Mes: marzo 2019

El tamaño importa y mucho

Luis González Reyes

Miembro de Ecologistas en Acción

 

Virus ha editado en castellano —con unas notas a pie de la traductora que son muy valiosas para encuadrar el libro— El colapso de las naciones de Leopold Kohr. Es una obra cuya primera publicación fue en 1957, pero que continúa siendo interesante. Plantea que la causa de todos los males humanos es solo una: el tamaño de las unidades políticas.

Empiezo con las carencias que considero que tiene el análisis. La primera es que creo que intentar explicar con un único factor alto tan complejo como las sociedades humanas, aunque sea solo en uno de sus rasgos como es la dominación, es imposible.

En el libro, Leopold Kohr rechaza que el sistema económico forme parte de las causas de la miseria social. En concreto, el capitalismo. Modestamente, creo que no entiende qué es y cómo funciona nuestro sistema socioeconómico. Una muestra es que califica a la URSS como no capitalista, pero sobre todo que no entiende la necesidad de acumulación, la proletarización como herramienta de control social, el imperativo del crecimiento o las implicaciones de la mercantilización social y del incremento de la dimensión del mercado (lo que le permite, por ejemplo, defender la unión aduanera que se produciría años después de su libro en la UE).

También argumenta que el orden político no contribuye a los males sociales. Nuevamente, considero que no entiende lo que es el Estado. No comprende su creación y funcionamiento como sistema de dominación. Por ello, en un momento de la obra argumenta cómo sería posible su disolución voluntaria o muestra a Suiza como un ejemplo a seguir.

Así mismo descarta la cultura como elemento que desempeñe algún papel en la dominación humana. Para hacerlo, usa muchos ejemplos de distintas culturas, pero todas ellas se basan en la dominación. El texto adolece de una mirada temporal y antropológica más amplia en este sentido.

Usa la física para explicar el orden social llevando las analogías demasiado lejos, pues las sociedades humanas no solo se rigen por las leyes de la termodinámica, por más que no puedan escapar de ellas. Pero, a la vez, carece de una visión biofísica de las sociedades y los límites ambientales no están ni presentes entre los factores a considerar para explicar las relaciones de dominación.

Finalmente, el libro no nombra otros sistemas de dominación fundamentales que operan en el plano micro (pero no solo). Entre ellos destaca el patriarcado. En él, las relaciones de poder se articulan desde lo pequeño, no solo desde lo macro, lo que es un desafío a la tesis del autor de primer orden, que el libro no contempla.

Pero dicho todo esto, el libro merece la pena. La tesis central que sostiene, por más que en solitario no pueda explicar las relaciones sociales asimétricas actuales, es imprescindible considerarla en el marco analítico. El gigantismo no lo explica todo, pero sin este factor tampoco podemos entender lo que sucede. Por ello, este es un libro que hay que leer.

La idea básica de Leopold Kohr es la «Teoría del tamaño, que sugiere que tras toda miseria social hay una sola causa: la magnitud”. Por una parte, argumenta que los problemas crecen en proporción geométrica, pero la habilidad de las personas para lidiar con ellos lo hace en aritmética (en el mejor de los casos). De este modo, anticipa la Ley de rendimientos decrecientes que después usaría Joseph Tainter en El colapso de las sociedades complejas (2003).

Pero la cuestión va mucho más allá de problemas que se van haciendo cada vez más inmanejables, pues la clave es que: “Nadie podría perpetrar atrocidades sin el poder para hacerlo. Pero esa no es la cuestión. El quid es que la proposición también funciona a la inversa. Cualquiera que disponga de poder, al final, acabará cometiendo las atrocidades correspondientes”.

Un elemento central para que esto último suceda es la “ley de sensibilidad decreciente, según la cual cada sucesiva comisión de un crimen carga sobre su perpetrador un menor sentimiento de culpa, disminuyendo a la vez el grado de sorpresa de la población en general. Esto llega tan lejos que, cuando el mal comportamiento alcanza el estadio de la comisión en masa, este entumecimiento y complejidad general pueden instalarse de tal manera que los asesinos pierden todo sentido de su criminalidad, y los observadores toda noción de crimen”.

Las relaciones de dominación se desatan cuando se alcanza una “cantidad crítica”, que es “todo aquel volumen de poder que confiere inmunidad frente a la represalia”. Por ello, en muchas partes de la obra el autor señala la importancia de tener contrapoderes, lo que es mucho más fácil cuando más pequeñas sean las entidades, sobre todo porque esto permite que todas tengan contrapoderes y no solo las más débiles.

No solo es necesario alcanzar la cantidad crítica, sino que la entidad sea consciente de ello: “la creencia de que el volumen crítico de fuerza ha sido efectivamente alcanzado”.

Esta cantidad crítica depende de dos factores fundamentalmente. Por una parte, la densidad (“correlación entre la población y el área geográfica”) y por otra la velocidad (“extensión de su integración administrativa y su progreso tecnológico”). Pero también influye la distancia física entre las entidades (la dominadora y la dominada), pues “el poder efectivo disminuye a medida que aumenta la distancia”.

La tesis que defiende el libro conlleva una visión antropológica negativa del ser humano, pues en cuanto tiene la posibilidad (piensa que es inmune) se lanza a controlar a sus congéneres. Para poder tener visiones más poliédricas de la naturaleza humana es necesario introducir una mirada compleja de la dominación, lo que requiere rescatar el papel de los sistemas económicos, políticos y culturales, algo que el autor descarta.

En coherencia con su tesis, Leopold Kohr defiende que la solución a la desigualdad y el sometimiento es la división, la desunión. Propone partir los Estados grandes en pequeños. Aunque no se sale del marco estatal, a veces, cuando habla de Estados muy pequeños, parece referirse casi a organizaciones no estatales, es decir, sin escisión de un estrato social para el mando. Desde ahí se puede entender su afirmación de que los Estados pequeños son “por naturaleza internamente democráticos”. En contraposición sostiene que cualquier Estado grande es imposible que sea democrático.

En esa situación no dejarían de existir guerras, pero serían mucho menos sangrientas. Su opción no es entre la paz y la guerra, sino entre las guerras grandes, y las pequeñas y territorializadas, pues, como he señalado, su visión del ser humano es de un animal dominador por naturaleza.

El libro, además de esta indudable aportación para identificar el gigantismo como uno de los elementos claves del orden social desigual, lanza algunas ideas que fueron muy visionarias para su época. Por ejemplo, critica el consumismo y la velocidad como indicadores de calidad de vida: “lo que estadísticamente tenía aspecto de progreso equivalió realmente a la disminución del nivel de vida”, “¿desde cuándo la creación de nuevas necesidades es un signo de progreso?”, “exceso de crecimiento”. Esto, junto a su tesis principal, indudablemente influyeron en su discípulo Ernst Friedrich Schumacher para escribir Lo pequeño es hermoso (1973).

También adelanta los problemas que ahora son palpables de una UE compuesta por potencias desiguales (por entonces solo existía la CECA, la Comunidad Europea del Carbón y de Acero).

Por último, lanza la predicción de que el final al que se encaminan los Estados es a una fusión imperial. Así plantea que EEUU y la URSS se convertirían en las únicas superpotencias de las cuales solo terminaría quedando una. Pero que esa fusión imperial sería el antecede del colapso de las naciones.

Referencias

Se puede completar esta entrada con la entrevista de Enric Llopis: “El colapso ambiental tiene una parte de trauma, pero también de alternativas y esperanza” En Rebelión. 28/06/2018. Accesible el 28/03/2019 en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=243455

Si desea citar esta página

González Reyes, L. (2019).  El tamaño importa y mucho. En Niaia, consultado el 30/03/2019 en https://www.niaia.es/el-tamano-importa-y-mucho/

Grandeza y miseria de las elecciones

Félix García Moriyón y Javier González Vela

Profesor honorario UAM //  Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

 

No cabe la menor duda de que las elecciones generales son un momento importante en la vida política de las sociedades en las que está implantada con cierta solidez la democracia representativa. Si somos estrictos, eso no se da en más de 20 países, según el índice de The Economist, entre ellos, en el puesto 19 con un 8,08 (sobre 10), España.

Debemos recordar que la palabra demo-cracia indica literalmente que el poder lo tiene el pueblo, sin especificar bien que se entiende por pueblo y cómo se articula el ejercicio del poder. Tras las revoluciones de la Edad Moderna en Reino Unido, Estados Unidos y Francia, se inició el proceso de constitución de democracias liberales representativas. El poder lo ejercía todo el pueblo mediante un voto que permitía elegir a los gobernantes. Ahora bien, si tomamos por ejemplo el caso de Estados Unidos o Francia, en el primer país no incluyó a todas las personas hasta 1965 (se dejó de discriminar a la población afroamericana) y en Francia las mujeres votaron en 1944. Y no fue del todo fácil, como lo muestra la lucha de las sufragetes y sufragistas en Reino Unido.

El día de la votación, por tanto, se visualiza, al menos parcialmente, el poder del pueblo, pues es entonces cuando expresa su voluntad. Y se celebra también algo que no fue otorgado, sino conquistado tras largos esfuerzos.

El voto se constituye entonces como un elemento valioso que tienen los ciudadanos para expresar su libertad, una libertad que ha costado mucho esfuerzo conseguir.

Precisamente por ello es importante que se ejercite con responsabilidad, racionalmente, tras un proceso reflexivo, de manera que pueda llegar a ser  un elemento útil para producir políticas justas y eficientes.

No obstante, desde casi los inicios hubo un fuerte cuestionamiento de la democracia representativa. Algunas críticas son intrínsecas pues ponen en cuestión el principio mismo. Dese posiciones aristocráticas o elitistas, se afirma que no es bueno dar el poder al pueblo y que o vale lo mismo el voto de todas las personas. Durante más de un siglo se consideraba que todo los votos no eran iguales, algo que renace en estos momentos, con los defensores de una cierta epistocracia.

Es indudable que no todos los electores están igualmente informados, y que en multitud de ocasiones se toman decisiones basados más en emociones que en razones.  Ejemplos recientes, como el referéndum del Brexit o la elección de Donald Trump, parecen dar la razón a quienes defienden estas posturas, pero la cuestión es cuáles son los criterios para decidir que una política es mala o no y con qué razones se puede prohibir votar a nadie. Un caso interesante en estos momentos en España es el de permitir votar a personas con discapacidad cognitiva.

También se criticó la democracia representativa por ser un instrumento al servicio de las clases dominantes, o por apuntalar el Estado, institución genuinamente represora. Una variante actual de esas críticas muy extendida es la desconfianza radical sobre el papel de los políticos electos, pues se les considera personas que defienden sus propios intereses y los de las minorías que poseen el poder económico, apoyados en tecnócratas. Los regímenes actuales están más cerca de organizaciones mafiosas, con una mezcla de plutocracia, tecnocracia y partitocracia que de organizaciones centradas en la gestión de los asuntos públicos. Es más, cuando alguien llega al poder con lemas como “Yes we can”, rápidamente hay reuniones discretas en las que los poderosos de verdad ponen en su sitio a políticos bienintencionados.

Se produce, por tanto, un proceso de descrédito de la política, que implica también el descrédito del sistema de elecciones que la sustenta. Es decir, hay una cierta desconfianza en la democracia como modelo de organización y crecen partidos que proponen soluciones más simples, con un refuerzo de liderazgos más carismáticos que tienen a concentrar el poder en una minoría y a proponer algunos recortes en derechos importantes, reforzando las medidas de control y limitando derechos fundamentales como la igualdad, la solidaridad o la libertad de expresión.  Superarlo es un reto al que nos enfrentamos en la actualidad,  pero las circunstancias y características específicas de nuestra época lo hacen difícil.

Por un lado, asistimos a una polarización creciente de los debates políticos, en los que lo importante no es dialogar ni llegar a acuerdos de ningún tipo, sino derrotar al rival como sea. No hay debate, no hay intercambio de argumentos, hay invectivas y reproches con el único fin de quedar por encima. Y todo ello queda aumentado mediante el uso intenso de redes sociales, abiertas a todo el que quiera intervenir, pero que actúan en esencia como amplificadoras del ruido y también como manipuladoras de la información y de las personas. Y lo grave es que todo eso se lleva al lugar concebido precisamente para el dialogo y los acuerdos, produciéndose una pérdida clamorosa de calidad en el debate parlamentario, que la ciudadanía percibe claramente lo que refuerza la desafección hacia el sistema.

En esos debates se recurre con excesiva frecuencia a fomentar emociones que dificultan la reflexión y deliberación argumentadas, fundamentales para una genuina elección razonada de la opción política que consideremos más adecuada. Sobre todo se maneja el miedo de la gente a que se degraden seriamente sus condiciones de vida y el rechazo o incluso el odio a colectivos y grupos sociales convertidos en chivos expiatorios. Miedo y odio son emociones poco razonables y más bien nocivas para construir sociedades libres y solidarias, emociones que nublan el juicio en lugar de contribuir a tomar decisiones adecuadas.

 

Por otro lado, la patente incapacidad de los partidos políticos para promover a los perfiles más competentes genera desánimo en la población. Se pone así de manifiesto las dificultades que tienen los políticos de interpretar correctamente las inquietudes de la sociedad y también la dificultad de los problemas existenciales y globales que afectan a nuestras sociedades

Si a esto unimos los problemas de representatividad del sistema electoral (el distinto valor de un voto según la provincia en la que vivas y el partido al que votes, la sobrerrepresentación de unos partidos y la infrarrepresentación de otros, los votos que no obtienen representación, las listas cerradas que no permiten una elección directa, etc.), junto con la percepción de que es imposible cambiar nada, se entiende que surjan dudas y voces críticas que cuestionen la utilidad de las elecciones y del voto universal tal y como está concebido.

Sin embargo, el voto, las elecciones, la participación ciudadana, siguen siendo elementos imprescindibles para contribuir a hacer una sociedad más justa y más igualitaria, porque contribuyen a evitar las grandes concentraciones de poder, hoy por hoy una de las principales amenazas a las que se enfrenta la democracia en las sociedades modernas. Todas las dificultades enumeradas invitan a tomarse en serio las elecciones, para poder tomar una decisión emocional y racionalmente fundamentada. Eso exige informarse verídicamente de los problemas que hay, sopesar las propuestas de solución que ofrecen los partidos y apoyar aquellas que contribuyan construir sociedades con crecientes niveles de libertad, igualdad y solidaridad.

El reto es elevado y requiere la participación de la ciudadanía antes, durante y después de las elecciones, ya se decida no votar o votar a una opción concreta.

¿Tendremos que repensar todo el sistema para proteger nuestra democracia?  ¿Tendremos que dar un nuevo sentido a las elecciones? Mientras tanto, ¿votamos o no votamos? Si lo hacemos, ¿a quién votamos?

Si desea citar esta página

García Moriyón , F. y Gonzalez Vela, J. (2019).  Grandeza y miseria de las elecciones. En Niaia, consultado el 25/03/2019 en https://www.niaia.es/es-realmente-importante-votar-en-las-elecciones/

 

Este tema lo debatiremos en la sesión del Seminario que se celebra el martes 26/03/2019 en la sala de Juntas de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación. Será retransmitida en directo a través de https://uam.adobeconnect.com/profesorado  

Para ver la exposición, esta es la grabación: http://uam.adobeconnect.com/psi89x9gkk9u/

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