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El arte de la retórica 2

Félix García Moriyón.

Profesor Honorario. Dpto. Didácticas Específicas. UAM

 

El nacimiento de la retórica está vinculado directamente a la vida política y judicial en el marco de las democracias griegas del periodo clásico, con dos figuras centrales: Isócrates, quien desarrolló un programa concreto de educación centrada en la retórica y fue también un importante orador; y Aristóteles, que sistematizó todo el conocimiento sobre retórica en un libro con ese título. En el ámbito del mundo clásico, ya se vio con claridad la delicada frontera entre una retórica encaminada a convencer, procurando ofrecer los mejores argumentos y buscando la verdad, y otra encaminada a ganar los juicios, sin prestar ya tanta atención a la verdad. Se buscaba sobre todo persuadir, recurriendo incluso a procedimientos argumentativos poco virtuosos. Las polémicas de Sócrates con los sofistas son buena prueba de ese problema.

Durante toda la Edad Media, se mantuvo la retórica, que formaba parte de la primera parte de la formación, el Trivium, junto con a la Gramática (dominio de las palabras) y la lógica (dominio de la argumentación); la retórica afrontaba el uso de la figuras encaminadas a lograr un discurso elocuente y convincente. El nacimiento de la Universidad está vinculado a esas artes liberales. Abelardo abrió el modelo del debate como modelo pedagógico, y la escolástica clásica lo llevo hasta el final: la Suma Teológica de Tomás de Aquino es un auténtico monumento al debate por escrito: todas las cuestones que que aborda tienen la misma estructura con una pregunta inicial seguida de argumentos, refutaciones y conclusiones.

A finales de la Edad Media decayó la retórica y su papel en la educación, pero en la segunda mitad del siglo XX hubo un fuerte renacimiento que ha revalorizado su importancia en la vida política y judicial, y también en la educación. Con la significativa contribución de la psicología y la ciencia política, y autores fundamentales como Perelman y Lakoff, se ha enriquecido el campo de la retórica: ahora son importantes la publicidad, la propaganda, las imágenes…  se hacen aportaciones desde la lingüística cognitiva, la psicología social. Y además se ha extendido a otras disciplinas científicas. Los departamentos de comercialización en las empresas, los asesores de campaña electoral o las empresas de publicidad sitúan la retórica en un lugar prioritario de su actividad, encaminada a convencer a sus potenciales clientes o electores.

Se mantienen de este modo los tres géneros clásicos de la retórica: judicial (vencer en un juicio), deliberativo (discusión y debate para tomar decisiones políticas) y epidíctico (alabar o denostar a un personaje o situación). Se conserva igualmente la necesidad de tener en cuenta las reglas que deben orientar la construcción de un discurso retórico de calidad. Y del mismo modo, se mantiene la preocupación por la dimensión ética de la potencia persuasiva de la retórica, siempre en el territorio fronterizo que separa el discurso manipulador, que busca la persuasión y se desentiende del valor de verdad de lo expuesto, del discurso empeñado en la búsqueda compartida de la verdad, cuyo objetivo es el convencimiento argumentado de las personas.

Aristóteles mencionaba ya tres tipos de argumentos que cimentaban la calidad y el rigor de la retórica, y siguen teniendo total validez.

El primergrupo estaba ligado el ethos, y tienen tanto valor afectivo como moral. El emisor debe adoptar unas actitudes cuando presenta su argumentación: debe ser sensato y fiable, ofreciendo razones relevantes y pertinentes, yconectando afectivamente con la audiencia y sus intereses. Ayuda a eso igualmente las habilidades puramente oratorias relacionadas con lo que los clásicos llamaban la elocutio: hablar bien, esto es, con claridad, con corrección gramatical y en un estilo comprensible y claro para la audiencia. El recurso a las figuras retóricas tiene una gran importancia para lograr un mayor impacto en la audiencia.

Las aportaciones de quienes han reflexionado sobre las exigencias éticas de la investigación científica, como Robert Merton y Peirce, o las reglas de la argumentación pragmática, como Grice, permiten tener en cuenta otras virtudes epistemológicas que deben estar presentes en la retórica como actividad fundamentalmente argumentativa. Destacamos, entre otras, estas: a) la parresía (exigencia de veracidad arrostrando el riesgo que asume quien dice la verdad);b) la humildad o principio de falibilidad doxástica (admitir de entrada la posibilidad de estar equivocados); c) evitar la auto-indulgencia epistémica (complacernos en exceso con las creencias compartidas); d) hablar sine ira ac studio (se manifiesta en mostrar paciencia y cuidado amoroso de los argumentos, buscando de ese modo el convencimiento tranquilo y profundo de la audiencia); e) no caer en la acepción de personas y los prejuicios (evitar sesgos y mostrar cordialidad y apertura mental); f) la caridad argumentativa (conceder al interlocutor y la audiencia la máxima credibilidad como punto de partida); y g) la racionalidad contextual (ofrecer una interpretación plausible en función del conocimiento contextual).

El segundo grupo está ligado al pathos: de orden puramente afectivo y vinculado sobre todo a provocarlos en quienes van a recibir el discurso. Según Aristóteles, estos argumentos se basan en suscitar ira (ὀργή), calma (πραότης), odio (μίσος), amistad (φιλία), miedo (φόβος), confianza (θάρσος), vergüenza (αἰσχύνη), indignación (τὸ νεμεσάν), agradecimiento (χάρις), compasión (ἐλείνος) y envidia (φθόνος) por las virtudes de otro (ζήλος). La misma palabra, pathos nos indica que muy posiblemente esta sea la parte más cuestionable del proceso retórico. Por un lado, hace referencia a pasiones, a sentimientos fuertes que más bien padecemos o sufrimos, pero sobre los que difícilmente tenemos control. Un buen discurso, una maestra pieza de retórica, puede enfurecer a la audiencia, lo que puede conducir a comportamientos muy negativos. Pero también puede persuadir o manipular con más facilidad al marginar la evaluación racional de lo que escuchamos o leemos. Discursos como el de Marco Antonio y Bruto  a la muerte de césar son un buen ejemplo de la potencia del pathos para hacer a la gente comportarse de una manera determinada. Como lo eran los discursos de Hitler.

La retórica ha vuelto con fuerza y es frecuente en estos momentos celebrar torneos de debate en muchos centros educativos de distinto nivel, especialmente en la educación secundaria y en la universidad. El objetivo es fomentar la capacidad hablar bien en público y de argumentar bien, siendo capaces de sostener las propias ideas y refutar las ideas opuestas. Además, el objetivo es igualmente preparar a las “élites” universitarias para su posible dedicación a la vida política, en sociedades democráticas en las que la deliberación forma parte de la vida política cotidiana. En todo caso, los torneos de debate, por su propia naturaleza, son susceptibles de fomentar los rasgos más negativos de la retórica, puesto que son competiciones y en estas lo importante termina siendo ganar más que participar.

Bien está sin duda mejorar la capacidad retórica de todas las personas, pero conviene insistir en que el valor de la misma está profundamente vinculado al dominio de los tres ámbitos mencionados: el ethos, el logos y el pathos. Si no se cuida bien especialmente el pathos, las beneficios de la retórica se desvanecen. Esta misma fue la observación realizada por una de las personas que asistieron a la sesión del seminario cuando ya se terminaba el tiempo. Buena observación.

PD. Este texto se ha redactado tras la sesión, por lo que ha podido incorporar reflexiones y aportaciones que se hicieron entonces. La sesión entera fue grabada y es accesible en este enlace

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García Moriyón, F. (2018). ¿Es la tecnología neutral? En Niaia, consultado el 30/05/2018 en http://www.niaia.es/el-arte-de-la-retorica-2/

 

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Las virtudes argumentativas

José Angel Gascón

Uno de los principales objetivos de la moderna teoría de la argumentación es mejorar nuestras capacidades y nuestros hábitos argumentativos en las discusiones cotidianas. Con este fin, se han privilegiado dos enfoques clásicos: la lógica y la dialéctica. La perspectiva lógica (la lógica informal) estudia los argumentos como productos de la actividad argumentativa y los evalúa en función de la fuerza con que las razones apoyen la conclusión. La perspectiva dialéctica, en cambio, estudia la argumentación como procedimiento dialógico en el que los participantes deben respetar ciertas reglas para que la discusión se mantenga en el cauce de lo razonable. Ambas perspectivas se consideran habitualmente no solo complementarias y necesarias, sino también suficientes.
En esta sesión mostraré que en realidad esos enfoques no son suficientes. Si el objetivo es lograr que nuestros argumentos sean imparciales y sólidos, y que nuestras discusiones sean razonables y lleven a buen puerto, se hace necesario tener en cuenta un elemento frecuentemente olvidado: los argumentadores mismos. Es imprescindible tener en cuenta el carácter, las motivaciones y los hábitos de los argumentadores para comprender algunos aspectos de la argumentación.

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¿Por qué debería importar el carácter del argumentador? Cuando argumentamos, hacemos muchas cosas aparte de presentar unos argumentos concretos que son más o menos sólidos. Por ejemplo (Gascón, 2015):

• Usamos un determinado tipo de lenguaje.
• Somos respetuosos o irrespetuosos.
• Estamos dispuestos a cambiar de opinión o nos aferramos tozudamente a nuestras creencias.
• Hacemos que los demás participantes se sientan libres para expresarse o los intimidamos.
• Argumentamos demasiado o demasiado poco.
• Argumentamos en un momento oportuno o inoportuno.

Además de estas cuestiones, durante las últimas décadas la investigación en psicología nos ha proporcionado una gran cantidad de información sobre los sesgos cognitivos que afectan a nuestros razonamientos. Los sesgos son errores sistemáticos que tergiversan nuestro razonamiento de diversas formas. Por ejemplo: seleccionamos los datos que respaldan nuestro punto de vista y pasamos por alto aquellos que lo ponen en cuestión, evaluamos la solidez de los argumentos en función de si estamos de acuerdo con su conclusión, y tendemos a creer que nuestras diferencias de opinión son mayores de lo que realmente son (Pohl, 2004). Los sesgos no son propiedades de los argumentos; se explican a partir de las capacidades y las motivaciones del individuo. Por tanto, para poder estudiarlos y corregirlos, es necesario tener en cuenta al argumentador mismo.

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En ética y en epistemología, a las teorías que se centran en el carácter del individuo se las conoce como teorías de la virtud. Mientras que la lógica se ocupa de las propiedades lógicas de los argumentos, las teorías de la virtud se ocupan de los vicios y las virtudes de los argumentadores. Las virtudes son rasgos del carácter que hacen que las personas se comporten de manera más razonable, más respetuosa, más cooperativa y más crítica en las discusiones argumentativas. Los vicios, por el contrario, impiden el buen desarrollo de las discusiones. En los últimos años, han surgido voces de teóricos de la argumentación que sostienen que una perspectiva de la virtud en argumentación ayudaría a comprender aspectos que hasta ahora se han pasado por alto (Aberdein, 2010; Cohen, 2013; Gascón, 2016).

Algunas de las virtudes intelectuales que se han propuesto para la enseñanza del pensamiento crítico son (Paul, 1993):
• Humildad
• Valentía
• Empatía
• Integridad
• Perseverancia
• Fe en la razón
• Imparcialidad

Cultivar estas virtudes implica mucho más que simplemente adquirir un conjunto de habilidades lógicas. Un argumentador dogmático, por ejemplo, puede dominar a la perfección todo un repertorio de recursos lógicos que le permitirán imponer su punto de vista, pero difícilmente será posible mantener con él una discusión razonable y cooperativa. Un argumentador que posea unas habilidades lógicas excelentes pero carezca de virtudes argumentativas puede recurrir a argumentos sofisticados, pero lo hará para servir a sus propios intereses sesgados. Por eso, se ha diferenciado entre un sentido débil de pensamiento crítico, que solo incluye el conocimiento de la lógica, y un sentido fuerte de pensamiento crítico, que involucra también virtudes como la humildad, la integridad o la empatía. Un pensador crítico en sentido fuerte está dispuesto a someter sus creencias al escrutinio público, a escuchar razones contrarias y a cambiar de opinión cuando su postura es insostenible (Godden, 2017). Sin esa actitud por parte de los argumentadores, siempre faltará algo para que las discusiones críticas sean verdaderamente fructíferas y razonables.

Referencias

Aberdein, A. (2010). Virtue in argument. Argumentation, 24(2), 165–179.

Cohen, D. H. (2013). Virtue, in context. Informal Logic, 33(4), 471–485.

Gascón, J. Á. (2015). ¿Es posible (y deseable) una teoría de la virtud argumentativa? En Actas I Congreso internacional de la Red española de Filosofía (Vol. XI, pp. 41–51). REF.

Gascón, J. Á. (2016). Virtue and arguers. Topoi, 35(2), 441–450.

Godden, D. M. (2017). Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: Un ejercicio socrático. Revista Iberoamericana de Argumentación, 14, 75–105.

Paul, R. (1993). Critical thinking, moral integrity and citizenship: Teaching for the intellectual virtues. En Critical thinking. How to prepare students for a rapidly changing world (pp. 255–267). Santa Rosa, CA: Foundation for Critical Thinking.

Pohl, R. F. (Ed.). (2004). Cognitive illusions. Hove, East Sussex: Psychology Press.

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Gascón, J. A.: Las virtudes argumentativas. En Niaia, consultado el 31/01/2018 en  http://www.niaia.es/las-virtudes-argumentativas/ ‎

 

Sesión del seminario permanente

Aplazada la sesión del seminario que tenía que haberse celebrado el pasado martes, día 16, la vamos a celebrar el próximo martes día 23, en el horario de siempre, de 16:30 a 18:00, en el salón de grados de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación, de la UAM, Campus de Cantoblanco.

Siguiendo en parte el marco teórico de Toulmin, realizaremos un taller de argumentación moral que permitirá profundizar en los recursos para argumentar bien, evitando sesgos y falacias que dificultan la solución de los problemas. La persona que coordina esta sesión es Ana Sanz Fuentes, asesora filosófica y miembro de grupo de investigación de Niaiá

 

Taller de argumentación moral

 

 

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