos. Con las necesidades de subsistencia cubiertas, con la calidad de vida que se ha conseguido alcanzar en las sociedades desarrolladas (al menos para gran parte de la población), el trabajo no se realiza para cubrir necesidades, sino que se convierte en un fin en sí mismo: trabajar por trabajar. Y no hay en realidad nada inmoral en esta situación, es una consecuencia de la lógica del capitalismo moderno, que basa su éxito en la necesidad  de crecimiento continuo, de producir cada vez más productos que contribuyan a la riqueza del país, aunque luego no se necesiten o se tengan que tirar, o incluso aunque haya que generar la necesidad a posteriori para poder agotar las existencias”.

¿Pero hasta qué punto es precisa esta visión?

Siguiendo el discurso de Jappe, el concepto de trabajo, tal y como lo conocemos hasta ahora, no ha existido hasta una época muy reciente. A lo largo de la historia las personas realizaban actividades para, o bien cubrir sus necesidades, o bien satisfacer las demandas de su señor para después cubrir las suyas propias. No es hasta más adelante, y especialmente tras el surgimiento del protestantismo, cuando surge una nueva ética del trabajo, que ensalza el esfuerzo como una de las virtudes más representativas del ser humano: el hombre hecho a sí mismo, el hombre individual que prospera y avanza gracias a su dedicación y a su esfuerzo. Es la cultura del esfuerzo, es la idea de que el trabajo ennoblece, y por ello uno no debe dejar de trabajar incluso llevando ya una existencia acomodada.

Esta tesis la defendió Max Weber a principios de siglo XX en su obra La ética protestante y el espíritu del Capitalismo, considerándolo incluso como una señal de predestinación para la salvación eterna, si bien posteriormente ha sufrido revisiones por parte de numerosos autores.

Posiblemente se trata de una de las ideas más potentes que conducen al capitalismo moderno. E indudablemente, triunfó.  Y el triunfo del capitalismo liberal situó de manera permanente el trabajo en el centro de nuestras vidas, y la empresa en el centro de la sociedad. No es solo que necesitas un trabajo para poder satisfacer todas tus necesidades, las básicas y las inducidas, es que el trabajo contribuye a generar tu propia identidad como ninguna otra actividad. Ya sea por el estatus, por el prestigio que consigues o por las relaciones sociales que te proporciona, sin un trabajo no eres nadie, de ahí el drama de toda la gente que lo pierde y tiene serias dificultades para encontrar otro. Somos nuestra profesión. Y trabajamos ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, si no más, a las que hay que sumar los tiempos de desplazamientos, que en las grandes ciudades no son en absoluto despreciables.

Se nos va la vida para producir… ¿qué exactamente? ¿Cuál es la riqueza que generamos, en un mundo en el que, frente a la economía real que produce bienes tangibles, valoramos más los productos abstractos de la ingeniería financiera? ¿Y cuál es el valor que aportamos, en un mundo en el que no es necesario más capital humano para producir más y mejores cosas?

Porque hoy en día, los avances tecnológicos nos permiten producir la misma riqueza con un menor esfuerzo: como sostiene el Financial Times, vamos a un mundo con menos trabajo productivo realizado por humanos. Y, sin embargo, no por ello pasamos menos tiempo trabajando.

Que la productividad puede aumentar mientras se disminuye la necesidad de mano de obra parece claro. Y si la automatización, que se extiende por todas las facetas de nuestra sociedad, lleva a unas mayores eficiencias en la producción., ¿no debería eso conllevar una disminución de los tiempos de trabajo?

Que todo el trabajo que actualmente se realiza tenga una utilidad directa es también discutible:  la medida del éxito no está en qué bienes produces, bienes tal vez imprescindibles para nuestra vida, sino en cuánto dinero acumulas, dinero que solo puedes conseguir en grandes cantidades si haces un uso hábil de las herramientas financieras especulativas.

En este escenario, la calidad del trabajo necesariamente se resiente: cada vez más gente siente que hace cosas sin sentido. Pero en realidad, ni siquiera nos cuestionamos el contenido de nuestro trabajo, mientras lo tengamos. ¿No debería ser un objetivo de todo ser humano dar sentido a su trabajo?

Diversos autores hacen ya referencia a esta pérdida de sentido del trabajo como uno de los problemas actuales: Rutger Bregman, historiador holandés y autor de diversos ensayos sobre historia, filosofía y economía, apoya la idea de que millones de trabajadores hacen trabajos que carecen de sentido. Y David Graeber, antropólogo y activista, publicaba en 2013 un ensayo que llevaba el provocador título de Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda, y que describía la existencia de lo que él llamaba “trabajos postureo”: puestos de trabajo en los que la gente siente que está perdiendo su tiempo porque son básicamente prescindibles, y nada ocurriría en el mundo si repentinamente desaparecieran. De nuevo, según Graeber, se ve aquí el efecto de la moral dominante del trabajo: “que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.”

Recapitulando, vemos entonces un concepto de trabajo con una profunda carga moral enfocada al esfuerzo, que marca nuestra identidad, pero en el que abundan cada vez más labores cuya necesidad, utilidad y sentido no son evidentes. Y vemos un tiempo de trabajo que no solo no disminuye, sino que en muchas ocasiones aumenta. Y vemos que las personas que no tienen trabajo tienen en cambio serias dificultades para mantener una vida en sociedad, mientras que las que si lo tienen trabajan cada vez más.

Por añadidura, el trabajo se está comiendo uno de nuestros bienes más preciados: nuestro propio tiempo. Tiempo que no podemos ya dedicar a actividades que podrían ser mucho más útiles para nuestro bienestar personal. Tiempo que no podremos dedicar a desarrollar nuestras capacidades, a explorar nuestras habilidades, o simplemente a dedicarlo a actividades cuyo propósito se nos haga evidente. Pero es que además, como dice Zygmut Bauman en su libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”, en aras de la eficiencia y la productividad hemos «ahogado el impulso natural a ayudar al otro». Somos seres sociales y sociables, y el culto al individualismo que el capitalismo liberal fomenta sin medida no parece concordar con esta inclinación natural del ser humano.

¿Sería posible entonces que nuestra sociedad evolucionara a un modelo en el que el trabajo no estuviese en el centro de nuestras vidas, en el que para sentirse un miembro de la sociedad con todos los derechos no fuese imprescindible tener un trabajo?  Después de una grave crisis de profundas repercusiones en el empleo, y con otra crisis en ciernes que nos vienen avisando con insistencia, ¿es realista pensar en una modificación sustancial en la concepción del trabajo?

Una de las consecuencias de la crisis pasada es que no es evidente que volvamos en el futuro a una situación de pleno empleo. Pero  la cuestión, a la vista de todas las consideraciones anteriores, es si tiene sentido seguir persiguiéndola como una situación deseable. Indica Jappe que «no hay que desear el retorno a una sociedad de pleno empleo, hay que exigir el acceso a los recursos«. Si la riqueza que producimos no disminuye significativamente (y los datos del crecimiento del PIB mundial no generan dudas: durante los años de la crisis el PIB mundial, de media, no dejó de crecer, salvo si acaso en el año 2009), si la tecnología permite ya que las personas puedan tener sus necesidades cubiertas, ¿qué nos impide distribuir la riqueza generada de manera que libere tiempo suficiente que podamos dedicar a actividades a las que podamos dotar de sentido?

El Foro Económico de Davos, en sus sesiones de 2016 dedicadas a la nueva economía, ya estimaba que la cuarta revolución industrial acabará con 5 millones de puestos de trabajo menos en los 15 países más industrializados.

Asimismo, los profesores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, publicaron en septiembre de 2013 un artículo titulado  “The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation?” que incluía unas predicciones bastante pesimistas en cuanto al número de empleos que se perderían: según ellos, el 47% de los puestos de trabajo en EEUU están en riesgo de desaparecer como consecuencia de la introducción de las nuevas técnicas digitales, y los puestos con mayor riesgo de desaparecer son los que requieren menos educación y reciben salarios más bajos.

La nueva economía ya está transformando radicalmente la manera de trabajar, lo queramos o no. Habría entonces que acometer la transformación en el concepto de trabajo que nos condujera hacia un cambio mucho más profundo, aprovechando todas las posibilidades.

Referencias

El sentido del trabajo o ¿trabajar sin sentido? Elempleo.com. 25/02/2010

Ander, Alexander (2018). Trabajos de mierda: pasarse la vida currando en algo totalmente innecesario. Yorokobu

Cabezas, Ana (s.f.). Productividad, PIB y salarios ¿cuándo podremos ganar más dinero? IMF Business School

Cano Soler, Marcel (2019). ¿Cómo llegaremos a fin de mes en la cuarta revolución industrial? The Conversation

Jappe, Anselme (2005) Quelques bonnes raisons de se liberer du travail. Krisis. Kritik der Waren Gesellschaft.  (Versíon en español de la Revista Nada, 08/2018: I, II y III)

Tristán, Rosa M. (2014). El mundo líquido de Zygmunt Bauman.  HuffPost

Villa, Begoña (2013) ¿Qué significado tiene el trabajo en la vida de las personas Blog Observatorio de Empleo.

Si desea citar esta página

González Vela, Javier (2019). El futuro del trabajo, el trabajo del futuro. En Niaia, consultado el 24/05/2019 en http://www.niaia.es/el-futuro-del-trabajo 

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