Blog

Grandeza y miseria de las elecciones

Félix García Moriyón y Javier González Vela

Profesor honorario UAM //  Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

 

No cabe la menor duda de que las elecciones generales son un momento importante en la vida política de las sociedades en las que está implantada con cierta solidez la democracia representativa. Si somos estrictos, eso no se da en más de 20 países, según el índice de The Economist, entre ellos, en el puesto 19 con un 8,08 (sobre 10), España.

Debemos recordar que la palabra demo-cracia indica literalmente que el poder lo tiene el pueblo, sin especificar bien que se entiende por pueblo y cómo se articula el ejercicio del poder. Tras las revoluciones de la Edad Moderna en Reino Unido, Estados Unidos y Francia, se inició el proceso de constitución de democracias liberales representativas. El poder lo ejercía todo el pueblo mediante un voto que permitía elegir a los gobernantes. Ahora bien, si tomamos por ejemplo el caso de Estados Unidos o Francia, en el primer país no incluyó a todas las personas hasta 1965 (se dejó de discriminar a la población afroamericana) y en Francia las mujeres votaron en 1944. Y no fue del todo fácil, como lo muestra la lucha de las sufragetes y sufragistas en Reino Unido.

El día de la votación, por tanto, se visualiza, al menos parcialmente, el poder del pueblo, pues es entonces cuando expresa su voluntad. Y se celebra también algo que no fue otorgado, sino conquistado tras largos esfuerzos.

El voto se constituye entonces como un elemento valioso que tienen los ciudadanos para expresar su libertad, una libertad que ha costado mucho esfuerzo conseguir.

Precisamente por ello es importante que se ejercite con responsabilidad, racionalmente, tras un proceso reflexivo, de manera que pueda llegar a ser  un elemento útil para producir políticas justas y eficientes.

No obstante, desde casi los inicios hubo un fuerte cuestionamiento de la democracia representativa. Algunas críticas son intrínsecas pues ponen en cuestión el principio mismo. Dese posiciones aristocráticas o elitistas, se afirma que no es bueno dar el poder al pueblo y que o vale lo mismo el voto de todas las personas. Durante más de un siglo se consideraba que todo los votos no eran iguales, algo que renace en estos momentos, con los defensores de una cierta epistocracia.

Es indudable que no todos los electores están igualmente informados, y que en multitud de ocasiones se toman decisiones basados más en emociones que en razones.  Ejemplos recientes, como el referéndum del Brexit o la elección de Donald Trump, parecen dar la razón a quienes defienden estas posturas, pero la cuestión es cuáles son los criterios para decidir que una política es mala o no y con qué razones se puede prohibir votar a nadie. Un caso interesante en estos momentos en España es el de permitir votar a personas con discapacidad cognitiva.

También se criticó la democracia representativa por ser un instrumento al servicio de las clases dominantes, o por apuntalar el Estado, institución genuinamente represora. Una variante actual de esas críticas muy extendida es la desconfianza radical sobre el papel de los políticos electos, pues se les considera personas que defienden sus propios intereses y los de las minorías que poseen el poder económico, apoyados en tecnócratas. Los regímenes actuales están más cerca de organizaciones mafiosas, con una mezcla de plutocracia, tecnocracia y partitocracia que de organizaciones centradas en la gestión de los asuntos públicos. Es más, cuando alguien llega al poder con lemas como “Yes we can”, rápidamente hay reuniones discretas en las que los poderosos de verdad ponen en su sitio a políticos bienintencionados.

Se produce, por tanto, un proceso de descrédito de la política, que implica también el descrédito del sistema de elecciones que la sustenta. Es decir, hay una cierta desconfianza en la democracia como modelo de organización y crecen partidos que proponen soluciones más simples, con un refuerzo de liderazgos más carismáticos que tienen a concentrar el poder en una minoría y a proponer algunos recortes en derechos importantes, reforzando las medidas de control y limitando derechos fundamentales como la igualdad, la solidaridad o la libertad de expresión.  Superarlo es un reto al que nos enfrentamos en la actualidad,  pero las circunstancias y características específicas de nuestra época lo hacen difícil.

Por un lado, asistimos a una polarización creciente de los debates políticos, en los que lo importante no es dialogar ni llegar a acuerdos de ningún tipo, sino derrotar al rival como sea. No hay debate, no hay intercambio de argumentos, hay invectivas y reproches con el único fin de quedar por encima. Y todo ello queda aumentado mediante el uso intenso de redes sociales, abiertas a todo el que quiera intervenir, pero que actúan en esencia como amplificadoras del ruido y también como manipuladoras de la información y de las personas. Y lo grave es que todo eso se lleva al lugar concebido precisamente para el dialogo y los acuerdos, produciéndose una pérdida clamorosa de calidad en el debate parlamentario, que la ciudadanía percibe claramente lo que refuerza la desafección hacia el sistema.

En esos debates se recurre con excesiva frecuencia a fomentar emociones que dificultan la reflexión y deliberación argumentadas, fundamentales para una genuina elección razonada de la opción política que consideremos más adecuada. Sobre todo se maneja el miedo de la gente a que se degraden seriamente sus condiciones de vida y el rechazo o incluso el odio a colectivos y grupos sociales convertidos en chivos expiatorios. Miedo y odio son emociones poco razonables y más bien nocivas para construir sociedades libres y solidarias, emociones que nublan el juicio en lugar de contribuir a tomar decisiones adecuadas.

 

Por otro lado, la patente incapacidad de los partidos políticos para promover a los perfiles más competentes genera desánimo en la población. Se pone así de manifiesto las dificultades que tienen los políticos de interpretar correctamente las inquietudes de la sociedad y también la dificultad de los problemas existenciales y globales que afectan a nuestras sociedades

Si a esto unimos los problemas de representatividad del sistema electoral (el distinto valor de un voto según la provincia en la que vivas y el partido al que votes, la sobrerrepresentación de unos partidos y la infrarrepresentación de otros, los votos que no obtienen representación, las listas cerradas que no permiten una elección directa, etc.), junto con la percepción de que es imposible cambiar nada, se entiende que surjan dudas y voces críticas que cuestionen la utilidad de las elecciones y del voto universal tal y como está concebido.

Sin embargo, el voto, las elecciones, la participación ciudadana, siguen siendo elementos imprescindibles para contribuir a hacer una sociedad más justa y más igualitaria, porque contribuyen a evitar las grandes concentraciones de poder, hoy por hoy una de las principales amenazas a las que se enfrenta la democracia en las sociedades modernas. Todas las dificultades enumeradas invitan a tomarse en serio las elecciones, para poder tomar una decisión emocional y racionalmente fundamentada. Eso exige informarse verídicamente de los problemas que hay, sopesar las propuestas de solución que ofrecen los partidos y apoyar aquellas que contribuyan construir sociedades con crecientes niveles de libertad, igualdad y solidaridad.

El reto es elevado y requiere la participación de la ciudadanía antes, durante y después de las elecciones, ya se decida no votar o votar a una opción concreta.

¿Tendremos que repensar todo el sistema para proteger nuestra democracia?  ¿Tendremos que dar un nuevo sentido a las elecciones? Mientras tanto, ¿votamos o no votamos? Si lo hacemos, ¿a quién votamos?

Si desea citar esta página

García Moriyón , F. y Gonzalez Vela, J. (2019).  Grandeza y miseria de las elecciones. En Niaia, consultado el 25/03/2019 en https://www.niaia.es/es-realmente-importante-votar-en-las-elecciones/

 

Este tema lo debatiremos en la sesión del Seminario que se celebra el martes 26/03/2019 en la sala de Juntas de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación. Será retransmitida en directo a través de https://uam.adobeconnect.com/profesorado  

Para ver la exposición, esta es la grabación: http://uam.adobeconnect.com/psi89x9gkk9u/

The following two tabs change content below.

Write a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La subrogación gestacional, ¿negocio o derecho?

Marta Nogueroles Jové Profesora de Filosofía. UAM  El tema de la maternidad subrogada vuelve a estar a la orden del día. …

La era de la desinformación

Víctor Ramírez Vélez Filósofo y técnico de redes   La desinformación campa a sus anchas. Internet y las redes …

Fecundación in vitro: ¿son coherentes los provida?

Javier García Herrería. Profesor de Filosofía En las últimas tres décadas hemos asistido a una batalla en torno al aborto …