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¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?

José Miguel Fernández Dols

Catedrático. Psicología socal y metodología. UAM

 

Una formula clásica para comenzar este tipo de debates es una revisión terminológica. ¿Qué entendemos por expertos y qué entendemos por decisiones políticas?

Una definición de trabajo para “experto” sería que un experto es un profesional que tiene un conocimiento especializado en un ámbito concreto. En algún lugar, Herbert Simon, uno de los artífices de la Ciencia Cognitiva y premio Nobel de Economía, estableció que la formación de un experto requiere al menos diez años para la adquisición del nivel idóneo de competencia. Simon dice también, en otro lugar, que los expertos no son las personas más adecuadas para tomar decisiones políticas por dos razones de peso. La primera es que un experto, por definición, está especializado en un determinado aspecto de la realidad pero no tiene necesariamente una visión global de un problema político, que rara o ninguna vez se aborda desde una única perspectiva. La segunda es que un experto ha invertido tanto personalmente en una determinada versión de la realidad que es muy difícil que, en la discusión sobre un problema real esté dispuesto a reconocer que su área de especialización, o la escuela dentro de su área de especialización no es la perspectiva idónea para abordar el problema.

Otra posible definición, menos centrada en el conocimiento y más centrado en los aspectos sociales de la definición es que un experto es un profesional con un determinado nivel de acreditación académica en el campo de especialización especificado en su título. La titulación académica, o al menos ciertas titulaciones, confieren el privilegio de participar en un monopolio de poder concedido y certificado por el Estado. Cuando ese monopolio, sea o no verdad, promete hacer a las personas ricas, sanas, sabias, etc., el titulado se convierte en un presunto experto o al menos en un candidato a ser considerado como tal. Las profesiones viejas (el médico que promete salud, el sacerdote que promete la vida eterna, el maestro que promete sabiduría, etc.) y también alguna nueva (el economista que promete riqueza) han tenido siempre poder. Es interesante notar que lo importante de estos expertos no es su capacidad real para curar, enseñar o llevarnos a un lugar estupendo en el más allá sino la mera promesa de lograrlo; por eso los faraones, los emperadores o los reyes medievales tenían un médico, un sacerdote, o un tutor en su corte, aunque nadie se pondría hoy en sus manos.

 

Hablando de cortesanos, una tercera definición de “experto” cuando se trata de decisiones políticas proviene de otro premio Nobel, Paul Krugman, que tuvo una breve experiencia en la vida política de la Casa Blanca. La cuenta así: “tras un breve tiempo, sin embargo, comencé a darme cuenta de cómo se deciden realmente las políticas del gobierno. El hecho es que la mayor parte de los cargos más altos no tienen idea de qué están hablando: las deliberaciones de alto nivel son sorprendentemente primitivas (…) Además muchos individuos poderosos prefieren ser asesorados por aquellos que les hacen sentirse bien más que por aquellos que les hacen pensar demasiado. En realidad los que logran influenciar el diseño de las políticas de estado son habitualmente los mejores cortesanos, no los mejores analistas”.

Un cuarto tipo de experto serían los funcionarios. Son los guardianes de “la jaula de hierro” weberiana y, en una burocracia ideal, son personas con un alto grado de especialización avalada no solo por un título universitario sino por haber ganado un concurso de méritos en el que han demostrado de forma objetiva su pericia. Los funcionarios no suelen llevarse bien con los políticos salvo que se hagan, por vocación o sentido de la oportunidad, políticos ellos mismos (los golpes de estado militares son la versión más brutal del descubrimiento de la vocación política de un funcionario, aunque afortunadamente no la única). Algunos analistas consideran que el genio de Napoleón no fue militar sino administrativo: diseñó las prefecturas francesas obligando a los prefectos, políticos de profesión, a convivir con los subprefectos, altos funcionarios para que al político no le quedara más remedio que contar con la competencia profesional del funcionario y el funcionario estuviera subordinado al sentido de la oportunidad política del político.

Finalmente, en la actualidad se ha puesto de moda un quinto tipo de experto, que plantea interesantes retos y bastantes trampas. Se trata de entender a la multitud como un experto. La idea es antigua y está inspirada en Galton: el promedio de las opiniones de una gran multitud es la mejor predicción o el mejor peritaje para una decisión. La visión de Galton se ha puesto de moda en ciertos ámbitos que promueven la utilización sistemática de la “sabiduría de la multitud” con plebiscitos constantes. Se trata de un experto con cierto aroma hegeliano, una versión estadística, en lugar de metafísica, del Espíritu Absoluto.

Estas cinco definiciones de “experto” nos van a ayudar a centrar el debate pero antes podemos echar un vistazo a qué significa tomar una decisión política. Tradicionalmente las decisiones políticas por excelencia son las que toman el gobierno de una nación aunque en los últimos tiempos se ha puesto de moda enfatizar que el rumbo de las sociedades complejas es el resultado de la interacción de distintos agentes económicos y sociales, además de los estrictamente políticos, poniendo de moda la palabra “gobernanza”.

El término “gobernanza” es una forma elegante de describir la enorme dificultad actual para entender con claridad quién es quién en las sociedades más desarrolladas y, quién es responsable, en último término de lo que ocurre a nuestro alrededor. Existen multitud de ejemplos de esa experiencia, tan actual, de navegar en aguas desconocidas en medio de una densa niebla: ya nadie pretende saber a dónde va la unión monetaria europea, o el proceso de desconexión del Reino Unido, o la presidencia del país más poderoso de la Tierra o nuestros vehículos diésel. Incluso en aquellos países en los que se han encumbrado gobiernos populistas o autocráticos, las decisiones políticas ya no dependen exclusivamente del gobierno por varias razones, entre las cuales destaca siniestramente que muchos de esos gobiernos responden a intereses de élites que tienen su propia agenda.

Así que, para contestar a la pregunta de quién toma las decisiones políticas tendremos que considerar varios escenarios distintos, según qué entendamos por “experto” y “decisión política”. Finalmente nos tendremos que inclinar por una respuesta  en la que trataré de opinar sobre cuál debería ser el papel del experto en las decisiones políticas.

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Fernández Dols, José Miguel   (2019) ¿Quién toma las decisiones políticas? ¿Los expertos o los políticos?. En Niaia, consultado el 23/04/2019 en https://www.niaia.es/quien-toma-las-decisiones-politicas-los-expertos-o-los-politicos/

Unionistas versus separatistas en Cataluña: ¿Una cuestión de identidad?

Roberto Colom

Profesor de Diferencias individuales en el Departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la UAM,

En un informativo estudio—cuyos resultados publicaron, el pasado mes de Febrero, tres profesores de la Universidad de Barcelona, de la Universidad Pompeu Fabra y de la Universidad Autónoma de Barcelona—se encuestó a 1.000 residentes en Cataluña.

Se pretendía averiguar cuáles eran las creencias, el estado de ánimo y el perfil emocional de quienes, llegado el caso, votarían en contra (unionistas) o a favor (separatistas) de la independencia de la región. El informe deja claro que se trata de dos comunidades enfrentadas que comparten el mismo espacio físico y social.

Los responsables de la investigación partieron del hecho constatado de que el apoyo a la secesión se ha venido situando, sistemáticamente, algo por debajo del 50% de los residentes en Cataluña, así como de que los grupos políticos abiertamente independentistas han logrado acumular un 37% del censo electoral. Esos hechos sirven de telón de fondo para valorar las respuestas de los encuestados.

Una vez obtenidas las respuestas, la meta de los cálculos estadísticos fue averiguar cuáles de las 25 variables que se consideraron distinguían, con mayor nivel de precisión, la pertenencia a uno de los dos grupos (Unionistas versus Separatistas).

Veamos primero en qué se parecen unionistas y separatistas.

No hay mayoría de varones o mujeres en alguno de los grupos. Tampoco predomina alguno de esos grupos en las distintas provincias de la región. El tipo de seguro, el tipo de hogar o los sentimientos de rabia no son diferentes.

¿En qué se distinguen?

Los separatistas están más ‘ilusionados’ con el hecho de que el conflicto avanza en la dirección correcta o adecuada. Los unionistas están más ‘fatigados’, ‘confundidos’ y manifiestan un mayor ‘temor’ ante las tensiones sociales.

Una de las preguntas probablemente más interesantes fue:

“¿Cuál es la proporción de residentes en Cataluña que, según usted, es favorable a la independencia?”

Según los separatistas, casi 6 de cada 10 ciudadanos estarían a favor. Según los unionistas, 4 de cada 10 serían favorables a esa independencia. Por tanto, los separatistas desconocen –o les trae sin cuidado—la realidad, mientras que los unionistas poseen una percepción adecuada de esa realidad.

En cuanto a la fuerza del movimiento secesionista, más del 80% de los separatistas la sobrestiman, mientras que solamente el 36% de los unionistas caen en ese error de sobreestimación. Una vez más, los separatistas le dan la espalda a la realidad social. Quizá piensen que esa realidad se construye. Además, los más jóvenes del bando separatista son más proclives a caer en ese error de estimación.

 

Movámonos seguidamente hacia el espinoso tema de la identidad.

Los unionistas se sienten tan catalanes como españoles, mientras que los separatistas se sienten exclusivamente catalanes. Los separatistas mantienen que no hay nada que les una a España, por lo que a su identidad se refiere. El lugar de nacimiento (Cataluña) y la lengua materna (catalán) se asocian con intensidad a quienes apoyan sin reservas la secesión. Además, el nivel de estudios y el nivel socioeconómico son más elevados en separatistas que en unionistas.

Al discutir la evidencia registrada en su investigación, los autores recurren a hechos objetivos que podrían inquietar a quienes residen en la región. Por ejemplo, alrededor de 4.500 empresas han abandonado Cataluña para ubicarse en otras zonas de España desde la declaración simbólica de independencia en septiembre de 2017 por parte de la Generalitat. Además, los ciudadanos han transferido masivamente sus fondos a bancos de otros lugares de la península. La tendencia es por ahora imparable.

Tampoco se reprimen los autores al señalar cómo se han usado las redes sociales para avivar los sentimientos separatistas, incluyendo algoritmos (bots) que han incrementado la toxicidad social. La propaganda institucional y la presión sociológica han sido algo que ha rayado el escándalo. Y, desgraciadamente, apenas se han articulado contramedidas desde el Estado para apoyar a los unionistas y combatir, legítimamente, las manipulaciones de los líderes separatistas y de los medios de difusión afines. Al contrario, esos grupos han seguido monopolizando los espacios públicos y arrinconando a los unionistas usando visibles mecanismos de intimidación.

 

Escriben:

Los secesionistas están plenamente convencidos de que merecen separarse de España sin pagar nada a cambio, a pesar de que cuentan con una magra mayoría parlamentaria y de que carecen de una verdadera mayoría social. Es una creencia que podría derivarse de alguna clase de narcisismo colectivo [o de alguna clase de ‘pasión’, como se expuso en otro foro]

(…) exigen privilegios, no igualdad

(…) si el secesionismo catalán insiste en las mismas imposiciones unilaterales que han caracterizado la impaciente e ilegal oleada reciente, logrará agrandar la preocupante fractura entre unionistas y separatistas”.

En resumen, las variables fundamentales en las que se distinguen ambos bandos son la lengua materna, la ancestralidad (el número de apellidos locales) y el nivel educativo (asociado al poder adquisitivo y al estatus).

La situación es más delicada de lo que puede parecer desde la distancia. No sería la primera vez que acabe mal la confluencia de identidad etnocultural (sensación profunda de pertenencia a un grupo, y, por tanto, minimización de las diferencias dentro del grupo identitario y maximización de las diferencias con los demás grupos) y tensión política. El conflicto puede escalar con relativa facilidad a consecuencia de ese explosivo coctel, salvo que se adopten y apliquen las medidas oportunas para atenuar el ascenso.

Es natural que esa coyuntura se vea con preocupación desde la Unión Europea. Hay más regiones del viejo mundo (Córcega, Padania, Tirol del Sur, Cerdeña, Flandes y Baviera son ejemplos) que miran, atentamente, hacia lo que está ocurriendo en la península Ibérica.

 

Aunque los sondeos llevan a la conclusión objetiva de que 3 millones de catalanes (de un censo de 5,5 millones dentro de una población de 7 millones) no apoyan la secesión, la persistencia de los 2,5 millones que sí la persiguen ha logrado arrinconar a la mayoría unionista.

El hecho de que esa mayoría se sienta desamparada y que quienes deberían velar por sus derechos manifiesten una patente inhibición, resulta preocupante.

Es recurrente el mensaje de que es necesario más y mejor diálogo para encontrar una solución, pero lo que sucede en el día a día revela que los separatistas no desean sentarse a la mesa salvo que el plato que se le vaya a ofrecer sea de su agrado, adecuado a su exclusivo paladar. Solamente aceptarán que se les presente, en bandeja de plata, un menú de rendición incondicional. O eso parece.

Entonces, ¿qué se puede hacer para detener y revertir la tendencia centrífuga y excluyente?

 

Concuerdo con los autores del informe que se está comentado aquí en que los factores psicológicos apenas se han considerado. Se suele recurrir a conceptos de naturaleza sociológica, legal, judicial o ejecutiva, pasando de puntillas por el hecho incuestionable de que los grupos son agregados de individuos. Individuos que se pasan la vida definiendo su identidad para depurar su reputación. En ese proyecto vital, los humanos deben gestionar e integrar al menos tres componentes: (1) sus relaciones personales, de tú a tú, (2) su identificación con determinados grupos y (3) su posición dentro de cada uno de esos grupos.

No es este el lugar para detenerme a analizar con detalle esos tres componentes. Quien esté interesado queda invitado a leer mi intervención de 2016 en el parlamento europeo: la identidad europea desde la psicología individual.

Pienso que se puede y se debe trabajar para desmontar los elementos excluyentes de la identidad de los individuos, sean catalanes, bávaros, escoceses o vascos.

No será fácil. Lean los extractos de una carta, que un buen amigo catalán me envió, para comprender de dónde alimenta mi percepción sobre esa dificultad:

Pensé en ti después de vivir una experiencia que se relaciona con el concepto de nación (o país) que los de la meseta no entendéis. Estuve en Puigcerdà, Llivia, Bourg Madamme i Font-Romeu, localidades catalanas de la Catalunya norte y sur. Estuve hablando con varias personas en catalán, a un lado de la frontera que separa los ‘Estados’ francés y español. Esos municipios lucen en las fachadas de sus ayuntamientos la senyera catalana. A pesar de las guerras y tratados que nos dividieron a lo largo de la historia, continuamos perteneciendo a la misma nación o país: ‘Catalunya. Los territorios catalanes de Roselló, Conflent, Vallespir y parte de Cerdanya fueron anexionados a Francia por un mal acuerdo. Después de casi 400 años se siguen considerando culturalmente catalanes, aunque el centralismo francés ha hecho lo posible por borrar su cultura y asimilarla a la francesa. Aquí en España también han intentado borrar nuestra cultura y nuestro idioma durante siglos.

 Catalunya es una nación, incluso aunque haya quien no desee reconocerlo. También Escocia o Quebec son naciones. Yo soy catalán y tu eres un amigo, pero no un compatriota. Aunque es mejor un amigo que un compatriota.

 Otra cosa es el tema político de si Catalunya debe ser o no un Estado.

 Con la emigración en Catalunya, los catalanes casi ya somos minoría, pues hay millones de personas que viven en Catalunya que no son catalanes. No han nacido aquí y culturalmente están más cerca de sus padres que de nosotros. Nadie diría que Messi, que lleva en Barcelona desde los 10 años, es catalán.

 El tema de la independencia de Catalunya no puede abordarse de forma solamente “emocional”, dado que todos tenemos los mismos derechos como ciudadanos. Hay que explorar otras formas y abandonar la polarización actual. Eso es labor de los políticos, pero unos y otros han hecho un pésimo trabajo”.

Escribía Amin Maalouf en su breve ensayo, ‘Identidades asesinas

Europa tendrá que concebir su identidad como la suma de todas sus pertenencias lingüísticas, religiosas y de otro tipo. Si no reivindica cada elemento de su historia, si no les dice con claridad a sus ciudadanos que deben poder sentirse plenamente europeos sin dejar de ser alemanes, franceses, italianos o griegos, simplemente no podrá existir. Forjar la nueva Europa es forjar una nueva concepción de la identidad

 

 (…) desde el momento en que nos integramos en un país o en un conjunto de países, como puede ser la Europa unida, es inevitable sentir unos lazos de parentesco con cada uno de los elementos que lo componen; conservamos, sin duda, una relación muy particular con nuestra propia cultura, y una cierta responsabilidad hacia ella, pero se tejen igualmente vinculaciones con los demás componentes

 (…) conozco jóvenes europeos que se comportan ya como si el continente entero fuera su patria, y sus habitantes sus compatriotas

 (…) todos deberíamos poder incluir, en lo que pensamos que es nuestra identidad, un componente nuevo, llamado a cobrar cada vez más importancia en el próximo siglo, en el próximo milenio: el sentimiento de pertenecer también a la aventura humana”.

Maalouf consignaba estas palabras hace algo más de 20 años, en 1998. Quizá habría que preguntarse qué se está haciendo inadecuadamente para que tengamos la sensación de que nos alejamos de esa conciliadora e integradora meta, para que haya gente –como ese amigo que me escribía—empeñada en levantar muros de identidad excluyente.

Esa meta se ha perseguido aquí en Europa –eso sí, desgraciadamente a pequeña escala—a través de, por ejemplo, programas educativos dirigidos a promover el cosmopolitismo. Sus objetivos han sido, entre otros, (a) ayudar a abrirse a los diferentes manteniendo los lazos con los iguales, (b) comprender y respetar los derechos humanos, (c) ayudar a entender qué es una sociedad multicultural, (d) darle valor a la diversidad cultural y lingüística, o (e) combatir la discriminación basada en identidades de grupo.

 

Si se lograse que los individuos cambiasen su perspectiva y adoptasen una visión incluyente, los grupos con los que se identifican ya no podrían seguir anclados en sus tendencias centrífugas. En lugar de dibujar círculos cada vez más reducidos y herméticos, buscarían el modo de trazar círculos de mayor tamaño para incluir, en última instancia, a todos quienes residimos en este planeta situado a 150 millones de kilómetros de la estrella que nos permite vivir, a los humanos que insisten en construir unos muros invisibles cuando se observa, desde el espacio exterior, ese punto azul pálido al que se refería poéticamente el astrónomo Carl Sagan.

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Colom, Roberto  (2019).  La democracia destruye tu imaginación. En Niaia, consultado el 10/04/2019 en https://www.niaia.es/unionistas-versus-separatistas-en-cataluna-una-cuestion-de-identidad/

 

La democracia destruye tu imaginación

Santiago Gutiérrez Sánchez

 

Votar perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor

Tenemos a lo largo de la Historia toda una ristra de viejos sabios que han sabido ver la verdadera cara de la democracia. El más viejo y más sabio de ellos, Platón, comentó con mucha perspicacia que «La democracia es el mejor de los gobiernos sin ley y el peor de los gobiernos en los que se respeta plenamente la ley». (El político, 303) Efectivamente, es muy común dejarse caer en el engaño de que, a través de la democracia, se impone una suerte de orden sobrevenido a partir de una pluralidad de intereses sabiamente contrapuestos. Pues bien, todos sabemos que la realidad es muy diferente y que el comportamiento habitual de esa entidad misteriosa que solemos llamar “pueblo” dista mucho de ser juicioso. A la gente le gusta pensar poco, reñir a voz de grito, llevar razón y, sobre todo, tener a alguien contra quien despotricar. Los periódicos y demás grandes empresas con intereses publicitarios no hacen más que poner la guinda al furor y la ignorancia que reinan cada vez más (aunque de manera natural) entre las crecientes masas humanas.

No quisiera ser malinterpretado como un apologista de nuestras fangosas élites culturales e intelectuales. Es más, precisamente quisiera expresarme en sentido contrario. Estas élites siempre han cultivado la nimiedad, promovido el letargo y raras veces ha sobresalido de entre sus saturadas cabezas una aureola de genialidad. Pienso que lo único democrático en el ser humano es la propensión a la ruindad: esta propensión se encuentra igualmente repartida en todos los ámbitos posibles de nuestro mundo, y está expresada con asombrosa cordura en el mito del pecado original. Evidentemente, el ser humano es también capaz de grandes triunfos, gentilezas y heroicidades, pero señalar esto es muy poco edificante y sospechosamente reconfortante. Por el contrario, yo prefiero subrayar la valiosísima intuición de que lo malo abunda y lo bueno escasea. Y, siendo la democracia el gobierno de lo que abunda, entonces comprendemos su naturaleza: el gobierno de lo malo.

 

La democracia es un reflejo de nuestras bajezas primigenias: se erige precisamente como la promesa orgullosa de la erradicación de esas bajezas, pero en su desarrollo no hace más que reproducirlas y aumentarlas. La democracia es llamar voz al ruido. Es, como dice Platón, un caos con aires de grandeza y una armonía decrépita e insostenible. También G. K. Chesterton, transformando irónicamente el antiguo dicho, lo enunció con impecable agudeza: pax populi, Vox dei. Es decir, el silencio del pueblo es la voz de dios. O lo que es igual: si el pueblo no se calla, no se puede escuchar nada verdadero.

Porque la democracia supone que el ser humano es capaz de abrir la boca por su propia voluntad. Pero las personas sólo somos libres de callar. Siempre que interrumpimos el silencio, es a causa de una u otra esclavitud. Es nuestra boca, que habla por nosotros.

Cuando una cosa abre la boca se convierte en una persona, es decir: en una cosa preocupante. Si ya sólo romper el silencio del alma con el torrente de los pensamientos conduce a la larga a la insensibilidad y el engreimiento, con el hablar nos convertimos de inmediato en pajarracos presuntuosos, con la diferencia de que el buitre, por ejemplo, suele ser honesto con respecto a sus propósitos y nuestro lenguaje no es sino una herramienta para ocultar propósitos.

La democracia es la boca de la humanidad y, como todas las bocas, es tan sólo una excusa para la auto-complacencia y la irresponsabilidad: a través de ella fluyen libremente las manías y las crueldades humanas. La democracia invita a las personas a creerse lo suficientemente buenas como para abrir la boca, y quien se cree bueno obrará crueldades: se sentirá autorizado a la atrocidad y la violencia si son precisas para que la bondad triunfe.

Pero lejos de mí el afán maldito de regresar sobre nuestros pasos, de volvernos a épocas menos ambiciosas, en las que quizás asumíamos nuestra insignificancia y nuestro desatino generales y lográbamos callar en virtud de quién sabe qué fuerza bruta o sagrada. Todo eso se ha terminado ya. La democracia es un hecho. Ahora hay que abrir la boca, cada vez con mayor frecuencia y en más direcciones. Se estima que el ciudadano medio de cualquier democracia del mundo no puede guardar silencio por más de una semana sin morir de hambre, de frío o de pena.

Igual que en todas las fuerzas malignas, su única virtud es su equivocación: la democracia confía en que las personas no pueden votar su propia destrucción, pero se equivoca. En la tesitura de poder elegir, el electorado “elige” siempre la autodestrucción, precisamente porque en realidad no puede elegir, sino solo envanecerse y volverse cruel creyendo que elige algo, y es con ello que se destruye, y con él la propia democracia.

¡Quién sabe qué otras aberraciones traerá la política en las épocas venideras…!

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Gutiérrez Sánchez, Santiago  (2019).  La democracia destruye tu imaginación. En Niaia, consultado el 01/04/2019 en https://www.niaia.es/la-democracia-destruye-tu-imaginacion/

 

El tamaño importa y mucho

Luis González Reyes

Miembro de Ecologistas en Acción

 

Virus ha editado en castellano —con unas notas a pie de la traductora que son muy valiosas para encuadrar el libro— El colapso de las naciones de Leopold Kohr. Es una obra cuya primera publicación fue en 1957, pero que continúa siendo interesante. Plantea que la causa de todos los males humanos es solo una: el tamaño de las unidades políticas.

Empiezo con las carencias que considero que tiene el análisis. La primera es que creo que intentar explicar con un único factor alto tan complejo como las sociedades humanas, aunque sea solo en uno de sus rasgos como es la dominación, es imposible.

En el libro, Leopold Kohr rechaza que el sistema económico forme parte de las causas de la miseria social. En concreto, el capitalismo. Modestamente, creo que no entiende qué es y cómo funciona nuestro sistema socioeconómico. Una muestra es que califica a la URSS como no capitalista, pero sobre todo que no entiende la necesidad de acumulación, la proletarización como herramienta de control social, el imperativo del crecimiento o las implicaciones de la mercantilización social y del incremento de la dimensión del mercado (lo que le permite, por ejemplo, defender la unión aduanera que se produciría años después de su libro en la UE).

También argumenta que el orden político no contribuye a los males sociales. Nuevamente, considero que no entiende lo que es el Estado. No comprende su creación y funcionamiento como sistema de dominación. Por ello, en un momento de la obra argumenta cómo sería posible su disolución voluntaria o muestra a Suiza como un ejemplo a seguir.

Así mismo descarta la cultura como elemento que desempeñe algún papel en la dominación humana. Para hacerlo, usa muchos ejemplos de distintas culturas, pero todas ellas se basan en la dominación. El texto adolece de una mirada temporal y antropológica más amplia en este sentido.

Usa la física para explicar el orden social llevando las analogías demasiado lejos, pues las sociedades humanas no solo se rigen por las leyes de la termodinámica, por más que no puedan escapar de ellas. Pero, a la vez, carece de una visión biofísica de las sociedades y los límites ambientales no están ni presentes entre los factores a considerar para explicar las relaciones de dominación.

Finalmente, el libro no nombra otros sistemas de dominación fundamentales que operan en el plano micro (pero no solo). Entre ellos destaca el patriarcado. En él, las relaciones de poder se articulan desde lo pequeño, no solo desde lo macro, lo que es un desafío a la tesis del autor de primer orden, que el libro no contempla.

Pero dicho todo esto, el libro merece la pena. La tesis central que sostiene, por más que en solitario no pueda explicar las relaciones sociales asimétricas actuales, es imprescindible considerarla en el marco analítico. El gigantismo no lo explica todo, pero sin este factor tampoco podemos entender lo que sucede. Por ello, este es un libro que hay que leer.

La idea básica de Leopold Kohr es la «Teoría del tamaño, que sugiere que tras toda miseria social hay una sola causa: la magnitud”. Por una parte, argumenta que los problemas crecen en proporción geométrica, pero la habilidad de las personas para lidiar con ellos lo hace en aritmética (en el mejor de los casos). De este modo, anticipa la Ley de rendimientos decrecientes que después usaría Joseph Tainter en El colapso de las sociedades complejas (2003).

Pero la cuestión va mucho más allá de problemas que se van haciendo cada vez más inmanejables, pues la clave es que: “Nadie podría perpetrar atrocidades sin el poder para hacerlo. Pero esa no es la cuestión. El quid es que la proposición también funciona a la inversa. Cualquiera que disponga de poder, al final, acabará cometiendo las atrocidades correspondientes”.

Un elemento central para que esto último suceda es la “ley de sensibilidad decreciente, según la cual cada sucesiva comisión de un crimen carga sobre su perpetrador un menor sentimiento de culpa, disminuyendo a la vez el grado de sorpresa de la población en general. Esto llega tan lejos que, cuando el mal comportamiento alcanza el estadio de la comisión en masa, este entumecimiento y complejidad general pueden instalarse de tal manera que los asesinos pierden todo sentido de su criminalidad, y los observadores toda noción de crimen”.

Las relaciones de dominación se desatan cuando se alcanza una “cantidad crítica”, que es “todo aquel volumen de poder que confiere inmunidad frente a la represalia”. Por ello, en muchas partes de la obra el autor señala la importancia de tener contrapoderes, lo que es mucho más fácil cuando más pequeñas sean las entidades, sobre todo porque esto permite que todas tengan contrapoderes y no solo las más débiles.

No solo es necesario alcanzar la cantidad crítica, sino que la entidad sea consciente de ello: “la creencia de que el volumen crítico de fuerza ha sido efectivamente alcanzado”.

Esta cantidad crítica depende de dos factores fundamentalmente. Por una parte, la densidad (“correlación entre la población y el área geográfica”) y por otra la velocidad (“extensión de su integración administrativa y su progreso tecnológico”). Pero también influye la distancia física entre las entidades (la dominadora y la dominada), pues “el poder efectivo disminuye a medida que aumenta la distancia”.

La tesis que defiende el libro conlleva una visión antropológica negativa del ser humano, pues en cuanto tiene la posibilidad (piensa que es inmune) se lanza a controlar a sus congéneres. Para poder tener visiones más poliédricas de la naturaleza humana es necesario introducir una mirada compleja de la dominación, lo que requiere rescatar el papel de los sistemas económicos, políticos y culturales, algo que el autor descarta.

En coherencia con su tesis, Leopold Kohr defiende que la solución a la desigualdad y el sometimiento es la división, la desunión. Propone partir los Estados grandes en pequeños. Aunque no se sale del marco estatal, a veces, cuando habla de Estados muy pequeños, parece referirse casi a organizaciones no estatales, es decir, sin escisión de un estrato social para el mando. Desde ahí se puede entender su afirmación de que los Estados pequeños son “por naturaleza internamente democráticos”. En contraposición sostiene que cualquier Estado grande es imposible que sea democrático.

En esa situación no dejarían de existir guerras, pero serían mucho menos sangrientas. Su opción no es entre la paz y la guerra, sino entre las guerras grandes, y las pequeñas y territorializadas, pues, como he señalado, su visión del ser humano es de un animal dominador por naturaleza.

El libro, además de esta indudable aportación para identificar el gigantismo como uno de los elementos claves del orden social desigual, lanza algunas ideas que fueron muy visionarias para su época. Por ejemplo, critica el consumismo y la velocidad como indicadores de calidad de vida: “lo que estadísticamente tenía aspecto de progreso equivalió realmente a la disminución del nivel de vida”, “¿desde cuándo la creación de nuevas necesidades es un signo de progreso?”, “exceso de crecimiento”. Esto, junto a su tesis principal, indudablemente influyeron en su discípulo Ernst Friedrich Schumacher para escribir Lo pequeño es hermoso (1973).

También adelanta los problemas que ahora son palpables de una UE compuesta por potencias desiguales (por entonces solo existía la CECA, la Comunidad Europea del Carbón y de Acero).

Por último, lanza la predicción de que el final al que se encaminan los Estados es a una fusión imperial. Así plantea que EEUU y la URSS se convertirían en las únicas superpotencias de las cuales solo terminaría quedando una. Pero que esa fusión imperial sería el antecede del colapso de las naciones.

Referencias

Se puede completar esta entrada con la entrevista de Enric Llopis: “El colapso ambiental tiene una parte de trauma, pero también de alternativas y esperanza” En Rebelión. 28/06/2018. Accesible el 28/03/2019 en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=243455

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González Reyes, L. (2019).  El tamaño importa y mucho. En Niaia, consultado el 30/03/2019 en https://www.niaia.es/el-tamano-importa-y-mucho/

Grandeza y miseria de las elecciones

Félix García Moriyón y Javier González Vela

Profesor honorario UAM //  Licenciado en Ciencias Físicas por la UAM

 

No cabe la menor duda de que las elecciones generales son un momento importante en la vida política de las sociedades en las que está implantada con cierta solidez la democracia representativa. Si somos estrictos, eso no se da en más de 20 países, según el índice de The Economist, entre ellos, en el puesto 19 con un 8,08 (sobre 10), España.

Debemos recordar que la palabra demo-cracia indica literalmente que el poder lo tiene el pueblo, sin especificar bien que se entiende por pueblo y cómo se articula el ejercicio del poder. Tras las revoluciones de la Edad Moderna en Reino Unido, Estados Unidos y Francia, se inició el proceso de constitución de democracias liberales representativas. El poder lo ejercía todo el pueblo mediante un voto que permitía elegir a los gobernantes. Ahora bien, si tomamos por ejemplo el caso de Estados Unidos o Francia, en el primer país no incluyó a todas las personas hasta 1965 (se dejó de discriminar a la población afroamericana) y en Francia las mujeres votaron en 1944. Y no fue del todo fácil, como lo muestra la lucha de las sufragetes y sufragistas en Reino Unido.

El día de la votación, por tanto, se visualiza, al menos parcialmente, el poder del pueblo, pues es entonces cuando expresa su voluntad. Y se celebra también algo que no fue otorgado, sino conquistado tras largos esfuerzos.

El voto se constituye entonces como un elemento valioso que tienen los ciudadanos para expresar su libertad, una libertad que ha costado mucho esfuerzo conseguir.

Precisamente por ello es importante que se ejercite con responsabilidad, racionalmente, tras un proceso reflexivo, de manera que pueda llegar a ser  un elemento útil para producir políticas justas y eficientes.

No obstante, desde casi los inicios hubo un fuerte cuestionamiento de la democracia representativa. Algunas críticas son intrínsecas pues ponen en cuestión el principio mismo. Dese posiciones aristocráticas o elitistas, se afirma que no es bueno dar el poder al pueblo y que o vale lo mismo el voto de todas las personas. Durante más de un siglo se consideraba que todo los votos no eran iguales, algo que renace en estos momentos, con los defensores de una cierta epistocracia.

Es indudable que no todos los electores están igualmente informados, y que en multitud de ocasiones se toman decisiones basados más en emociones que en razones.  Ejemplos recientes, como el referéndum del Brexit o la elección de Donald Trump, parecen dar la razón a quienes defienden estas posturas, pero la cuestión es cuáles son los criterios para decidir que una política es mala o no y con qué razones se puede prohibir votar a nadie. Un caso interesante en estos momentos en España es el de permitir votar a personas con discapacidad cognitiva.

También se criticó la democracia representativa por ser un instrumento al servicio de las clases dominantes, o por apuntalar el Estado, institución genuinamente represora. Una variante actual de esas críticas muy extendida es la desconfianza radical sobre el papel de los políticos electos, pues se les considera personas que defienden sus propios intereses y los de las minorías que poseen el poder económico, apoyados en tecnócratas. Los regímenes actuales están más cerca de organizaciones mafiosas, con una mezcla de plutocracia, tecnocracia y partitocracia que de organizaciones centradas en la gestión de los asuntos públicos. Es más, cuando alguien llega al poder con lemas como “Yes we can”, rápidamente hay reuniones discretas en las que los poderosos de verdad ponen en su sitio a políticos bienintencionados.

Se produce, por tanto, un proceso de descrédito de la política, que implica también el descrédito del sistema de elecciones que la sustenta. Es decir, hay una cierta desconfianza en la democracia como modelo de organización y crecen partidos que proponen soluciones más simples, con un refuerzo de liderazgos más carismáticos que tienen a concentrar el poder en una minoría y a proponer algunos recortes en derechos importantes, reforzando las medidas de control y limitando derechos fundamentales como la igualdad, la solidaridad o la libertad de expresión.  Superarlo es un reto al que nos enfrentamos en la actualidad,  pero las circunstancias y características específicas de nuestra época lo hacen difícil.

Por un lado, asistimos a una polarización creciente de los debates políticos, en los que lo importante no es dialogar ni llegar a acuerdos de ningún tipo, sino derrotar al rival como sea. No hay debate, no hay intercambio de argumentos, hay invectivas y reproches con el único fin de quedar por encima. Y todo ello queda aumentado mediante el uso intenso de redes sociales, abiertas a todo el que quiera intervenir, pero que actúan en esencia como amplificadoras del ruido y también como manipuladoras de la información y de las personas. Y lo grave es que todo eso se lleva al lugar concebido precisamente para el dialogo y los acuerdos, produciéndose una pérdida clamorosa de calidad en el debate parlamentario, que la ciudadanía percibe claramente lo que refuerza la desafección hacia el sistema.

En esos debates se recurre con excesiva frecuencia a fomentar emociones que dificultan la reflexión y deliberación argumentadas, fundamentales para una genuina elección razonada de la opción política que consideremos más adecuada. Sobre todo se maneja el miedo de la gente a que se degraden seriamente sus condiciones de vida y el rechazo o incluso el odio a colectivos y grupos sociales convertidos en chivos expiatorios. Miedo y odio son emociones poco razonables y más bien nocivas para construir sociedades libres y solidarias, emociones que nublan el juicio en lugar de contribuir a tomar decisiones adecuadas.

 

Por otro lado, la patente incapacidad de los partidos políticos para promover a los perfiles más competentes genera desánimo en la población. Se pone así de manifiesto las dificultades que tienen los políticos de interpretar correctamente las inquietudes de la sociedad y también la dificultad de los problemas existenciales y globales que afectan a nuestras sociedades

Si a esto unimos los problemas de representatividad del sistema electoral (el distinto valor de un voto según la provincia en la que vivas y el partido al que votes, la sobrerrepresentación de unos partidos y la infrarrepresentación de otros, los votos que no obtienen representación, las listas cerradas que no permiten una elección directa, etc.), junto con la percepción de que es imposible cambiar nada, se entiende que surjan dudas y voces críticas que cuestionen la utilidad de las elecciones y del voto universal tal y como está concebido.

Sin embargo, el voto, las elecciones, la participación ciudadana, siguen siendo elementos imprescindibles para contribuir a hacer una sociedad más justa y más igualitaria, porque contribuyen a evitar las grandes concentraciones de poder, hoy por hoy una de las principales amenazas a las que se enfrenta la democracia en las sociedades modernas. Todas las dificultades enumeradas invitan a tomarse en serio las elecciones, para poder tomar una decisión emocional y racionalmente fundamentada. Eso exige informarse verídicamente de los problemas que hay, sopesar las propuestas de solución que ofrecen los partidos y apoyar aquellas que contribuyan construir sociedades con crecientes niveles de libertad, igualdad y solidaridad.

El reto es elevado y requiere la participación de la ciudadanía antes, durante y después de las elecciones, ya se decida no votar o votar a una opción concreta.

¿Tendremos que repensar todo el sistema para proteger nuestra democracia?  ¿Tendremos que dar un nuevo sentido a las elecciones? Mientras tanto, ¿votamos o no votamos? Si lo hacemos, ¿a quién votamos?

Si desea citar esta página

García Moriyón , F. y Gonzalez Vela, J. (2019).  Grandeza y miseria de las elecciones. En Niaia, consultado el 25/03/2019 en https://www.niaia.es/es-realmente-importante-votar-en-las-elecciones/

 

Este tema lo debatiremos en la sesión del Seminario que se celebra el martes 26/03/2019 en la sala de Juntas de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación. Será retransmitida en directo a través de https://uam.adobeconnect.com/profesorado  

Para ver la exposición, esta es la grabación: http://uam.adobeconnect.com/psi89x9gkk9u/

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