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La subrogación gestacional, ¿negocio o derecho?

Marta Nogueroles Jové

Profesora de Filosofía. UAM 

El tema de la maternidad subrogada vuelve a estar a la orden del día. Aprovechando la celebración de la semana del Orgullo Gay, el partido Ciudadanos ha registrado una proposición de ley en el Congreso de los Diputados para regular esta práctica pues, en España, todavía existe un vacío legal en este ámbito. Se trata de la segunda iniciativa que se presenta en esta materia, que añade una novedad con respecto a la propuesta anterior y es el hecho de que la mujer gestante pueda tener relación de cosanguineidad con los futuros padres. El modelo que quiere implantar Ciudadanos es el denominado sistema altruista, que existe en países como Canadá o Reino Unido, en el que la mujer, de forma libre, toma la decisión de prestar su cuerpo para el embarazo. Con esta propuesta de Ley se pretende ayudar a las personas que, por diversos motivos, no pueden cumplir su sueño de ser padres, ya sea por problemas médicos, o bien porque se trate de una pareja de homosexuales.

Hasta el momento, los españoles que quieren tener un hijo utilizando la subrogación tienen que contratar los servicios de una agencia intermediaria y viajar a aquellos países donde sí está permitida esta práctica. El problema es que, después de realizar la compra del bebé, no pueden inscribirlo en el Registro Civil, puesto que la Ley 14/2006, de 26 de mayo, sobre técnicas de reproducción humana asistida, aunque no sanciona la práctica, establece la nulidad de los contratos de vientres de alquiler. De ahí que, para los defensores de esta técnica de reproducción, la mejor solución es la regulación de la misma mediante una ley, con la que pretenden solucionar una demanda social cada vez más creciente.

Sin embargo, pensamos que el problema no termina aquí, puesto que antes de proponer una ley es necesario analizar las consecuencias morales que de ella se derivan, cosa que no parece que hayan hecho ni Ciudadanos ni todos aquellos que defienden la regulación de los vientres de alquiler.

Con el único objetivo de defender su demanda particular, los regulacionistas arguyen que ser padre o madre es un derecho, −anclado en el ámbito de los derechos reproductivos− y tachan de retrógrados a quienes consideran que esta forma de reproducción debería ser prohibida, puesto que constituye una violación de los derechos y la dignidad tanto de las mujeres como de los menores. Sin embargo, es cierto que la Declaración de 1948 habla del derecho a fundar una familia, y eso puede incluir el derecho a tener hijos. Ahora bien, ¿hasta qué punto estos derechos reproductivos son lícitos, desde el punto de vista moral, cuando se ejercen utilizando los servicios de una «madre de alquiler»?

Por otra parte, en los países donde es legal la opción “altruista” de la maternidad subrogada, casi no se encuentran mujeres que se presten a gestar altruistamente. No olvidemos que un embarazo representa un desgaste físico y emocional considerable, con muchos riesgos para la salud, por lo que resulta poco creíble que una mujer quiera someterse a este proceso sin ninguna compensación económica. Además, la maternidad subrogada altruista, si se llega a legalizar, no sólo incrementará la comercial, sino que no ofrecerá garantías de que existan sobornos durante el proceso y podría abrir la puerta a la conversión de las mujeres en fábricas y de los bebés en mercancías. Y desde el punto de vista de la dignidad y los derechos de las mujeres, la regulación altruista  viene a perpetuar y a afianzar la idea patriarcal de que la mujer debe sacrificarse por los otros.

Conviene recordar que, como ocurre en el caso de la prostitución, las mujeres que alquilan su vientre se caracterizan por vivir en una situación de pobreza y se ven forzadas a esta práctica como un medio para sobrevivir, poniendo en grave riesgo su salud. El proceso —en el caso de la subrogación gestacional, la que está creciendo ahora— es el siguiente. A la madre de alquiler se la somete a un bombardeo de hormonas para que sus ovarios produzcan una gran cantidad de óvulos. Seguidamente se le extraen, por vía vaginal, uno o dos óvulos, que serán inseminados in vitro para ser introducidos posteriormente en el útero de la paciente. Esta operación se realizará tantas veces como sea necesario hasta que tenga éxito. Algunas de las consecuencias de esta práctica para la salud de la madre de alquiler son las siguientes: síndrome de hiperestimulación ovárica, quistes ováricos, cánceres reproductivos, pre-eclampsia (si se queda embarazada con óvulos de otra mujer). Además, estas mujeres son confinadas durante un año en pisos («granjas de gestantes») con normas muy estrictas y con la prohibición de salir libremente, arrebatándoles su autonomía y tratándolas como si fuera ganado.

Una vez finalizado el embarazo están obligadas a entregar el bebé a la empresa intermediaria y esta, a su vez, lo entregará a los legítimos propietarios, es decir, a los que han pagado una buena suma de dinero por él. La madre de alquiler, previamente, habrá firmado un contrato en el que se garantiza que los futuros progenitores serán los auténticos progenitores legales del bebé, y en el que se contempla que la madre gestante no podrá renunciar a entregar al bebé después de nacer. En estos contratos, además, se regula desde la dieta que la gestante debe seguir hasta su vida sexual, incluso se especifica que debe evitar el vínculo madre-hijo durante el embarazo. En definitiva, la mujer pasa a ser una especie de esclava durante nueve meses, que tiene la obligación de fabricar un producto de calidad porque, en caso de que el bebé nazca con algún defecto, las personas que contrataron las subrogación podrán renunciar a él.

En este tipo de transacción lo que sienten o piensan las madres no importa. Por otro lado, los bebés sabrán algún día que son el producto de un intercambio económico y que se les compró por catálogo, como si fueran un mueble.

Como vemos, son muchos más los argumentos en contra que a favor de la regulación de la maternidad subrogada. Anteponer el deseo de tener un hijo con el que compartes un vínculo genético−teniendo en cuenta de que existe la opción de la adopción− sin meditar en las consecuencias morales que este capricho tiene, con respecto a los derechos de la mujer, es una grave falta de responsabilidad.

Referencias

Hay bastante bibliografía sobre vientres de alquiler. Pueden ser suficientes, para empezar a indagar en el tema, estas tres.

Eta página da información útil http://nosomosvasijas.eu/?p=1282

González, Nuria. (2019) Vientres de alquiler, Madrid. LoQueNoExiste

Jouve de la Barreda, Nicolás (Ed.) (2017) La maternidad subrogada, Madrid, Sekotia

Para citar este artículo

Nogueroles Jové, Marta (2019). La subrogación gestacional, ¿negocio o derecho? En Niaia, 23/06/2019 accesible en https://www.niaia.es/la-subrogacion-gestacional-negocio-o-derecho/

La era de la desinformación

Víctor Ramírez Vélez

Filósofo y técnico de redes

 

La desinformación campa a sus anchas. Internet y las redes sociales, se han establecido como un lugar y medio propicio para su transformación y expansión. Todavía con cierta sorpresa, comprobamos su efectividad a día de hoy. Muchos elementos, desde la posibilidad de obtener una enorme cantidad de datos y procesarlos, lo que llamamos Big Data, a la velocidad a la que viaja la información, pasando por la posibilidad de que cualquier voz sea escuchada y creída tras el velo de un anonimato al menos parcial, o aprovecharse de vulnerabilidades típicamente humanas, se conjugan para dar un salto cualitativo en la forma, alcance y efectividad de los distintos mecanismos de desinformación.

Cuando hablamos de desinformación, nos referimos a información falsa o parcialmente falsa que tiene un fin malicioso, o en todo caso, interesado en un fin concreto y faltando a la verdad. Quizá la forma más conocida actualmente, aunque ni mucho menos la única, sea la noticia falsa o fake news. Podemos encontrar (des)información en cualquier ámbito, desde la política, la ciencia, el deporte o la salud. Las áreas más proclives a la existencia de noticias falsas y otras formas de desinformación son precisamente aquéllas donde está en juego algún tipo de beneficio importante de poder o económico, y además existe cierto desconocimiento o incapacidad para estar al día con la información, abriendo un espacio para la duda ante información que aunque pueda ser falsa, es verosímil. Es por esto que la mayoría de intentos de desinformación se centran en el ámbito político. Contrariamente a lo que podríamos pensar, la desinformación no necesita necesariamente convencer de su contenido, simplemente sembrar suficientes dudas como para no poder negar o afirmar una opinión en un sentido u otro. Esto junto al número menor, pero que defiende con más intensidad las opiniones falsas y extremas, de personas que sí han adoptado en base a esas desinformaciones una posición, consigue establecer un marco de parálisis y enfrentamiento entre grupos. Los individuos llenos de dudas y paralizados no pueden ejercer adecuadamente un pensamiento libre y crítico, mientras que los grupos situados en posiciones extremas y opuestas se enfrentan de forma infructífera. El resultado es la muerte del diálogo constructivo, de la crítica y el distanciamiento de los valores democráticos, pues la visión de “los otros” se convierte en algo irreconciliable con nuestra perspectiva ¿Pero cómo sucede esto? ¿Cómo llegamos a este punto?

 

Hace unos días The Guardian publicaba que a pesar de que un 77% de los europeos en el oeste consideraba las vacunas eficaces, solo un 59% las considera seguras. Los números sorprenden, a pesar de no ser extremadamente bajos, pues la zona oeste de Europa puede ser considerada una de las que cuentan con mejor educación del mundo. Las vacunas son seguras: los casos con reacciones peligrosas son muy poco comunes, las reacciones adversas como fiebres o enrojecimiento son conocidas y relativamente inocuas, la alternativa, esto es la posibilidad de sufrir la enfermedad en cuestión, conlleva muchos más riesgos y complicaciones potenciales. Los riesgos incluyen por supuesto la propia salud, pero también la del grupo, pues supone una grieta en la inmunidad de rebaño que se adquiere y que impide que un agente infeccioso se asiente y extienda entre los individuos, especialmente los más vulnerables como los niños que todavía no han podido ser vacunados. Gracias a esto enfermedades terribles como la polio, están prácticamente erradicadas. Dudar de la seguridad y efectividad comprobada de ciertas vacunas, es abrir la puerta de nuevo a este tipo de enfermedades. Un estudio publicado en 1998 por Andrew Wakefield, probado ya no solo erróneo, sino fraudulento, es el origen del movimiento antivacunas, cuyo principal argumento es la relación entre la vacuna triple vírica y el desarrollo del autismo en niños. A pesar de todas las pruebas en contra, como sucede con los terraplanistas o un ferviente defensor de Trump ante una mentira obvia, una persona perteneciente al movimiento anti vacunas sigue creyendo este estudio ¿Por qué? La respuesta no es única, multitud de factores se conjugan para llegar a este punto. El principal, que supone el síntoma final de los mecanismos de desinformación, es la muerte del pensamiento crítico, la incapacidad de ver más allá de las propias opiniones incluso cuando estamos enfrentados a evidencias que nos son comprensibles y apuntan a lo contrario, a veces entrando de lleno en el autoengaño. En el documental de Netflix Behind the Curve, un grupo de terraplanistas prueba accidentalmente que La Tierra no es plana, y al ver los resultados siguen buscando excusas para explicar por que sí es plana, negándose a ver la evidencia que ellos mismos, sin mediación de ningún gobierno o conspiración, han obtenido. Si bien este tipo de creencias, como el rechazo ante las vacunas o la creencia de que La Tierra es plana han podido existir y ser defendidas siempre, incluso llegar a ser sospechas razonables,  hoy en día son movimientos con mucho más seguimiento e influencia. El motivo de esto es la aparición de internet y redes sociales.

El grupo es clave para validar estas ideas, mantener una conversación que sirva para ahondar en esas creencias erróneas. Buscar referencias en otros, estudios, afirmaciones que compartir. Internet ofrece un lugar y medio donde acceder y transmitir la información, pero también para encontrarnos con los que son como nosotros. Como ya apuntaba Cass Sunstein en Echo Chambers: Bush v. Gore, Impeachment, and Beyond, cuando solo establecemos conversaciones con los que ya opinan como nosotros, surgen varios efectos que eliminan la posibilidad de crítica y nos arrastran a confiar en la información que proveen los demás, dificultando también enfrentarnos a posiciones que no necesariamente compartimos y acabando por polarizar las opiniones, las posiciones y por lo tanto a la propia población de forma difícilmente conciliable. Las redes sociales se convirtieron en ese perfecto lugar de encuentro. Internet, y especialmente las redes sociales y los grupos a los que pertenecemos, se convierten en lo que se conocen como cámaras de eco. Solo escuchamos lo que ya pensamos, y nuestras opiniones acaban por parecer más fuertes, más verdaderas de lo que son. Esa uniformidad en la opinión elimina la crítica y hace complicado plantear dudas serias ante una cuestión, pues en la práctica el individuo debe enfrentarse al grupo en su conjunto. Las personas que accedan a estos grupos, viendo esta uniformidad y sensación “multitud”, encontrará más sencillo confiar en esas opiniones o noticias, lo que se conoce como efecto cascada. Poco a poco se ahonda en esa forma de ver, y llegamos al punto que independientemente de que una noticia vaya a favor o en contra de nuestras creencias, acaba por reforzarlas, lo que se conoce como el sesgo confirmativo. El resultado es la polarización de los individuos, que cuanto más se relacionan con la parte opuesta, más negatividad generan, como se muestra en el estudio Emotional Dynamics in the Age of Misinformation.

Las redes sociales no solo han acabado por convertirse en los puntos de reunión que pretendían, sino que también se han convertido en un medio de información. Los usuarios acceden a enlaces y noticias desde la propia red social. Éstas cuentan con multitud de datos de los usuarios, que permiten determinar con qué tipo de noticias o productos se relacionará con más probabilidad. Esta naturaleza publicitaria y mercantil que consigue que la red social mantenga esa aparente gratuidad, no olvidemos que el producto son nuestros datos y el cliente las empresas que pagan porque sus anuncios y noticias aparezcan en nuestras pantallas, es un problema gravísimo para mantener información de calidad. Lo importante ya no es la objetividad y veracidad de la información, sino la capacidad que tengan de provocar que pulsemos sobre ellas, las compartamos y les dediquemos nuestra atención. Además, la información que nos aparezca tenderá a reforzar nuestras opiniones, ya sea confirmándolas o provocando una reacción emocional que nos pide defenderlas. Esto es el motivo de la extensión de los titulares sensacionalistas, incompletos o incendiarios que vemos habitualmente, incluso la aparición de medios que viven de estos titulares. Todos hemos visto algo como “Los médicos le odian, descubre su secreto” o “Los siete lugares más bonitos, el número 3 te sorprenderá”. Son titulares diseñados para buscar ese clic. Cuando hablamos de noticias y no de meras listas de lugares que nos gustaría visitar, los problemas se agravan. Gracias a los datos que facilitamos, es fácil determinar qué tipo de personas somos, qué queremos y qué tememos, pudiendo ser víctimas de nuestras propias vulnerabilidades ante información que ha sido diseñada y apunta a gente como nosotros, y que busca apagar nuestra capacidad crítica, ya sea a través de la poralización o la parálisis. La mayoría de la población en España desconoce que la información que aparece en redes sociales depende de un algoritmo que busca maximizar la interacción, como indica el Digital News Report 2018. Los efectos a largo plazo todavía no son seguros, pues nunca antes la desinformación había contado con unos medios tales, y había sido usada como herramienta e incluso arma, a esta escala. Es importante sin embargo percatarnos del reto que tenemos delante, los peligros que supone sin duda para los valores democráticos y preguntarnos cómo combatirlas.

Si bien existe un campo abierto para la investigación en este sentido, pues multitud de áreas del conocimiento deben colaborar para explicar satisfactoriamente todos los aspectos de este fenómeno, desde la psicología hasta la computación, ya hay suficientes estudios y experiencias como para poder hablar con propiedad de que elementos entran en juego y cómo funcionan durante al creación, expansión y establecimiento de las distintas formas de desinformación. Como se indica en el Combating Fake News: An Agenda for Research and Action, colaboración conjunta de la Universidad de Harvard y la Universidad Northeastern, la soluciones algorítmicas tienen un gran reto por delante, mientras que las intervenciones desde un enfoque social parecen más prometedoras, al menos a corto plazo. Este tipo de investigaciones permitirá entender mejor el fenómeno en sus distintas capas, pudiendo entonces crear formas de contrarrestar las noticias falsas, como dar herramientas a los ciudadanos, la educación e incluso el desarrollo de leyes que den cuenta de los peligros y daños que puedan producir estas noticias, cuya creación sera posible una vez la naturaleza de los mecanismos de desinformación, su modo de actuar y efectos queden mejor clarificados y relacionados entre sí. La situación actual reviste de suficiente seriedad como hemos visto, para preguntarse qué podemos hacer. Las instituciones públicas, que se ven atacadas directamente, pero también indirectamente a través del marco democrático donde se sitúan y cuyos valores son erosionados por las distintas formas de desinformación, tienen la responsabilidad principal de impulsar este tipo de investigaciones y de dar a sus ciudadanos y ciudadanas las herramientas necesarias para digerir la información y mantener un actitud democrática. Es cuestión de supervivencia de una forma de vida alejada del miedo como forma de control, que pueda mantener la libertad de acción y pensamiento, que quedan palpablemente amenazados ante los intentos de manipulación actuales. Si bien no sabemos que forma tomará el futuro, sí podemos determinar que valores básicos poner en el horizonte para dar dirección a nuestro movimiento, siendo responsabilidad de los que ahora los sostenemos entregarlos a las futuras generaciones para que a su vez, puedan determinar cuáles desean conservar.

Para citar este artículo

Ramírez Vélez, Víctor (2019). ¿A quién pertenece la ciencia? En Niaia, 23/06/2019 accesible en https://www.niaia.es/la-era-de-la-desinformacion/

Fecundación in vitro: ¿son coherentes los provida?

Javier García Herrería.

Profesor de Filosofía

En las últimas tres décadas hemos asistido a una batalla en torno al aborto que no ha dejado de polarizarse. Los sucesos de los últimos meses en Estados Unidos son una buena prueba de ello. Por un lado, en Nueva York ya es legal abortar hasta el noveno mes de gestación y, por otro, Alabama acaba de prohibir el aborto una vez comience a latir el corazón del feto (es decir, en la sexta semana).

A muchos les gustaría que el aborto fuera un tema aceptado plenamente, pero lo cierto es que está lejos de ser una cuestión cerrada en las sociedades occidentales. No hay más que ver las grandes manifestaciones que ocurren en un mismo lugar entre partidarios y detractores. Sin embargo, ambos grupos estarían de acuerdo en que si consideraran al embrión como un ser humano de pleno derecho —aunque esté formado solo por un conjunto de células sin capacidad de sentir o pensar— su vida debería ser protegida como la de cualquier otra persona.

Los que están a favor de dar libertad de elegir a la mujer -el conocido como argumento “pro choice”-  consideran que la destrucción de embriones no es equiparable al asesinato de seres humanos. Los provida saben que para reducir el número de abortos lo mejor es centrar su discurso en favor de la mujer, las ayudas a la maternidad y en una educación sexual responsable. Quizá habría que preguntarse si es coherente a la hora de proteger a estos “seres humanos de pleno derecho”, según su visión.

Michael Sandel, el considerado “profesor más famoso del mundo” considera que el posicionamiento actual no es acertado por una razón: la mayoría de las personas provida apenas presta atención a la destrucción de embriones en la FIV o la investigación con embriones. Los argumentos de Sandel están desarrollados en el epílogo de su obra Contra la perfección.

En España se producen unos 100.000 abortos al año, pero además, se crean unos 50.000 embriones anuales para la fecundación in vitro que no son gestados, que serán congelados o destruidos más adelante. En nuestro país hay más de 250.000 embriones congelados, en EEUU 1.400.000 y en Reino Unido se han destruido 2.200.000 embriones desde 1990. A esto hay que sumar los miles de embriones que se destruyen accidental o voluntariamente a lo largo del proceso de la FIV.

Con estos números sería razonable plantearse si los provida deberían poner sobre la mesa esta cuestión para que haya un verdadero diálogo social que permita encontrar la verdad y esclarecer los desacuerdos con quienes no piensan como ellos. No es fácil ni cómodo hacerlo, pero es un buen camino si quieren que su visión del embrión humano sea tomada en serio por la otra parte, pues no es coherente denunciar una masacre en un ámbito y olvidar otra semejante al otro lado.

Sandel recuerda que en 2006 George Bush utilizó su derecho de veto para prohibir la financiación federal de investigaciones con embriones humanos. Se trató de una gran victoria provida; pero no se entiende que verdaderamente Bush creyese que los embriones fuesen seres humanos y al mismo tiempo no hiciese nada por evitar que los embriones fueran destruidos en investigaciones de instituciones privadas. Si creía que destruir embriones era asesinar personas, ¿no debería haber puesto el grito en el cielo cuando estos actos se llevaban a cabo también sin dinero público?

Esto mismo ocurre en casi todas las sociedades occidentales. Los provida tratan de convencer a las mujeres para que no aborten incluso a las puertas de las clínicas abortistas —lo cual demuestra su coherencia— pero apenas protestan contra las clínicas de fertilidad. España es el país de Europa con más clínicas especializadas y es una actividad empresarial que no deja de crecer. En 2015 hubo 128.000 intentos de FIV, lo que dio lugar a 39.000 nacimientos, con una tasa de éxito del 22%. Y la demanda continúa aumentando, pues el 70% de las mujeres mayores de 35 años no consigue quedarse embarazada. Es difícil saber cuántos embriones se fabrican para cada intento, pero sí se sabe que el número de embriones destruidos es mucho mayor que el número de abortos totales.

Por eso, en mi opinión, sería positivo diversificar la estrategia del discurso provida. Por supuesto, este enfoque debe plantearse desde la mesura, la educación y la máxima comprensión para con las parejas que acuden a estos tratamientos y con los 8 millones de personas que han venido al mundo por este procedimiento (actualmente nacen medio millón de niños al año por FIV). Los que han nacido por este método no tienen responsabilidad alguna y son personas con igualdad dignidad, derechos, etc.

Librar esta batalla puede ser un aspecto clave para conseguir revertir la mentalidad abortista. Además, hay un dato positivo que hace pensar que incluso las personas que acuden a la FIV están cerca de admitir que los embriones no son un simple material biológico: la mitad de las parejas que tienen un hijo por FIV prefieren no decidir qué hacer con los embriones sobrantes del proceso. A todas ellas se les ofrecen tres alternativas: la destrucción, la investigación o la donación a otras parejas. Sin embargo, muchos prefieren no responder cuando a las clínicas les preguntan sobre este asunto. Si solo se tratara de material genético, no se entiende que genere tantas reservas decidir qué hacer con él.

También es positivo el rechazo general que produce el mercado de vientres de alquiler, pues muestra con mayor crudeza el riesgo de deshumanización que se produce al engendrar seres humanos en un proceso artificial y la conversión de la maternidad en un lucrativo negocio.

Para citar este artículo

García Herrería, Javier (2019). Fecundación in vitro: ¿son coherentes los provida? EnNiaia, 20/06/2019 accesible en https://www.niaia.es/son-coherentes-los-pro-vida/

¿A quién pertenece la ciencia?

Jorge Alegre-Cebollada

Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), Madrid

@AlegreCebollada, jalegre@cnic.es

 

La ciencia es una de las actividades sublimes del ser humano, como lo son la creación artística y literaria. Un descubrimiento científico y su buena divulgación nos transportan a estados de éxtasis intelectual como pueden hacerlo las artes escénicas o la música.

En muchas ocasiones, además, los descubrimientos científicos propician avances tecnológicos que transforman las vidas de las personas, como en el caso de los antibióticos, las telecomunicaciones o los medios de transporte.

La capacidad de observar, deducir correlaciones, generar hipótesis y contrastarlas, define al género humano tanto como la conciencia de uno mismo, o el lenguaje. En este sentido, la ciencia nos pertenece a todos y cada uno de nosotros, es inherente a la condición humana. El debate de a quién pertenece la ciencia se refiere más bien a los resultados de la actividad científica. Así como la generación de nuevo conocimiento fruto de la investigación científica es extraordinariamente lenta y en apariencia ineficiente, una vez que ese nuevo conocimiento se ha difundido, su explotación es mucho más sencilla.

Son dos los motivos que hacen relevante esta discusión. Por un lado, la actividad científica profesional necesita de financiación, ya sea mediante inversiones o subvenciones, por parte de entes privados o públicos. En segundo lugar, como ya se ha aludido más arriba, la actividad científica genera conocimiento, que a su vez resulta en desarrollos tecnológicos y potenciales beneficios económicos. Una lógica lineal nos llevaría a concluir que aquellos que financian la actividad científica han de ser los dueños de sus resultados y los beneficios que resulten de ellos. Es precisamente sobre esta lógica sobre la que se han establecido los sistemas de patentes y propiedad industrial, que permiten proteger la inversión privada en investigación y desarrollo que tiene ánimo de lucro. Pero esta protección no es perpetua, tiene fecha de caducidad. De alguna manera, nos hemos puesto de acuerdo en que es bueno para el conjunto de la humanidad que el conocimiento y su aprovechamiento sean en última instancia de libre uso.

Precisamente, esa es la premisa de la que parten la mayoría de las agencias financiadoras de investigación civil sin ánimo de lucro. Si son los contribuyentes los que financian la investigación, está claro que los resultados de la misma deben pertenecer también al contribuyente. La inversión en ciencia se correlaciona con una mayor prosperidad de la sociedad que apuesta por la vía de la innovación; de hecho, son los países que más invierten en ciencia los que gozan de un mayor desarrollo y no son infrecuentes los ejemplos de países que hacen una apuesta decidida por invertir en investigación, y en un cierto tiempo consiguen mejorar sus índices socioeconómicos [1].  Así pues, parece que no hace falta hacer mucho más que lo que ya se ha venido haciendo tradicionalmente para que la sociedad, que financia la actividad científica, saque beneficio de esa inversión.

Sin embargo, en los últimos años ha surgido el movimiento Open Science, que propone ir varios pasos más allá [2]. Open Science promulga, entre otras cosas, el acceso gratuito y universal (Open Access) a las publicaciones derivadas de la investigación financiada con fondos públicos. La idea detrás de este movimiento es doble: por un lado, que el contribuyente que financia la investigación tenga acceso a sus resultados más palpables (las publicaciones científicas), y que este acceso beneficie también a países en vías de desarrollo, que generalmente no pueden permitirse las suscripciones a las revistas de publicación científica. Conviene apuntar también que un gran beneficiario del Open Access es el sector industrial, que consigue acceso a la literatura científica sin contribuir directamente al sistema. El movimiento Open Access, sobre todo en sus variantes más radicales (el reciente plan S [3]) choca con los intereses de grupos editoriales que se han especializado a lo largo del último siglo en publicar resultados científicos mediante un sistema ciertamente exótico para los no iniciados: los autores (científicos) pagan por publicar y los lectores (científicos también) pagan por leer. Pero ni autores ni lectores pagan de su bolsillo… ¡sino que son las mismas agencias financiadoras de la investigación las que cubren estos gastos! De una manera simple, diríamos que es un sistema de triple pago por el que fondos públicos llenan las arcas de grupos privados con ánimo de lucro. ¡Un chollo! Por ejemplo, el mayor grupo editorial en publicaciones científicas, Elsevier, tiene un margen de beneficio del 40%, inaudito para muchas otras actividades empresariales [4]. De hecho, muchas empresas editoriales de dudosa profesionalidad han surgido para aprovecharse de esta situación (las denominadas revistas predadoras), aunque la comunidad científica parece estar reaccionando a tiempo [4].

El debate en la comunidad científica acerca del Open Access es intenso, con opiniones que van desde el más rotundo apoyo hasta la cautela que surge de entender que la publicación científica bien hecha requiere de profesionales que han de ser compensados por ello, y que un movimiento Open Access sin restricciones puede llevar a una mayor ineficiencia del sistema de producción científica. Los críticos también argumentan que hacer accesibles a la población general resultados científicos cuyo entendimiento requiere conocimientos muy especializados no tiene mucho sentido, y que mejor estarían invertidos los recursos necesarios para conseguirlo en impulsar la divulgación profesional de la ciencia. Sin duda, la próxima década será crítica para configurar el sistema de financiación y publicación científica del futuro.

No hay que olvidar que este debate ocurre simultáneamente con un cambio de paradigma propiciado por las nuevas tecnologías. A día de hoy, no es necesaria una imprenta para difundir los resultados de investigaciones científicas, basta una conexión a internet y algo de espacio de almacenamiento. De hecho, instituciones de investigación líderes en el mundo han comenzado a impulsar repositorios públicos de manuscritos científicos que no han sido revisados por pares [5]. Lo que nos lleva a otro tema: en la época de las fake news, ¿quién nos protege de la fake science? Este asunto es de plena actualidad, pero nos aleja del foco principal de estas líneas [6].

¿A quién pertenece la ciencia?, me preguntaba para llamar la atención del lector. Más allá de detalles del formato de publicación científica, los tiempos de embargo por protección industrial, etc., si miramos hacia atrás, parece claro que los resultados de la investigación pertenecen a la humanidad, lo mismo que El Quijote, la quinta de Beethoven o las pinturas negras de Goya, y que así debería seguir siendo. Mediante la publicación de los resultados de investigaciones científicas, sea cual sea el formato, se renuncia a una importante ventaja competitiva y se cede el conocimiento al resto de la humanidad. Es un proceso altruista, que cimenta la actividad científica global, y que todos los actores implicados debemos continuar cuidando con mimo.

Referencias

  1. Sokolov-Mladenović, S., S. Cvetanović, and I. Mladenović (2016). R&D expenditure and economic growth: EU28 evidence for the period 2002–2012. Economic Research-Ekonomska Istraživanja, 2016. 29(1): p. 1005-1020.
  2. Global Open Access Portal.
  3. Bovolenta, P. (2019). Are we ready for Plan S? Biofisica. #13 2019
  4. Buranyi, Stephen (2017) Is the staggeringly profitable business of scientific publishing bad for science? The Guardian, 27/10/2017
  5. The Team of Editors (2018). Surfing the preprint wave. Biofisica. n. 12 2018
  6. — (2018) Science and post-truth. Biofisica n. 10 2018

Para citar este artículo

Alegre Cebollada, Jorge (2019). ¿A quién pertenece la ciencia? EnNiaia, 23/05/2019 accesible en https://www.niaia.es/a-quien-pertenece-la-ciencia/

 

 

El futuro del trabajo, el trabajo del futuro

Javier González Vela

Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

No es difícil en los tiempos que corren encontrar multitud de artículos y referencias que tienen el futuro del trabajo como tema de preocupación. La llamada 4ª revolución industrial, el avance de la automatización, la preocupación por el empleo que nos dejó la reciente crisis, todo ello hace que el futuro del trabajo esté de actualidad y genere cierta inquietud.

Éste es un tema que se puede abordar desde distintos puntos de vista, pero quiero empezar a partir de la visión del filósofo Anselm Jappe, que dejó reflejada en el siguiente artículo: algunas buenas razones para liberarse del trabajo.

Establece Jappe en su discurso que “el trabajo es más una invención social que una necesidad real de las personas, y que hace tiempo que se convirtió en la verdadera meta de la sociedad, más que en un medio para conseguir unos fines o unos bienes concretos. Con las necesidades de subsistencia cubiertas, con la calidad de vida que se ha conseguido alcanzar en las sociedades desarrolladas (al menos para gran parte de la población), el trabajo no se realiza para cubrir necesidades, sino que se convierte en un fin en sí mismo: trabajar por trabajar. Y no hay en realidad nada inmoral en esta situación, es una consecuencia de la lógica del capitalismo moderno, que basa su éxito en la necesidad  de crecimiento continuo, de producir cada vez más productos que contribuyan a la riqueza del país, aunque luego no se necesiten o se tengan que tirar, o incluso aunque haya que generar la necesidad a posteriori para poder agotar las existencias”.

¿Pero hasta qué punto es precisa esta visión?

Siguiendo el discurso de Jappe, el concepto de trabajo, tal y como lo conocemos hasta ahora, no ha existido hasta una época muy reciente. A lo largo de la historia las personas realizaban actividades para, o bien cubrir sus necesidades, o bien satisfacer las demandas de su señor para después cubrir las suyas propias. No es hasta más adelante, y especialmente tras el surgimiento del protestantismo, cuando surge una nueva ética del trabajo, que ensalza el esfuerzo como una de las virtudes más representativas del ser humano: el hombre hecho a sí mismo, el hombre individual que prospera y avanza gracias a su dedicación y a su esfuerzo. Es la cultura del esfuerzo, es la idea de que el trabajo ennoblece, y por ello uno no debe dejar de trabajar incluso llevando ya una existencia acomodada.

Esta tesis la defendió Max Weber a principios de siglo XX en su obra La ética protestante y el espíritu del Capitalismo, considerándolo incluso como una señal de predestinación para la salvación eterna, si bien posteriormente ha sufrido revisiones por parte de numerosos autores.

Posiblemente se trata de una de las ideas más potentes que conducen al capitalismo moderno. E indudablemente, triunfó.  Y el triunfo del capitalismo liberal situó de manera permanente el trabajo en el centro de nuestras vidas, y la empresa en el centro de la sociedad. No es solo que necesitas un trabajo para poder satisfacer todas tus necesidades, las básicas y las inducidas, es que el trabajo contribuye a generar tu propia identidad como ninguna otra actividad. Ya sea por el estatus, por el prestigio que consigues o por las relaciones sociales que te proporciona, sin un trabajo no eres nadie, de ahí el drama de toda la gente que lo pierde y tiene serias dificultades para encontrar otro. Somos nuestra profesión. Y trabajamos ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, si no más, a las que hay que sumar los tiempos de desplazamientos, que en las grandes ciudades no son en absoluto despreciables.

Se nos va la vida para producir… ¿qué exactamente? ¿Cuál es la riqueza que generamos, en un mundo en el que, frente a la economía real que produce bienes tangibles, valoramos más los productos abstractos de la ingeniería financiera? ¿Y cuál es el valor que aportamos, en un mundo en el que no es necesario más capital humano para producir más y mejores cosas?

Porque hoy en día, los avances tecnológicos nos permiten producir la misma riqueza con un menor esfuerzo: como sostiene el Financial Times, vamos a un mundo con menos trabajo productivo realizado por humanos. Y, sin embargo, no por ello pasamos menos tiempo trabajando.

Que la productividad puede aumentar mientras se disminuye la necesidad de mano de obra parece claro. Y si la automatización, que se extiende por todas las facetas de nuestra sociedad, lleva a unas mayores eficiencias en la producción., ¿no debería eso conllevar una disminución de los tiempos de trabajo?

Que todo el trabajo que actualmente se realiza tenga una utilidad directa es también discutible:  la medida del éxito no está en qué bienes produces, bienes tal vez imprescindibles para nuestra vida, sino en cuánto dinero acumulas, dinero que solo puedes conseguir en grandes cantidades si haces un uso hábil de las herramientas financieras especulativas.

En este escenario, la calidad del trabajo necesariamente se resiente: cada vez más gente siente que hace cosas sin sentido. Pero en realidad, ni siquiera nos cuestionamos el contenido de nuestro trabajo, mientras lo tengamos. ¿No debería ser un objetivo de todo ser humano dar sentido a su trabajo?

Diversos autores hacen ya referencia a esta pérdida de sentido del trabajo como uno de los problemas actuales: Rutger Bregman, historiador holandés y autor de diversos ensayos sobre historia, filosofía y economía, apoya la idea de que millones de trabajadores hacen trabajos que carecen de sentido. Y David Graeber, antropólogo y activista, publicaba en 2013 un ensayo que llevaba el provocador título de Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda, y que describía la existencia de lo que él llamaba “trabajos postureo”: puestos de trabajo en los que la gente siente que está perdiendo su tiempo porque son básicamente prescindibles, y nada ocurriría en el mundo si repentinamente desaparecieran. De nuevo, según Graeber, se ve aquí el efecto de la moral dominante del trabajo: “que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia no merece nada.”

Recapitulando, vemos entonces un concepto de trabajo con una profunda carga moral enfocada al esfuerzo, que marca nuestra identidad, pero en el que abundan cada vez más labores cuya necesidad, utilidad y sentido no son evidentes. Y vemos un tiempo de trabajo que no solo no disminuye, sino que en muchas ocasiones aumenta. Y vemos que las personas que no tienen trabajo tienen en cambio serias dificultades para mantener una vida en sociedad, mientras que las que si lo tienen trabajan cada vez más.

Por añadidura, el trabajo se está comiendo uno de nuestros bienes más preciados: nuestro propio tiempo. Tiempo que no podemos ya dedicar a actividades que podrían ser mucho más útiles para nuestro bienestar personal. Tiempo que no podremos dedicar a desarrollar nuestras capacidades, a explorar nuestras habilidades, o simplemente a dedicarlo a actividades cuyo propósito se nos haga evidente. Pero es que además, como dice Zygmut Bauman en su libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”, en aras de la eficiencia y la productividad hemos «ahogado el impulso natural a ayudar al otro». Somos seres sociales y sociables, y el culto al individualismo que el capitalismo liberal fomenta sin medida no parece concordar con esta inclinación natural del ser humano.

¿Sería posible entonces que nuestra sociedad evolucionara a un modelo en el que el trabajo no estuviese en el centro de nuestras vidas, en el que para sentirse un miembro de la sociedad con todos los derechos no fuese imprescindible tener un trabajo?  Después de una grave crisis de profundas repercusiones en el empleo, y con otra crisis en ciernes que nos vienen avisando con insistencia, ¿es realista pensar en una modificación sustancial en la concepción del trabajo?

Una de las consecuencias de la crisis pasada es que no es evidente que volvamos en el futuro a una situación de pleno empleo. Pero  la cuestión, a la vista de todas las consideraciones anteriores, es si tiene sentido seguir persiguiéndola como una situación deseable. Indica Jappe que «no hay que desear el retorno a una sociedad de pleno empleo, hay que exigir el acceso a los recursos«. Si la riqueza que producimos no disminuye significativamente (y los datos del crecimiento del PIB mundial no generan dudas: durante los años de la crisis el PIB mundial, de media, no dejó de crecer, salvo si acaso en el año 2009), si la tecnología permite ya que las personas puedan tener sus necesidades cubiertas, ¿qué nos impide distribuir la riqueza generada de manera que libere tiempo suficiente que podamos dedicar a actividades a las que podamos dotar de sentido?

El Foro Económico de Davos, en sus sesiones de 2016 dedicadas a la nueva economía, ya estimaba que la cuarta revolución industrial acabará con 5 millones de puestos de trabajo menos en los 15 países más industrializados.

Asimismo, los profesores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, publicaron en septiembre de 2013 un artículo titulado  “The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation?” que incluía unas predicciones bastante pesimistas en cuanto al número de empleos que se perderían: según ellos, el 47% de los puestos de trabajo en EEUU están en riesgo de desaparecer como consecuencia de la introducción de las nuevas técnicas digitales, y los puestos con mayor riesgo de desaparecer son los que requieren menos educación y reciben salarios más bajos.

La nueva economía ya está transformando radicalmente la manera de trabajar, lo queramos o no. Habría entonces que acometer la transformación en el concepto de trabajo que nos condujera hacia un cambio mucho más profundo, aprovechando todas las posibilidades.

Referencias

El sentido del trabajo o ¿trabajar sin sentido? Elempleo.com. 25/02/2010

Ander, Alexander (2018). Trabajos de mierda: pasarse la vida currando en algo totalmente innecesario. Yorokobu

Cabezas, Ana (s.f.). Productividad, PIB y salarios ¿cuándo podremos ganar más dinero? IMF Business School

Cano Soler, Marcel (2019). ¿Cómo llegaremos a fin de mes en la cuarta revolución industrial? The Conversation

Jappe, Anselme (2005) Quelques bonnes raisons de se liberer du travail. Krisis. Kritik der Waren Gesellschaft.  (Versíon en español de la Revista Nada, 08/2018: I, II y III)

Tristán, Rosa M. (2014). El mundo líquido de Zygmunt Bauman.  HuffPost

Villa, Begoña (2013) ¿Qué significado tiene el trabajo en la vida de las personas Blog Observatorio de Empleo.

Si desea citar esta página

González Vela, Javier (2019). El futuro del trabajo, el trabajo del futuro. En Niaia, consultado el 24/05/2019 en http://www.niaia.es/el-futuro-del-trabajo 

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