Mes: abril 2019

¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?

José Miguel Fernández Dols

Catedrático. Psicología socal y metodología. UAM

 

Una formula clásica para comenzar este tipo de debates es una revisión terminológica. ¿Qué entendemos por expertos y qué entendemos por decisiones políticas?

Una definición de trabajo para “experto” sería que un experto es un profesional que tiene un conocimiento especializado en un ámbito concreto. En algún lugar, Herbert Simon, uno de los artífices de la Ciencia Cognitiva y premio Nobel de Economía, estableció que la formación de un experto requiere al menos diez años para la adquisición del nivel idóneo de competencia. Simon dice también, en otro lugar, que los expertos no son las personas más adecuadas para tomar decisiones políticas por dos razones de peso. La primera es que un experto, por definición, está especializado en un determinado aspecto de la realidad pero no tiene necesariamente una visión global de un problema político, que rara o ninguna vez se aborda desde una única perspectiva. La segunda es que un experto ha invertido tanto personalmente en una determinada versión de la realidad que es muy difícil que, en la discusión sobre un problema real esté dispuesto a reconocer que su área de especialización, o la escuela dentro de su área de especialización no es la perspectiva idónea para abordar el problema.

Otra posible definición, menos centrada en el conocimiento y más centrado en los aspectos sociales de la definición es que un experto es un profesional con un determinado nivel de acreditación académica en el campo de especialización especificado en su título. La titulación académica, o al menos ciertas titulaciones, confieren el privilegio de participar en un monopolio de poder concedido y certificado por el Estado. Cuando ese monopolio, sea o no verdad, promete hacer a las personas ricas, sanas, sabias, etc., el titulado se convierte en un presunto experto o al menos en un candidato a ser considerado como tal. Las profesiones viejas (el médico que promete salud, el sacerdote que promete la vida eterna, el maestro que promete sabiduría, etc.) y también alguna nueva (el economista que promete riqueza) han tenido siempre poder. Es interesante notar que lo importante de estos expertos no es su capacidad real para curar, enseñar o llevarnos a un lugar estupendo en el más allá sino la mera promesa de lograrlo; por eso los faraones, los emperadores o los reyes medievales tenían un médico, un sacerdote, o un tutor en su corte, aunque nadie se pondría hoy en sus manos.

 

Hablando de cortesanos, una tercera definición de “experto” cuando se trata de decisiones políticas proviene de otro premio Nobel, Paul Krugman, que tuvo una breve experiencia en la vida política de la Casa Blanca. La cuenta así: “tras un breve tiempo, sin embargo, comencé a darme cuenta de cómo se deciden realmente las políticas del gobierno. El hecho es que la mayor parte de los cargos más altos no tienen idea de qué están hablando: las deliberaciones de alto nivel son sorprendentemente primitivas (…) Además muchos individuos poderosos prefieren ser asesorados por aquellos que les hacen sentirse bien más que por aquellos que les hacen pensar demasiado. En realidad los que logran influenciar el diseño de las políticas de estado son habitualmente los mejores cortesanos, no los mejores analistas”.

Un cuarto tipo de experto serían los funcionarios. Son los guardianes de “la jaula de hierro” weberiana y, en una burocracia ideal, son personas con un alto grado de especialización avalada no solo por un título universitario sino por haber ganado un concurso de méritos en el que han demostrado de forma objetiva su pericia. Los funcionarios no suelen llevarse bien con los políticos salvo que se hagan, por vocación o sentido de la oportunidad, políticos ellos mismos (los golpes de estado militares son la versión más brutal del descubrimiento de la vocación política de un funcionario, aunque afortunadamente no la única). Algunos analistas consideran que el genio de Napoleón no fue militar sino administrativo: diseñó las prefecturas francesas obligando a los prefectos, políticos de profesión, a convivir con los subprefectos, altos funcionarios para que al político no le quedara más remedio que contar con la competencia profesional del funcionario y el funcionario estuviera subordinado al sentido de la oportunidad política del político.

Finalmente, en la actualidad se ha puesto de moda un quinto tipo de experto, que plantea interesantes retos y bastantes trampas. Se trata de entender a la multitud como un experto. La idea es antigua y está inspirada en Galton: el promedio de las opiniones de una gran multitud es la mejor predicción o el mejor peritaje para una decisión. La visión de Galton se ha puesto de moda en ciertos ámbitos que promueven la utilización sistemática de la “sabiduría de la multitud” con plebiscitos constantes. Se trata de un experto con cierto aroma hegeliano, una versión estadística, en lugar de metafísica, del Espíritu Absoluto.

Estas cinco definiciones de “experto” nos van a ayudar a centrar el debate pero antes podemos echar un vistazo a qué significa tomar una decisión política. Tradicionalmente las decisiones políticas por excelencia son las que toman el gobierno de una nación aunque en los últimos tiempos se ha puesto de moda enfatizar que el rumbo de las sociedades complejas es el resultado de la interacción de distintos agentes económicos y sociales, además de los estrictamente políticos, poniendo de moda la palabra “gobernanza”.

El término “gobernanza” es una forma elegante de describir la enorme dificultad actual para entender con claridad quién es quién en las sociedades más desarrolladas y, quién es responsable, en último término de lo que ocurre a nuestro alrededor. Existen multitud de ejemplos de esa experiencia, tan actual, de navegar en aguas desconocidas en medio de una densa niebla: ya nadie pretende saber a dónde va la unión monetaria europea, o el proceso de desconexión del Reino Unido, o la presidencia del país más poderoso de la Tierra o nuestros vehículos diésel. Incluso en aquellos países en los que se han encumbrado gobiernos populistas o autocráticos, las decisiones políticas ya no dependen exclusivamente del gobierno por varias razones, entre las cuales destaca siniestramente que muchos de esos gobiernos responden a intereses de élites que tienen su propia agenda.

Así que, para contestar a la pregunta de quién toma las decisiones políticas tendremos que considerar varios escenarios distintos, según qué entendamos por “experto” y “decisión política”. Finalmente nos tendremos que inclinar por una respuesta  en la que trataré de opinar sobre cuál debería ser el papel del experto en las decisiones políticas.

Si desea citar esta página

Fernández Dols, José Miguel   (2019) ¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?. En Niaia, consultado el 23/04/2019 en https://www.niaia.es/quien-toma-las-decisiones-politicas-los-expertos-o-los-politicos/

Unionistas versus separatistas en Cataluña: ¿Una cuestión de identidad?

Roberto Colom

Profesor de Diferencias individuales en el Departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la UAM,

En un informativo estudio—cuyos resultados publicaron, el pasado mes de Febrero, tres profesores de la Universidad de Barcelona, de la Universidad Pompeu Fabra y de la Universidad Autónoma de Barcelona—se encuestó a 1.000 residentes en Cataluña.

Se pretendía averiguar cuáles eran las creencias, el estado de ánimo y el perfil emocional de quienes, llegado el caso, votarían en contra (unionistas) o a favor (separatistas) de la independencia de la región. El informe deja claro que se trata de dos comunidades enfrentadas que comparten el mismo espacio físico y social.

Los responsables de la investigación partieron del hecho constatado de que el apoyo a la secesión se ha venido situando, sistemáticamente, algo por debajo del 50% de los residentes en Cataluña, así como de que los grupos políticos abiertamente independentistas han logrado acumular un 37% del censo electoral. Esos hechos sirven de telón de fondo para valorar las respuestas de los encuestados.

Una vez obtenidas las respuestas, la meta de los cálculos estadísticos fue averiguar cuáles de las 25 variables que se consideraron distinguían, con mayor nivel de precisión, la pertenencia a uno de los dos grupos (Unionistas versus Separatistas).

Veamos primero en qué se parecen unionistas y separatistas.

No hay mayoría de varones o mujeres en alguno de los grupos. Tampoco predomina alguno de esos grupos en las distintas provincias de la región. El tipo de seguro, el tipo de hogar o los sentimientos de rabia no son diferentes.

¿En qué se distinguen?

Los separatistas están más ‘ilusionados’ con el hecho de que el conflicto avanza en la dirección correcta o adecuada. Los unionistas están más ‘fatigados’, ‘confundidos’ y manifiestan un mayor ‘temor’ ante las tensiones sociales.

Una de las preguntas probablemente más interesantes fue:

“¿Cuál es la proporción de residentes en Cataluña que, según usted, es favorable a la independencia?”

Según los separatistas, casi 6 de cada 10 ciudadanos estarían a favor. Según los unionistas, 4 de cada 10 serían favorables a esa independencia. Por tanto, los separatistas desconocen –o les trae sin cuidado—la realidad, mientras que los unionistas poseen una percepción adecuada de esa realidad.

En cuanto a la fuerza del movimiento secesionista, más del 80% de los separatistas la sobrestiman, mientras que solamente el 36% de los unionistas caen en ese error de sobreestimación. Una vez más, los separatistas le dan la espalda a la realidad social. Quizá piensen que esa realidad se construye. Además, los más jóvenes del bando separatista son más proclives a caer en ese error de estimación.

 

Movámonos seguidamente hacia el espinoso tema de la identidad.

Los unionistas se sienten tan catalanes como españoles, mientras que los separatistas se sienten exclusivamente catalanes. Los separatistas mantienen que no hay nada que les una a España, por lo que a su identidad se refiere. El lugar de nacimiento (Cataluña) y la lengua materna (catalán) se asocian con intensidad a quienes apoyan sin reservas la secesión. Además, el nivel de estudios y el nivel socioeconómico son más elevados en separatistas que en unionistas.

Al discutir la evidencia registrada en su investigación, los autores recurren a hechos objetivos que podrían inquietar a quienes residen en la región. Por ejemplo, alrededor de 4.500 empresas han abandonado Cataluña para ubicarse en otras zonas de España desde la declaración simbólica de independencia en septiembre de 2017 por parte de la Generalitat. Además, los ciudadanos han transferido masivamente sus fondos a bancos de otros lugares de la península. La tendencia es por ahora imparable.

Tampoco se reprimen los autores al señalar cómo se han usado las redes sociales para avivar los sentimientos separatistas, incluyendo algoritmos (bots) que han incrementado la toxicidad social. La propaganda institucional y la presión sociológica han sido algo que ha rayado el escándalo. Y, desgraciadamente, apenas se han articulado contramedidas desde el Estado para apoyar a los unionistas y combatir, legítimamente, las manipulaciones de los líderes separatistas y de los medios de difusión afines. Al contrario, esos grupos han seguido monopolizando los espacios públicos y arrinconando a los unionistas usando visibles mecanismos de intimidación.

 

Escriben:

Los secesionistas están plenamente convencidos de que merecen separarse de España sin pagar nada a cambio, a pesar de que cuentan con una magra mayoría parlamentaria y de que carecen de una verdadera mayoría social. Es una creencia que podría derivarse de alguna clase de narcisismo colectivo [o de alguna clase de ‘pasión’, como se expuso en otro foro]

(…) exigen privilegios, no igualdad

(…) si el secesionismo catalán insiste en las mismas imposiciones unilaterales que han caracterizado la impaciente e ilegal oleada reciente, logrará agrandar la preocupante fractura entre unionistas y separatistas”.

En resumen, las variables fundamentales en las que se distinguen ambos bandos son la lengua materna, la ancestralidad (el número de apellidos locales) y el nivel educativo (asociado al poder adquisitivo y al estatus).

La situación es más delicada de lo que puede parecer desde la distancia. No sería la primera vez que acabe mal la confluencia de identidad etnocultural (sensación profunda de pertenencia a un grupo, y, por tanto, minimización de las diferencias dentro del grupo identitario y maximización de las diferencias con los demás grupos) y tensión política. El conflicto puede escalar con relativa facilidad a consecuencia de ese explosivo coctel, salvo que se adopten y apliquen las medidas oportunas para atenuar el ascenso.

Es natural que esa coyuntura se vea con preocupación desde la Unión Europea. Hay más regiones del viejo mundo (Córcega, Padania, Tirol del Sur, Cerdeña, Flandes y Baviera son ejemplos) que miran, atentamente, hacia lo que está ocurriendo en la península Ibérica.

 

Aunque los sondeos llevan a la conclusión objetiva de que 3 millones de catalanes (de un censo de 5,5 millones dentro de una población de 7 millones) no apoyan la secesión, la persistencia de los 2,5 millones que sí la persiguen ha logrado arrinconar a la mayoría unionista.

El hecho de que esa mayoría se sienta desamparada y que quienes deberían velar por sus derechos manifiesten una patente inhibición, resulta preocupante.

Es recurrente el mensaje de que es necesario más y mejor diálogo para encontrar una solución, pero lo que sucede en el día a día revela que los separatistas no desean sentarse a la mesa salvo que el plato que se le vaya a ofrecer sea de su agrado, adecuado a su exclusivo paladar. Solamente aceptarán que se les presente, en bandeja de plata, un menú de rendición incondicional. O eso parece.

Entonces, ¿qué se puede hacer para detener y revertir la tendencia centrífuga y excluyente?

 

Concuerdo con los autores del informe que se está comentado aquí en que los factores psicológicos apenas se han considerado. Se suele recurrir a conceptos de naturaleza sociológica, legal, judicial o ejecutiva, pasando de puntillas por el hecho incuestionable de que los grupos son agregados de individuos. Individuos que se pasan la vida definiendo su identidad para depurar su reputación. En ese proyecto vital, los humanos deben gestionar e integrar al menos tres componentes: (1) sus relaciones personales, de tú a tú, (2) su identificación con determinados grupos y (3) su posición dentro de cada uno de esos grupos.

No es este el lugar para detenerme a analizar con detalle esos tres componentes. Quien esté interesado queda invitado a leer mi intervención de 2016 en el parlamento europeo: la identidad europea desde la psicología individual.

Pienso que se puede y se debe trabajar para desmontar los elementos excluyentes de la identidad de los individuos, sean catalanes, bávaros, escoceses o vascos.

No será fácil. Lean los extractos de una carta, que un buen amigo catalán me envió, para comprender de dónde alimenta mi percepción sobre esa dificultad:

Pensé en ti después de vivir una experiencia que se relaciona con el concepto de nación (o país) que los de la meseta no entendéis. Estuve en Puigcerdà, Llivia, Bourg Madamme i Font-Romeu, localidades catalanas de la Catalunya norte y sur. Estuve hablando con varias personas en catalán, a un lado de la frontera que separa los ‘Estados’ francés y español. Esos municipios lucen en las fachadas de sus ayuntamientos la senyera catalana. A pesar de las guerras y tratados que nos dividieron a lo largo de la historia, continuamos perteneciendo a la misma nación o país: ‘Catalunya. Los territorios catalanes de Roselló, Conflent, Vallespir y parte de Cerdanya fueron anexionados a Francia por un mal acuerdo. Después de casi 400 años se siguen considerando culturalmente catalanes, aunque el centralismo francés ha hecho lo posible por borrar su cultura y asimilarla a la francesa. Aquí en España también han intentado borrar nuestra cultura y nuestro idioma durante siglos.

 Catalunya es una nación, incluso aunque haya quien no desee reconocerlo. También Escocia o Quebec son naciones. Yo soy catalán y tu eres un amigo, pero no un compatriota. Aunque es mejor un amigo que un compatriota.

 Otra cosa es el tema político de si Catalunya debe ser o no un Estado.

 Con la emigración en Catalunya, los catalanes casi ya somos minoría, pues hay millones de personas que viven en Catalunya que no son catalanes. No han nacido aquí y culturalmente están más cerca de sus padres que de nosotros. Nadie diría que Messi, que lleva en Barcelona desde los 10 años, es catalán.

 El tema de la independencia de Catalunya no puede abordarse de forma solamente “emocional”, dado que todos tenemos los mismos derechos como ciudadanos. Hay que explorar otras formas y abandonar la polarización actual. Eso es labor de los políticos, pero unos y otros han hecho un pésimo trabajo”.

Escribía Amin Maalouf en su breve ensayo, ‘Identidades asesinas

Europa tendrá que concebir su identidad como la suma de todas sus pertenencias lingüísticas, religiosas y de otro tipo. Si no reivindica cada elemento de su historia, si no les dice con claridad a sus ciudadanos que deben poder sentirse plenamente europeos sin dejar de ser alemanes, franceses, italianos o griegos, simplemente no podrá existir. Forjar la nueva Europa es forjar una nueva concepción de la identidad

 

 (…) desde el momento en que nos integramos en un país o en un conjunto de países, como puede ser la Europa unida, es inevitable sentir unos lazos de parentesco con cada uno de los elementos que lo componen; conservamos, sin duda, una relación muy particular con nuestra propia cultura, y una cierta responsabilidad hacia ella, pero se tejen igualmente vinculaciones con los demás componentes

 (…) conozco jóvenes europeos que se comportan ya como si el continente entero fuera su patria, y sus habitantes sus compatriotas

 (…) todos deberíamos poder incluir, en lo que pensamos que es nuestra identidad, un componente nuevo, llamado a cobrar cada vez más importancia en el próximo siglo, en el próximo milenio: el sentimiento de pertenecer también a la aventura humana”.

Maalouf consignaba estas palabras hace algo más de 20 años, en 1998. Quizá habría que preguntarse qué se está haciendo inadecuadamente para que tengamos la sensación de que nos alejamos de esa conciliadora e integradora meta, para que haya gente –como ese amigo que me escribía—empeñada en levantar muros de identidad excluyente.

Esa meta se ha perseguido aquí en Europa –eso sí, desgraciadamente a pequeña escala—a través de, por ejemplo, programas educativos dirigidos a promover el cosmopolitismo. Sus objetivos han sido, entre otros, (a) ayudar a abrirse a los diferentes manteniendo los lazos con los iguales, (b) comprender y respetar los derechos humanos, (c) ayudar a entender qué es una sociedad multicultural, (d) darle valor a la diversidad cultural y lingüística, o (e) combatir la discriminación basada en identidades de grupo.

 

Si se lograse que los individuos cambiasen su perspectiva y adoptasen una visión incluyente, los grupos con los que se identifican ya no podrían seguir anclados en sus tendencias centrífugas. En lugar de dibujar círculos cada vez más reducidos y herméticos, buscarían el modo de trazar círculos de mayor tamaño para incluir, en última instancia, a todos quienes residimos en este planeta situado a 150 millones de kilómetros de la estrella que nos permite vivir, a los humanos que insisten en construir unos muros invisibles cuando se observa, desde el espacio exterior, ese punto azul pálido al que se refería poéticamente el astrónomo Carl Sagan.

Si desea citar esta página

Colom, Roberto  (2019).  La democracia destruye tu imaginación. En Niaia, consultado el 10/04/2019 en https://www.niaia.es/unionistas-versus-separatistas-en-cataluna-una-cuestion-de-identidad/

 

La democracia destruye tu imaginación

Santiago Gutiérrez Sánchez

 

Votar perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor

Tenemos a lo largo de la Historia toda una ristra de viejos sabios que han sabido ver la verdadera cara de la democracia. El más viejo y más sabio de ellos, Platón, comentó con mucha perspicacia que «La democracia es el mejor de los gobiernos sin ley y el peor de los gobiernos en los que se respeta plenamente la ley». (El político, 303) Efectivamente, es muy común dejarse caer en el engaño de que, a través de la democracia, se impone una suerte de orden sobrevenido a partir de una pluralidad de intereses sabiamente contrapuestos. Pues bien, todos sabemos que la realidad es muy diferente y que el comportamiento habitual de esa entidad misteriosa que solemos llamar “pueblo” dista mucho de ser juicioso. A la gente le gusta pensar poco, reñir a voz de grito, llevar razón y, sobre todo, tener a alguien contra quien despotricar. Los periódicos y demás grandes empresas con intereses publicitarios no hacen más que poner la guinda al furor y la ignorancia que reinan cada vez más (aunque de manera natural) entre las crecientes masas humanas.

No quisiera ser malinterpretado como un apologista de nuestras fangosas élites culturales e intelectuales. Es más, precisamente quisiera expresarme en sentido contrario. Estas élites siempre han cultivado la nimiedad, promovido el letargo y raras veces ha sobresalido de entre sus saturadas cabezas una aureola de genialidad. Pienso que lo único democrático en el ser humano es la propensión a la ruindad: esta propensión se encuentra igualmente repartida en todos los ámbitos posibles de nuestro mundo, y está expresada con asombrosa cordura en el mito del pecado original. Evidentemente, el ser humano es también capaz de grandes triunfos, gentilezas y heroicidades, pero señalar esto es muy poco edificante y sospechosamente reconfortante. Por el contrario, yo prefiero subrayar la valiosísima intuición de que lo malo abunda y lo bueno escasea. Y, siendo la democracia el gobierno de lo que abunda, entonces comprendemos su naturaleza: el gobierno de lo malo.

 

La democracia es un reflejo de nuestras bajezas primigenias: se erige precisamente como la promesa orgullosa de la erradicación de esas bajezas, pero en su desarrollo no hace más que reproducirlas y aumentarlas. La democracia es llamar voz al ruido. Es, como dice Platón, un caos con aires de grandeza y una armonía decrépita e insostenible. También G. K. Chesterton, transformando irónicamente el antiguo dicho, lo enunció con impecable agudeza: pax populi, Vox dei. Es decir, el silencio del pueblo es la voz de dios. O lo que es igual: si el pueblo no se calla, no se puede escuchar nada verdadero.

Porque la democracia supone que el ser humano es capaz de abrir la boca por su propia voluntad. Pero las personas sólo somos libres de callar. Siempre que interrumpimos el silencio, es a causa de una u otra esclavitud. Es nuestra boca, que habla por nosotros.

Cuando una cosa abre la boca se convierte en una persona, es decir: en una cosa preocupante. Si ya sólo romper el silencio del alma con el torrente de los pensamientos conduce a la larga a la insensibilidad y el engreimiento, con el hablar nos convertimos de inmediato en pajarracos presuntuosos, con la diferencia de que el buitre, por ejemplo, suele ser honesto con respecto a sus propósitos y nuestro lenguaje no es sino una herramienta para ocultar propósitos.

La democracia es la boca de la humanidad y, como todas las bocas, es tan sólo una excusa para la auto-complacencia y la irresponsabilidad: a través de ella fluyen libremente las manías y las crueldades humanas. La democracia invita a las personas a creerse lo suficientemente buenas como para abrir la boca, y quien se cree bueno obrará crueldades: se sentirá autorizado a la atrocidad y la violencia si son precisas para que la bondad triunfe.

Pero lejos de mí el afán maldito de regresar sobre nuestros pasos, de volvernos a épocas menos ambiciosas, en las que quizás asumíamos nuestra insignificancia y nuestro desatino generales y lográbamos callar en virtud de quién sabe qué fuerza bruta o sagrada. Todo eso se ha terminado ya. La democracia es un hecho. Ahora hay que abrir la boca, cada vez con mayor frecuencia y en más direcciones. Se estima que el ciudadano medio de cualquier democracia del mundo no puede guardar silencio por más de una semana sin morir de hambre, de frío o de pena.

Igual que en todas las fuerzas malignas, su única virtud es su equivocación: la democracia confía en que las personas no pueden votar su propia destrucción, pero se equivoca. En la tesitura de poder elegir, el electorado “elige” siempre la autodestrucción, precisamente porque en realidad no puede elegir, sino solo envanecerse y volverse cruel creyendo que elige algo, y es con ello que se destruye, y con él la propia democracia.

¡Quién sabe qué otras aberraciones traerá la política en las épocas venideras…!

Si desea citar esta página

Gutiérrez Sánchez, Santiago  (2019).  La democracia destruye tu imaginación. En Niaia, consultado el 01/04/2019 en https://www.niaia.es/la-democracia-destruye-tu-imaginacion/

 

¿Qué es lo justo? ¿Qué es lo injusto?

Una tarea central de la acción política es reflexionar para poder tomar decisiones que, una vez puestas en práctica, contribuyan …

¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?

José Miguel Fernández Dols Catedrático. Psicología socal y metodología. UAM   Una formula clásica para comenzar …

Unionistas versus separatistas en Cataluña: ¿Una cuestión de identidad?

Roberto Colom Profesor de Diferencias individuales en el Departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la UAM, …