Etiqueta: Investigación científica

¿A quién pertenece la ciencia?

Jorge Alegre-Cebollada

Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), Madrid

@AlegreCebollada, jalegre@cnic.es

 

La ciencia es una de las actividades sublimes del ser humano, como lo son la creación artística y literaria. Un descubrimiento científico y su buena divulgación nos transportan a estados de éxtasis intelectual como pueden hacerlo las artes escénicas o la música.

En muchas ocasiones, además, los descubrimientos científicos propician avances tecnológicos que transforman las vidas de las personas, como en el caso de los antibióticos, las telecomunicaciones o los medios de transporte.

La capacidad de observar, deducir correlaciones, generar hipótesis y contrastarlas, define al género humano tanto como la conciencia de uno mismo, o el lenguaje. En este sentido, la ciencia nos pertenece a todos y cada uno de nosotros, es inherente a la condición humana. El debate de a quién pertenece la ciencia se refiere más bien a los resultados de la actividad científica. Así como la generación de nuevo conocimiento fruto de la investigación científica es extraordinariamente lenta y en apariencia ineficiente, una vez que ese nuevo conocimiento se ha difundido, su explotación es mucho más sencilla.

Son dos los motivos que hacen relevante esta discusión. Por un lado, la actividad científica profesional necesita de financiación, ya sea mediante inversiones o subvenciones, por parte de entes privados o públicos. En segundo lugar, como ya se ha aludido más arriba, la actividad científica genera conocimiento, que a su vez resulta en desarrollos tecnológicos y potenciales beneficios económicos. Una lógica lineal nos llevaría a concluir que aquellos que financian la actividad científica han de ser los dueños de sus resultados y los beneficios que resulten de ellos. Es precisamente sobre esta lógica sobre la que se han establecido los sistemas de patentes y propiedad industrial, que permiten proteger la inversión privada en investigación y desarrollo que tiene ánimo de lucro. Pero esta protección no es perpetua, tiene fecha de caducidad. De alguna manera, nos hemos puesto de acuerdo en que es bueno para el conjunto de la humanidad que el conocimiento y su aprovechamiento sean en última instancia de libre uso.

Precisamente, esa es la premisa de la que parten la mayoría de las agencias financiadoras de investigación civil sin ánimo de lucro. Si son los contribuyentes los que financian la investigación, está claro que los resultados de la misma deben pertenecer también al contribuyente. La inversión en ciencia se correlaciona con una mayor prosperidad de la sociedad que apuesta por la vía de la innovación; de hecho, son los países que más invierten en ciencia los que gozan de un mayor desarrollo y no son infrecuentes los ejemplos de países que hacen una apuesta decidida por invertir en investigación, y en un cierto tiempo consiguen mejorar sus índices socioeconómicos [1].  Así pues, parece que no hace falta hacer mucho más que lo que ya se ha venido haciendo tradicionalmente para que la sociedad, que financia la actividad científica, saque beneficio de esa inversión.

Sin embargo, en los últimos años ha surgido el movimiento Open Science, que propone ir varios pasos más allá [2]. Open Science promulga, entre otras cosas, el acceso gratuito y universal (Open Access) a las publicaciones derivadas de la investigación financiada con fondos públicos. La idea detrás de este movimiento es doble: por un lado, que el contribuyente que financia la investigación tenga acceso a sus resultados más palpables (las publicaciones científicas), y que este acceso beneficie también a países en vías de desarrollo, que generalmente no pueden permitirse las suscripciones a las revistas de publicación científica. Conviene apuntar también que un gran beneficiario del Open Access es el sector industrial, que consigue acceso a la literatura científica sin contribuir directamente al sistema. El movimiento Open Access, sobre todo en sus variantes más radicales (el reciente plan S [3]) choca con los intereses de grupos editoriales que se han especializado a lo largo del último siglo en publicar resultados científicos mediante un sistema ciertamente exótico para los no iniciados: los autores (científicos) pagan por publicar y los lectores (científicos también) pagan por leer. Pero ni autores ni lectores pagan de su bolsillo… ¡sino que son las mismas agencias financiadoras de la investigación las que cubren estos gastos! De una manera simple, diríamos que es un sistema de triple pago por el que fondos públicos llenan las arcas de grupos privados con ánimo de lucro. ¡Un chollo! Por ejemplo, el mayor grupo editorial en publicaciones científicas, Elsevier, tiene un margen de beneficio del 40%, inaudito para muchas otras actividades empresariales [4]. De hecho, muchas empresas editoriales de dudosa profesionalidad han surgido para aprovecharse de esta situación (las denominadas revistas predadoras), aunque la comunidad científica parece estar reaccionando a tiempo [4].

El debate en la comunidad científica acerca del Open Access es intenso, con opiniones que van desde el más rotundo apoyo hasta la cautela que surge de entender que la publicación científica bien hecha requiere de profesionales que han de ser compensados por ello, y que un movimiento Open Access sin restricciones puede llevar a una mayor ineficiencia del sistema de producción científica. Los críticos también argumentan que hacer accesibles a la población general resultados científicos cuyo entendimiento requiere conocimientos muy especializados no tiene mucho sentido, y que mejor estarían invertidos los recursos necesarios para conseguirlo en impulsar la divulgación profesional de la ciencia. Sin duda, la próxima década será crítica para configurar el sistema de financiación y publicación científica del futuro.

No hay que olvidar que este debate ocurre simultáneamente con un cambio de paradigma propiciado por las nuevas tecnologías. A día de hoy, no es necesaria una imprenta para difundir los resultados de investigaciones científicas, basta una conexión a internet y algo de espacio de almacenamiento. De hecho, instituciones de investigación líderes en el mundo han comenzado a impulsar repositorios públicos de manuscritos científicos que no han sido revisados por pares [5]. Lo que nos lleva a otro tema: en la época de las fake news, ¿quién nos protege de la fake science? Este asunto es de plena actualidad, pero nos aleja del foco principal de estas líneas [6].

¿A quién pertenece la ciencia?, me preguntaba para llamar la atención del lector. Más allá de detalles del formato de publicación científica, los tiempos de embargo por protección industrial, etc., si miramos hacia atrás, parece claro que los resultados de la investigación pertenecen a la humanidad, lo mismo que El Quijote, la quinta de Beethoven o las pinturas negras de Goya, y que así debería seguir siendo. Mediante la publicación de los resultados de investigaciones científicas, sea cual sea el formato, se renuncia a una importante ventaja competitiva y se cede el conocimiento al resto de la humanidad. Es un proceso altruista, que cimenta la actividad científica global, y que todos los actores implicados debemos continuar cuidando con mimo.

Referencias

  1. Sokolov-Mladenović, S., S. Cvetanović, and I. Mladenović (2016). R&D expenditure and economic growth: EU28 evidence for the period 2002–2012. Economic Research-Ekonomska Istraživanja, 2016. 29(1): p. 1005-1020.
  2. Global Open Access Portal.
  3. Bovolenta, P. (2019). Are we ready for Plan S? Biofisica. #13 2019
  4. Buranyi, Stephen (2017) Is the staggeringly profitable business of scientific publishing bad for science? The Guardian, 27/10/2017
  5. The Team of Editors (2018). Surfing the preprint wave. Biofisica. n. 12 2018
  6. — (2018) Science and post-truth. Biofisica n. 10 2018

Para citar este artículo

Alegre Cebollada, Jorge (2019). ¿A quién pertenece la ciencia? EnNiaia, 23/05/2019 accesible en https://www.niaia.es/a-quien-pertenece-la-ciencia/

 

 

Los dilemas morales en la investigación científica

(I) La moral de la investigación científica como actividad que genera productos pero no especifica su uso

Jorge Alegre-Cebollada (@AlegreCebollada)

Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III (CNIC). correo: jalegre@cnic.es

 

La investigación científica y tecnológica está repleta de fascinantes dilemas morales. Cuando Colón convenció a los Reyes Católicos para financiar sus expediciones, usó seguramente argumentos moralmente cuestionables. Cuando Rutherford propuso su revolucionario modelo del átomo, no podía intuir (¿o quizás sí?) que, gracias a sus desarrollos teóricos, se produciría armamento atómico. Cuando los científicos usamos líneas celulares humanas para investigar acerca de enfermedades como el cáncer, raramente nos preguntamos en qué condiciones se obtuvieron esas células.

Los anteriores ejemplos muestran cómo la investigación científica es susceptible de análisis moral debido al menos a tres de sus características: que provee verdades universales, que genera productos sin especificar sus usos, y que emplea herramientas tomadas de la naturaleza, muchas veces involucrando a seres humanos. En esta serie de artículos, presentaré algunos ejemplos de actividades científicas susceptibles de análisis moral. Comienzo por los dilemas morales que surgen de los productos que la actividad científica genera.

Hecho para la reflexión: muchas nuevas terapias para enfermedades como el cáncer son muy caras y sólo proporcionan, en el mejor de los casos, un incremento marginal en la supervivencia del paciente

Los científicos nos sentimos cómodos entre verdades universales, aunque sean de corto alcance. Quizás porque no existen verdades universales de tipo moral, no solemos dedicar mucho tiempo a pensar acerca de la moralidad de los productos que nuestras investigaciones posibilitan. El pensamiento reinante entre los investigadores es que nuestra función es descubrir, siendo la sociedad la responsable de regular los usos que surgen de esos descubrimientos. De este modo, la responsabilidad de un uso amoral de un descubrimiento recae sobre aquel que hace el mal uso, no sobre el descubridor. Así, ante la pregunta “si lo hubiera visto en vida, ¿debería Rutherford haberse sentido culpable por ser el padre de la física nuclear que permitió el desarrollo del armamento atómico?”, la inmensa mayoría de los científicos respondería que no, e incluso hablaría de los usos positivos que tiene la energía nuclear.

Sin embargo, hay otros ejemplos en los que el desarrollo de una investigación científica concreta conlleva un dilema moral inmediato. ¿Qué hacer en estos casos? Aquí presento varios ejemplos:

  1. El proyecto Manhattan que condujo al desarrollo definitivo del armamento nuclear. Los orígenes del proyecto Manhattan se encuentran en la advertencia de la comunidad científica aliada, encabezada por Albert Einstein, al presidente F.D. Roosevelt, de que la Alemania Nazi podría emplear los nuevos hallazgos en física nuclear para desarrollar armamento nuclear, que se predecía podría ser muchísimo más potente que los disponibles hasta ese momento. El proyecto Manhattan unió a científicos civiles, liderados por el físico J. Robert Oppenheimer, y militares, que en tiempo record desarrollaron toda la tecnología necesaria para producir armas nucleares. El dilema moral al que se enfrentaron estos científicos se resume en la frase del libro hindú Bhagavad-Guitá que le vino a la mente a Oppenheimer tras el primer ensayo nuclear exitoso: “Ahora me he convertido en La Muerte, Destructora de Mundos”.
  2. A lo largo de 2012 hubo una interesante polémica a raíz de una investigación acerca de la gripe aviar (1). Esta investigación pretendía comprender por qué, cada cierto tiempo, se produce una pandemia de gripe. Los investigadores consiguieron modificar una cepa de un virus que infectaba normalmente aves para que también pudiera infectar mamíferos. La lógica de estos investigadores era que si se sabe qué cambios en el virus le permiten saltar de una especie a otra, es posible estar prevenidos de posibles pandemias que se producen porque un virus en principio incapaz de infectar humanos adquiere mutaciones que lo posibilitan. El problema moral surgió porque, en definitiva, estos investigadores produjeron una estirpe de virus susceptible de ser usada como arma biológica, y lo hicieron desarrollando métodos que otros podrían aplicar para desarrollar virus todavía más peligrosos. Por este motivo, una de las preguntas que la comunidad científica se hacía era si se debía prohibir la publicación de los resultados.
  3. Uno de los ejemplos más evidentes de conflicto moral asociado con investigación científica es el avance espectacular en técnicas de manipulación genética, que están permitiendo que la eugenesia por medio de selección genética sea una realidad. En la actualidad, por lo general se considera moralmente aceptable emplear estas técnicas para la prevención de enfermedades incurables de origen genético. Sin embargo, no está tan claro dónde está el límite de lo moralmente aceptable. ¿Sería aceptable usar estas técnicas para tener una descendencia más inteligente? ¿O más guapa? Periódicamente, se dan a conocer nuevas aplicaciones de estos avances en genética reproductiva que siempre conllevan discusiones de tipo moral. Un ejemplo reciente es la generación de embriones con material genético de dos madres y un padre, para evitar las devastadoras enfermedades mitocondriales.

Aun aceptando que es la sociedad la que tiene que poner los límites acerca de los usos de productos generados por la investigación, considero importante que los científicos anticipen qué repercusiones pueden tener sus resultados. Después de hacer un análisis moral sincero, cada investigador ha de decidir si su área de investigación está de acuerdo con sus propios principios morales y actuar en consecuencia. Uno de los ejemplos más drásticos de posicionamiento moral por parte de un científico se puede encontrar en Fritz Haber, químico alemán de primera mitad del siglo XX cuyas investigaciones sobre la producción de amoníaco permitieron que la agricultura moderna pueda alimentar a miles de millones de personas. También fue Haber quien desarrolló y usó por primera vez armas químicas durante la I Guerra Mundial. Según Haber, en tiempos de paz un científico pertenece al mundo, pero en tiempos de guerra, pertenece a su país. Ante las acusaciones que se le hicieron de que las armas químicas era inhumanas, Haber señalaba que la muerte es siempre muerte, sin que importe cómo se infrinja.

(1) Fouchier, R. A., Garcia-Sastre, A. & Kawaoka, Y. H5N1 virus: Transmission studies resume for avian flu. Nature 493, 609, doi:10.1038/nature11858 (2013).

 

Alegre_II   (II) La moral de la investigación científica como actividad que proporciona verdades universales

Alegre_III  (III) La moral de la investigación científica como actividad que usa herramientas tomadas de la naturaleza

Alegre-Cebollada Jorge (2018) Los dilemas morales en la investigación científica Artículo completo

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Alegre-Cebollada Jorge  (2018). Los dilemas morales en la investigación científica En Niaia, consultado el 27/09/2018 en http://www.niaia.es/los-dilemas-morales-en-la-investigacion-cientifica/

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